Fortuna de Fidel Castro Foto © CiberCuba

El patrimonio de Jotavich

Este artículo es de hace 3 años

No sorprende que desde Cuba vaya a más la desinformación sobre la causa y circunstancias de la muerte de Fidel, paradójicamente la NOTICIA del año.

Raúl se limitó a mencionar hora del fallecimiento y el fallecimiento en sí.

No lo embalsamarán como a Lenin para exponerlo públicamente a un culto faraónico: la invisibilidad de su cadáver, incluso de sus cenizas, forma parte de una calculada estrategia mediática que garantiza a su figura una inmortalidad mítica que, a partir de ahora, deberá soportar sobre sus hombros el peso y continuidad de ‘su’ régimen.

Muchos matarían por saber en qué cama, hospital o suntuosas casa murió, qué exquisitos cuidados médicos terminales recibió, cuántas dosis de morfina facilitaron una defunción tan fluida, sedosa y aterciopelada como la vida con la que él y su familia ‘política’ se homenajearon durante más de medio siglo.

Porque una de las razones de la alegría desbordada por su muerte fue la certeza de que ese ‘pobre’ y mermado cuerpo de 90 años ―dictadura aparte― se enriqueció con la excusa de liderar un proyecto social promotor de la igualdad social entre todos los cubanos, de lucha contra la pobreza excluyente y privilegios clasistas, contra el enriquecimiento ―lícito o ilícito― capitalista y burgués.

Sus plañideros deben encajar la evidencia de que para Fidel el marxismo, el socialismo y el proletariado solo fueron pretextos para amasar una de las fortunas más sonrojantes del planeta, en tanto no se le conoció más oficio ni beneficio que los 900 pesos mensuales que siempre declaró cobrar por desempeñar sus máximas funciones.

Entre los secretos de Estado mejor guardados, antes y ahora, están las cifras reales de su patrimonio, las cuales se han intentado calcular y ventilar públicamente por parte de entidades extranjeras, eso sí, con procedimientos y resultados demasiado especulativos.

Normal: el de Fidel fue ese poder latifundista sobre una isla entera y que escapaba a cualquier fiscalización o contabilidad oficial. Fidel era la ‘oficialidad’ en Cuba, y así sus ganancias siempre se redujeron al salario oficial que declaraba tener asignado.

La revista Forbes fue la primera aventurera en adentrarse en el misterio financiero de ponerle números a su patrimonio y publicitarlo.

En 2003 lo plantó en 110 millones de dólares, pero dos años después, 2005, lo quintuplicó en 550 millones. No se quedó ahí y en 2006 la subió a 900, ubicando a Fidel entre los 10 primeros mandatarios más ricos del mundo, por encima de las Reinas de Inglaterra y Holanda.

Esta última estimación enojó tanto a Fidel que en un discurso de cuatro horas en la televisión cubana amenazó a Forbes con demandarla y la retó a que, si probaba que él tenía cuentas bancarias en el extranjero, renunciaba a su puesto.

“¿Para qué voy a necesitar tanto dinero si pronto cumpliré 80 años?”, dijo.

Pero Forbes no se plantó ahí y al año siguiente, 2007, refuerza públicamente la fortuna personal de Fidel en 1.400 millones de dólares.

Los medidores de Forbes para estos cálculos se basaron en un porcentaje de malversación que atribuían a Fidel del PIB total de Cuba.

Partían de los dividendos que supuestamente le reportaban empresas tuteladas por el MINFAR, MININT y Consejo de Estado, entre ellas Palacio de Convenciones, CUBALESE y esa red privada de capital estatal que es el CIMEX, integrada por más de 80 empresas de ventas mayoristas (ZELCOM, ADESA, MELFI, ECUSE), minoristas (SERVI-CUPET, PHOTOSERVICE, EL RÁPIDO, TIENDAS PANAMERICANAS, CUBAPACK, LA MAISON, CONTEX), turísticas (HAVANATUR, HAVANAUTOS) y farmacéutica (MEDICUBA), cuyos responsables eran nombrados o revocados todos por Fidel.

