Santiago de Cuba "esquivó" el ojo del huracán Matthew y vuelve a la normalidad

Los santiagueros nos alegramos cuando supimos que el ojo del huracán Matthew pasaría lejos de la ciudad, incluso más cuando se dijo que seríamos afectados solo por vientos de tormenta tropical.

Foto © Mario López

Este artículo es de hace 4 años

Ningún santiaguero o santiaguera negaría el alivio de saber desviado el huracán Matthew del curso que lo llevaría pasar por encima de su ciudad, la misma que revivió, con una frescura dolorosa, el recuerdo del ciclón Sandy, fenómeno natural que se ensañó con este territorio en el año 2012.

Aún, y cada vez más sepultadas, se hallan algunas huellas, pero todos odian abrir las viejas heridas.

Aquí nadie le desea el mal a nadie, mucho menos a un cubano que, como los guantanameros, son tan cercanos geográfica y afectivamente. Hay quienes dicen que los santiagueros y los guantanameros son como dos barrios de una misma ciudad… el dolor de ellos, es el nuestro. La realidad ajena se entremezcla con el recuerdo propio. Solo un pequeño apagón, de pocos minutos, desveló la vigía nocturna.

Los santiagueros nos alegramos cuando supimos que el ojo del huracán Matthew pasaría lejos de la ciudad, incluso más cuando se dijo que seríamos afectados solo por vientos de tormenta tropical. Pero es un jolgorio culposo porque ¿cómo no sufrir y pensar con dolor cuando se escuchaban las palabras de Leandris Noa, periodista del telecentro de Baracoa, describiendo de DESASTROSA la situación de la urbe más antigua del país?

Nosotros sabemos, en carne propia, cómo serán los días que están por venir. A nadie se le desea esa suerte.

Entre el alivio de esquivar el “ojo” y el dolor por el prójimo, por el amigo, Santiago de Cuba poco a poco vuelve a la calma, a la normalidad, a esa tediosa cotidianidad que ahora se extraña. Solo la fina e intermitente llovizna recuerda que Matthwe también pasó por la urbe.

Ya es momento de reír por haber “exagerado” en la protección de los bienes materiales, de experimentar otra vez el pequeño dolor físico de cargar televisores, esta vez de camino al hogar, es la hora de retirar las cajas de cartón y las almohadas que protegían los refrigeradores, de que vecinos solidarios recuperen la cotidianidad de sus hogares y los cuartos dejen de ser almacenes improvisados donde se resguardan los bienes de otros… es el momento de recuperar y reparar los daños, de agradecer, de abrazar a ese pequeño niño que tuvo dos noches de “picnic” en casa de su tío lejano y que con inocencia desconocía el peligro que se cernía sobre su cabeza, es hora de romper la “reunión” de los santos que también fueron evacuados.

A diferencia de Sandy, en 2012, con Matthew sobró la información, hubo mucha más percepción del riesgo, algunos dicen que cobardía, yo diría que sentido común, experiencia y memoria histórica.

Santiago de Cuba conoció el miedo en 2012 y despertó con una ciudad completamente cambiada, devastada. En aquel entonces agradeció haber sobrevivido, hoy lo hace por haber “esquivado” el ojo.

Había confianza en las autoridades políticas, en la Defensa Civil, en Expósito y en Raúl Castro, el presidente de Cuba. Pero fue un alivio no constatar, en la práctica, todos aquellos preparativos que ampliamente fueron desplegados por toda la ciudad. Es mejor así.

Santiago de Cuba en esta ocasión aliviada y agradecida por la buena suerte, vuelve a la normalidad, pero es imposible ser indiferente al amanecer devastador de Baracoa. El recuerdo de Sandy revivió por estos días con gran intensidad.

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