Juan Carlos Flores Foto © Internet

Juan Carlos Flores y el club de los poetas suicidas de la Revolución

Este artículo es de hace 4 años

Este artículo lo escribo pues se lo debo a un poeta y a una poesía a los que desde los noventa les perdí la pista y que solo un suicidio me los devuelve al cabo casi de 20 años; lo escribo pues creo que no dispongo de otro recurso para procesar ni este ni otros hechos.

Si el pasado 14 de septiembre Juan Carlos Flores no se hubiera suicidado en Alamar a los 54 años, seguro se escribiría bastante menos sobre su muerte. Eso tenía que saberlo bien un escritor como él. El suicidio vende, convierte en trending topic todo lo que toca.

Si Juan Carlos no se hubiera suicidado, muchos de los que sinceramente se compadecieron de su muerte a través de comentarios en webs y redes sociales, ni siquiera sabrían de su existencia, de su oficio literario, de su poesía. Probablemente muchos de ellos ni siquiera pasen de ese dolor momentáneo y vuelvan a sus vidas, cuando menos asociando una vez más poesía y peligro, peligro y locura, locura y suicidio, suicidio y Cuba.

Su suicidio, por un tiempo que no sabemos, lo hará noticia, comenzarán por internet los rastreos de sus fotos, videos, y textos escritos por y sobre él, incluido yo antes de escribir este artículo, todo ello seguro también previsto o sospechado por Juan Carlos.

Aunque lo parezca y se le planee, un suicidio nunca será del todo un acto premeditado, calculado y ejecutado fríamente por el suicida: siempre puede abortarse en el último segundo, sujeto al azar. Ahora, en el caso de un artista o escritor como Juan Carlos, su ejecutor sabe perfectamente que ese acto se incorporará en forma de línea, verso, o poema final, para algunos el más visible y relevante, al texto continuo que se mantuvo escribiendo y publicando en vida, que al final el suicidio de un poeta emergerá en su obra como un palimpsesto que lo controlará todo a partir de entonces.

Es más, un escritor sabe que su suicidio será una clave hermenéutica recurrente, cuando no básica, de toda su escritura. El suicidio fascina, marca, como un tatuaje que no suelta ni deja ya nunca en paz la piel que habita.

Para un poeta como Juan Carlos, escritor al fin, solo debía importar la escritura, el texto mandaba, era el alfa y el omega de sí mismo; debía sospechar que al final el cuerpo verbal de su poesía era el único intermediario entre ese cuerpo mortal que amaneció ahorcado en un balcón de Alamar y una trascendencia hecha de palabras.

Seguramente previó que el suicidio no le garantizaba más trascendencia ni mérito poético, pero puede que le resultara un acto de inevitable coherencia con esa misma escritura, y ya de paso con su biografía, la cual todos los medios noticiosos se han encargado de transmitir, sobre todo los oficiales de la Isla, enfatizando los detalles psiquiátricos y emocionales. Al final la culpa de todo siempre la tiene el totí.

Por esa regla de tres la poesía de Juan Carlos transpiraría angustia y amargura vitales, desarreglo cáustico y caótico. Yo, por el contrario, releyendo y visionando poemas y algunas lecturas dispersas en webs y redes que amigos y anónimos han colgado, le presumo una contemplatividad resignada, si acaso obsesiva, pero nostálgica, sin acritud. Se me antoja un poeta ‘místico’.

Este artículo no ‘hablará’ ni ‘comentará’ su poesía. Eso ya lo han hecho otros y bastante, y yo admito ir bastante justo en el tema, que de la poesía de Juan Carlos me quedé en la época que dejé de verlo y escucharle leer en persona sus poemas, que calculo que hayan sido todos de Los pájaros escritos.

En mi caso un ‘comentario’ poético acabaría siendo algo tan pueril y deshonesto como un comentario o narración deportiva. ¿Puedo ‘comentar’ la poesía, un poema, algo tan obvio y a la vez tan inasible e imprevisible como un partido de fútbol en el que no sabemos con certeza qué pasará y en el que el narrador-comentador apenas reconduce y condiciona emocional e intelectualmente lo que los espectadores ya ven por sí mismos y quizás no les interese comprender, sino solo contemplar?

Admito que para la redacción de este artículo un mínimo de ética que me he inventado y autoimpuesto me llevó a consultar algunos de esos ‘ensayos’, pero o yo soy un lector muy inepto de crítica poética o en realidad nunca se saca nada en claro de un ejercicio egotista de escritura personal y erudición vigoréxica que toma una obra lírica ajena como ‘objeto de estudio’ y mero pretexto para hacer prosa poética. Probablemente se trate de mi ineptitud.