Forbes comparaba los valores de la propiedades estatales cubanas controladas por Fidel con el de firmas comparables negociadas públicamente y le aplicaba un descuento ‘razonable’. Si bien esta metodología era engañosa y controvertida, tampoco andaba muy desencaminada.

Paralelamente a estos números, Forbes sumaba otros valores, como el de la flotilla de Mercedes Benz blindados de Fidel, o la venta de empresas estatales como la de Havana Club a la Pernod Ricard por 50 millones de dólares.

Todo indica que para sus estimaciones Forbes manejaba fuentes informativas según las cuales lo defraudado por Fidel, Raúl y Ramón Castro rondaba los 30 millones de dólares mensuales, 4 billones de dólares anualmente operados principalmente por unas 100 empresas distribuidas entre Europa y la zona franca de Colón en Panamá.

El monopolio de los Castro sobre las Cadecas, el 40% del negocio turístico, la venta de petróleo venezolano en la zona franca del Canal de Panamá, y una buena parte del 85% de la economía nacional, caía en unas cuentas bancarias personales sobre las que hablaremos a continuación.

Las cábalas de Forbes se acercaron bastantes a otras de índole más testimonial, aunque nunca concluyentes.

Arturo Guzmán Pascual, ex ministro de Industrias de Cuba, aseguró en 2006 que Fidel Castro tenía una cuenta en Suiza de mil 200 millones de dólares, capital proveniente de la llamada ‘Caja del Comandante en Jefe’. Además de la de Fidel, estaba la de Raúl y una tercera gestionada por el Ministerio de Economía destinada a necesidades sociales, aunque la tercera era la que menos ingresos tenía, claro.

Guzmán describió a Fidel como un prestamista de sus propios ministros, quienes debían pedirle dinero prestado a la «Caja del Comandante» para financiar operaciones de sus respectivos ministerios, préstamos que en ocasiones no se otorgaban, o sí, pero con unos intereses que representaban una financiación adicional de Fidel.

La ‘Reserva del Comandante’ era la gran caja de caudales de Fidel, una especie de cuenta bancaria particular creada en los 60s con fondos extraídos de la actividad económica nacional pero de uso exclusivo suyo sin ningún control fiscal.

Profunda, oscura, a fondo perdido, Fidel tiraba a gusto de dicha cuenta para gastos privados o de gestión pública cuando le tocaban la vena demagógica de gran benefactor del pueblo.

En esa cuenta acabaron desviados millones de dólares de las subvenciones socialistas y, más importante, del petróleo soviético y venezolano revendido en el mercado negro, sin contar los millones en efectivo, dados en mano a Fidel, por el propio ministro del Interior José Abrantes producto del narcotráfico, o de negocios en Luanda durante la guerra de Angola, como el contrabando de diamantes.

Y es que Fidel se manejaba sobre todo con dinero en metálico. Sus visitas al extranjero eran preparadas por sus colaboradores a golpe de maletines repletos de dólares.

En ese sentido apunta el valioso testimonio de Juan Reinaldo Sánchez, el escolta más cercano a Fidel durante 17 años, y el cual desmontó el mito de los 600 intentos de asesinato a Fidel, de los cuales, según él, solo 100 o 200 fueron reales y el resto creados por el propio sistema de seguridad personal para probar eficacia o necesidad de mejoría.

Reinaldo calculaba la fortuna de Fidel en unos 3.000 millones de dólares, y afirmó haber sido testigo de conversaciones entre Abrantes y Fidel probatorias de que el tráfico de cocaína a Estados Unidos fue una de sus fuentes millonarias de financiación, aunque ideológicamente justificadas como desestabilización del imperialismo yanqui. También dio fe de la creación de empresas fantasmas en Panamá para blanquear capitales con el pretexto de burlar el embargo estadounidense.

Reinaldo también describió cómo en los 80s Fidel creó un entramado empresarial al margen de la economía nacional que suministraba a sus cuentas del exterior dinero en metálico entregado por los propios directores de las empresas, y cómo Fidel llegó a prestar dinero al propio Estado cubano con un 10% de interés.

