Fidel Castro Foto © El Clarín del Chile

Los mil rostros de Fidel Castro

Este artículo es de hace 3 años

En pocas horas, la muerte de Fidel Castro ha ensanchado aún más las distancias afectivas que provocó en vida. Los cubanos ya expresan aparatosamente su dolor o su felicidad, y también tantísimos más alrededor del mundo. En el terreno de las emociones, ninguna verdad niega la otra.

Fidel Castro tuvo una de las vidas más épicas del siglo XX. Tanto que, con él, cierra un ciclo en la historia. En su figura caben, como en cajón de sastre, los epítetos más encendidos. Lo fue todo: el guerrillero romántico, el líder carismático, el nacionalista revolucionario, el marxista empedernido, el estalinista feroz, el caudillo latinoamericano, el dictador enfermo de poder, el anciano decrépito.

Fue un hombre que sobrevivió al enfrentamiento con once administraciones norteamericanas y que, desde el mismo Triunfo de la Revolución, hasta la Crisis de Octubre, protagonizó algunos de los eventos más importantes de la Guerra Fría. Fue el escudo del pueblo, pero también usó al pueblo como escudo.

Y luego, por supuesto, habría que recordar que la influencia de Fidel Castro no se limita a Cuba, que le quedó pequeña a su ambición política. Cuenta el reconocido periodista Jon Lee Anderson: “El fallecido escritor colombiano Gabriel García Márquez escribió que en una ocasión vio a Fidel Castro, gran amante de los helados, comerse no menos de 28 bolas en una sola sentada

Probablemente se trataba de una historia apócrifa, pero en su exageración García Márquez dijo una verdad fundamental sobre el comportamiento legendario de Castro, que alimentaba el estatus cuasi mitológico del que gozó durante gran parte de su vida adulta.

Después de que su Ejército Rebelde derrocara al dictador Fulgencio Batista en 1959, Castro no perdió tiempo en hacer sentir su presencia más allá de los confines de su isla natal. Su principal estrategia fue desafiar de manera abierta, con palabras y hechos, la hegemonía de Estados Unidos en América Latina.”

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Con 26 años atacó el Cuartel Moncada, al frente de un centenar de jóvenes dispuestos a enfrentarse a la tiranía de Fulgencio Batista.

Luego cumplió quince meses de prisión en el Presidio Modelo de Isla de Pinos. De ahí, viajó a México para regresar a Cuba en el yate Granma, desde las costa de Yucatán, junto a otros 81 expedicionarios. Tras una semana de travesía, desembarcó en las costas del Oriente, donde encabezó desde la Sierra Maestra la insurrección armada que concluiría, dos años después, con la entrada victoriosa de los Barbudos a La Habana.

Rápidamente, en la década del 60, Fidel Castro ocuparía un lugar central en la política internacional y en los sucesos más relevantes del mundo occidental.

Declaró su antimperialismo a ultranza. Fue amigo del régimen soviético y, aunque la sociedad cubana se estalinizó completamente, siguiendo los designios de las regimenes comunista al uso, logró mantener cierta independencia política.

Exportó focos guerrilleros a varios países de América Latina, y trasladó tropas militares a países africanos como Angola y Etiopía, donde la presencia de Cuba, cabe destacarlo, jugó un papel fundamental en las luchas de liberación contra el apartheid.

Sin embargo, muchos cubanos se preguntan qué tenía que hacer Cuba, una pequeña islita del Caribe, derrochando sus vidas y sus pocos recursos tan lejos.

La respuesta es una: la ambición de Fidel Castro. No de dinero, sino de gloria.

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Hubo, bajo su mandado, hechos tan contradictorios pero contundentemente reales como la campaña de alfabetización, la educación y la salud pública y universal, la profesionalización del país, cierta prosperidad social, sobre todo en la década del 80, y también la parametración ideológica, multitudinarios éxodos migratorias como Camarioca o el Mariel, discriminación contra minorías sexuales, supresión de las libertades civiles, y encarcelamiento de disidentes políticos, como corresponde a un sistema de partido único.

Pero nunca como en los últimos 25 años, tras el derrumbe de la Unión Soviética y la consiguiente crisis económica y social de la década del 90, asistimos a Fidel Castro tan tozudo y empecinadamente cruel, aferrado a caprichos megalómanos y cada vez más inconsciente del país que autoritariamente dirigía. De su gente y de la voluntad de su gente.

En 2006, por graves problemas de salud, tuvo que ceder el poder a su hermano Raúl, y en estos diez dilatados años no fue más que su sombra, ya sin carisma ni despotismo ni influencia real alguna. Cuba no es la Cuba que él dejó, es una Cuba en la que, vivo o muerto, su figura ya no tenía cabida.

En algún momento, llegó a decir: “El día que me muera de verdad nadie se lo va a creer”. Sobrevivió a más de 600 atentados. Ha dejado a un país profundamente dividido. Hoy todo el mundo se está expresando, algunos afirman que acaba de concluir el siglo XX, pero el grueso de los cubanos aún no tiene la menor idea de lo que es vivir en un mundo en el que Fidel Castro no esté.

 

Este artículo es de hace 3 años

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