Tampoco los resultados de estas últimas lecturas me han sorprendido demasiado en relación a lo que yo ya conocía sobre la persona y la poesía de Juan Carlos cuando, gracias a la generosidad de Reina María Rodríguez para con un adolescente sin talento literario ni poético como yo, fui testigo de primera mano de la generación poética que se gestó en las tertulias de la azotea de Ánimas a principios de los 90s, cuando todo esos nombres todavía vivían y escribían en Cuba, antes incluso de atomizarse en Diáspora(s), Zona Franca, Azoteas, y tal; cuando aún existía una camaradería y un sentido de fidelidad en la que todos asistían a las lecturas de todos y presentaciones de libros de todos, bastante antes de que luego de sus emigraciones lentas y progresivas aquellos nombres en la ausencia se fueran dispersando en palabras que figuraban en publicaciones extranjeras, artículos, prólogos, antologías, redactores, editores, directores jefes, webs: Pedro Marqués, Almelio, un Sánchez Mejías gigantesco de ojos vidriosos, Ricardo, Ismael, Ponte, Saunders, Omar, Aguilera adelantando un look hípster veintipico años antes de que fuera tendencia de la moda.

Si bien mi ineptitud o pudor me incapacita para de ‘hablar’ sobre la poesía de Juan Carlos Flores, tampoco creo que esta difiera en lo esencial del resto de la poesía tal y como todos la conocemos: la creación de un ‘autor’, personaje mitificado mediante la escritura nutrida con todo aquello que le otorgue sustancia ‘dramática’ y ‘lírica’, y todo vale: elementos biográficos más o menos verídicos como enfermedades mentales, lecturas, estados depresivos, medicación, viajes, amistades, divorcios, frustraciones profesionales, escritura terca, cotidianidad y convivencia en una Alamar en la que Juan Carlos vivió 54 de los 57 años de Revolución. Algo así como lo que hizo Jorge Luis Borges con ‘Borges’, las bibliotecas, Buenos Aires, el Sur y los tigres.

Con el rastreo por los buscadores de internet sobre la poesía de Juan Carlos, salta mucho una palabra: “civil”. Al respecto no pienso añadir ninguna reflexión en tanto no me interesa perder el tono elegíaco que considero indispensable para este artículo, en tanto el horno no está para bromas, en tanto “civil” es una palabra que en Cuba está más muerta que la “clase” que se cocinó en la azotea de Reina y luego se recogieron en unas “Memorias” que se escribieron fuera de Cuba y muchos han leído y estudiado académicamente.

Dentro de esa mitificación de la que forma parte cualquier escritura poética y en que se patentan ismos, listas cerradas de integrantes, temas, estilos, referentes, adhesiones e ideologías, Juan Carlos claro que creó su propia patente, Zona Franca, con una geografía mitificada también como Alamar. Por el rastreador de imágenes he visto algunas fotos de lo que debe ser OMNI-Zona Franca. Casi todas las protagoniza un Amaury al que conocí en circunstancias totalmente ajenas a la azotea de Reina y que vestía un sobretodo en el eterno verano isleño con una bandera cubana cosida a la espalda; en dichas fotos Juan Carlos aparece contadas veces; en todas esas fotos hay sonrisas, pero, vamos la típica alegría cubana que en el fondo esconde la típica tristeza que hace que el suicidio en Cuba sea como el pan nuestro de cada día por la libreta que Juan Carlos compró hasta su último día.

La pregunta se impone: ¿por qué la muerte de Juan Carlos me ha llenado de palabras, a mí que ni siquiera fui su amigo ni estudioso de su obra?

No lo sé, o sí. Es algo emocional y estrictamente personal, una más de esas pequeñas y paulatinas muertes en vida que experimentamos hasta la definitiva, para prepararnos y reconciliarnos con ella, una explosión sentimental y vital controlada que te devuelve de un manotazo a un pasado habitado por personas a las que conocí y un día no volví a ver, a un país que abandoné hace casi 9 años y del que haber permanecido en él como Juan Carlos me hubiera suicidado o al menos me lo hubiera planteado igualmente.

Uno se plantea el suicidio en todas partes, fuera de Cuba incluso. Cuando Reinaldo Arenas culpó de su enfermedad y suicidio a Fidel Castro no entendí nada, incluso me pareció una excusa barata y cobarde. Hoy suscribo todas y cada una de sus palabras.

A ese pasado le agradezco además haber conocido al mundo literario cubano de los noventa visto desde dentro, desde las rivalidades del gremio plagadas de guerras y alianzas intestinas, codazos y cabezazos, chanchullos, egos, bretes, competitividad descarnada, escarnio mutuo, todo válido por abrirse un hueco en un mundo duro y difícil como el de la cultura cubana, donde un premio en un concurso, la publicación de un libro o de un artículo en una revista cubana o extranjera, la inclusión en una antología cubana o extranjera, una invitación o una beca en el extranjero, vivir en la capital o no, ser muy amigo o amante de, marcan la diferencia entre ser ‘alguien’ o ‘nadie’ en la cultura de un país, o mejor, de una ciudad: la Habana, o sea, Cuba.

Juan Carlos habita ese pasado mío también. En los videos que desde España he visto a raíz de su muerte le veo bastante similar de cómo le recordaba: hipergestual, alopécico, incontinente verbal, una mirada bella que es de las pocas bellezas que un hombre jamás pierde.