Testigo de primera mano del patrimonio invisible de Fidel al resto de Cuba y el mundo, habló de los dos aviones del Comandante: un Ilyuchin privado de más de 100 millones de dólares y otro VIP listos las 24 horas para la fuga de la familia si caía el régimen.

También no se calló demasiado sobre el patrimonio inmobiliario, el cual estimaba en una veintena de mansiones, el cual desgranó con la mayor prodigalidad de la que fue capaz.

En Pinar del Río Fidel tenía la casa del Americano (con piscina al aire libre), la granja de la Tranquilidad, y La Deseada, zona pantanosa donde cazaba patos en invierno.

En La Habana, aparte de su residencia oficial Punto Cero, tendría seis eventuales: la casa de Cojímar, primera residencia en la Habana recién llegado de la Sierra Maestra; el Once, apartamento en un cuarto piso donde vivió con Celia Sánchez; la de la calle 160 en Playa; la casa de Carbonell, en el recinto de la Unidad 160 donde tenía su docena de Mercedes, sala de cine privado, almacén de alimentos y sitio para devaneos sexuales; una en Santa María del Mar estilo años cincuenta, y dos con refugios antiaéreos en caso de guerra: la casa de Punta Brava y la del Gallego, muy cerca de la Unidad 160.

En Matanzas tendría dos casas veraniegas: una en el corazón de Varadero; y otra en la costa sur, la Caleta del Rosario, con una marina privada donde anclaban sus cuatro yates, tres barcos de paseo, dos de pesca y otros más de correo.

En Ciego de Ávila, una casa en la Isla de Turiguanó, cerca de Cayo Coco; y en Camagüey, la pequeña hacienda de San Cayetano y el Tabayito.

En Holguín, Guardalavaca; y en Santiago de Cuba, una casa en la calle Manduley y otra con piscina en el interior de un complejo del MININT.

Pero de todas ellas, sin duda, la niña de los ojos de Fidel era Cayo Piedra, dos islotes privados unidos por un puente de 200 metros, a 15 kilómetros al sur de la Bahía de los Cochinos, cuyo valor Reinaldo estimaba entre dos y diez millones de dólares.

Fidel se enamoró de Cayo Piedra cuando conoció la ciénaga de Zapata a raíz del ataque a Playa Girón.

En ella solo vivía un farero al que Fidel expulsó e impuso una exclusión marítima de tres millas. Allí levantó varias mansiones, una para su familia con piscina olímpica, restaurante flotante, helipuerto, delfinario, criadero de tortugas; otra para los escoltas y la tercera para visitantes. Su rica fauna le servía de caza subacuática.

De todos modos el secretismo y la falta de un mercado inmobiliario en Cuba hacen todas estas informaciones, todavía, en cierto modo, leyendas urbanas.

Por último, tampoco han faltado quienes aseguran que ese gran porcentaje de divisas que nunca llegan a cobrar los trabajadores del turismo, colaborantes médicos y deportivos en misiones en el extranjero, acababa engrosando las cuentas, no del Estado, sino del propio Fidel.

Pero a estas alturas de la película, el estatus patrimonial de Fidel, a raíz de su muerte, impone interrogantes de calado tan vitales como las políticas o las relacionadas con el futuro de la nación cubana:

¿Qué pasará con la fortuna de Fidel?

¿Lo heredará su familia o el pueblo al que sirvió toda su vida por solo 900 pesos cubanos al mes?

¿Dejó Fidel testamento o la cercanía de su muerte lo llevó a repartir su fortuna en vida entre sus familiares?

Lo mismo que su muerte deja un vacío político a raíz del cual puede desatarse una pugna por llenarlo, ¿un vacío legal podrá generar una lucha intestina familiar y hasta partidista por hacerse con el jugoso botín que es su patrimonio?

Si Fidel decidiera devolver al pueblo cubano ese patrimonio que en realidad siempre fue nacional y no privado ¿se hará público dicho testamento?

Si los herederos fueran privados ¿se hará igualmente público dicho testamento?

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