A Juan Carlos no le han enterrado en las cajas fúnebres en las que entierran a la mayoría de cubanos, y en la que yo tuve que enterrar a mi abuela. Lo cremaron y sus cenizas fueron esparcidas en la playa de los rusos. Cuba es una isla donde hasta los rusos han tenido ‘su’ playa.

Tampoco puedo negar que a ese dolor contribuyen los datos, ya míticos, de un suicidio que se irá volviendo tan mítico como el de su quehacer poético empecinado, ferviente hasta su muerte, que es el testimonio más poético que existe.

A raíz de la noticia, una amiga me preguntó: “¿Por qué bajó a comprar el pan si se iba a suicidar?”, como si esa pregunta tuviera respuesta o alguien la conociera, como si el propio suicida lo supiera y fuera ya suicida antes de suicidarse y no ese condenado kafkiano que fantasea tanto con que esa horca que divisa desde la ventana de su celda le está destinada, que él mismo va hasta ella, se la pone al cuello y se ejecuta.

Antes de suicidarse, un suicida se comporta de una manera absurda y obscenamente ordinaria: teatraliza o no, quizás tenía hambre y en efecto quería comerse el pan, y quizás hasta se comió ese único pan que el Estado cubano decide que te corresponde comerte al día pagando en dinero cubano.

Requiere mucha dignidad y fortaleza psicológica bajarte de tu apartamento en Alamar diariamente a comprarte el pan que durante todos los días de tu vida te han racionado por la libreta de abastecimiento. Juan Carlos las tuvo. El bodeguero o el panadero, no sé, le habrá marcado con una cruz o una tachadura la casilla de una libreta que al final del año estará plagada de cruces, como las marcas que en las pelis o en las caricaturas de presos estos disciplinadamente rayan en las paredes de su celda para calcular exactamente cuántos días de condena llevan cumplidos.

La nota de prensa dice que Juan Carlos comunicó a una vecina su intención de suicidarse. Imagino que tal vez la vecina sienta algo de culpa por no haber hecho nada por persuadirlo o impedírselo. En realidad no había nada que hacer: expresar ganas de suicidarte es una de las frases más cotidianas que recuerdo de Cuba: “que ganas de acostarme un día de estos y no me despertarme más”, “si tuviera un revolver me pegaría 4 tiros en la cabeza”, “para la próxima me tiro por el balcón de mi casa”, “esto es para cortarse las venas”, y así ad infinitum.

La nota de prensa también aclara que hubo necesidad de la intervención de los bomberos para desbloquear una puerta de entrada apuntalada desde dentro con todo el mobiliario que Juan Carlos fue capaz de acumular allí. ¿En realidad se impedía el auxilio o se negaba a sí mismo la mínima posibilidad de escape o arrepentimiento a lo que él entendió como una situación irreversible?

El suicidio o la noticia del suicidio de Juan Carlos explotó en mí en pleno duelo personal. Para suicidarse Juan Carlos eligió, o no, el 14 de septiembre, justo al año del suicidio de Ricardo, mi pareja desde los casi 9 años que vivo en España, 14 de septiembre de 2015, en Triana, antiguo barrio marinero sevillano muy vinculado al descubrimiento de América, Cuba y demás. Fue Rodrigo de Triana quién primero divisó y gritó “tierra” en la primera expedición de Colón.

Desde el bordillo de la calle Betis que colinda con ese mismo rio desde el que partían las naves españolas a América, Ricardo se lanzó o cayó desde una altura que terminaba en una parte cementada como una acera, al borde del rio cuando la marea baja, con un cuerpo casi totalmente triturado según el informe forense, muriendo ahogado con su propia sangre. Ricardo nació en 1962, como Juan Carlos. Tenían la misma edad, solo se suicidaron con un año exacto de diferencia.

Este pasado 14 de septiembre asistí al lugar donde fue encontrado el cuerpo de Ricardo, más o menos a la hora en que los forenses calcularon que pasó todo, una de la madrugada o algo así. Allí puse un ramo, encendí una vela, y permanecí un rato que no puedo calcular. No estoy seguro si lo hice para experimentar qué sensaciones tiene un cuerpo justo a esa hora al lado de un río que antaño fluía hasta las Américas, hasta Cuba, pero que ahora y a aquella hora es un río estancado, sin salida, cuyo cauce no lleva a ninguna parte pues fue desviado para evitar inundaciones, oscuro como un Estigia de donde uno no espera que pueda emerger vida, pero que, insólitamente, de vez en vez se escuchaba el ruido de peces aleteando contra la superficie, avisando que estaban allí, que era posible que en esa masa de agua negra e infernal hubiera vida, casi provocando a mi presencia, confundida quizás con la de un pescador.

Al alejarme del lugar, el destello de la vela y el ramo en la distancia solo era un soplo húmedo. Horas después leí la noticia de Juan Carlos. Me ha llevado días plantearme escribir este artículo y al final redactarlo.

Este artículo es de hace 4 años

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