La juventud comunista y pepilla que fue a la Plaza

Este artículo es de hace 3 años

“A Fidel le pasó lo peor que le puede pasar a una persona: morir en vida. Eso es lo que me reconforta cuando me acuerdo de que falleció tranquilo, en su cama, de viejo”, me comenta una colega fotógrafa que asistió a la Plaza este lunes para documentar las honras fúnebres del expresidente cubano.

Buscando la imagen que le tome el pulso exacto al acontecimiento, me aproximo a una turba que grita consignas y entona himnos fuera de época. Una bandera cubana de gran formato se retuerce al ser atraída hacia todos sus extremos por algunos jóvenes de la Universidad de La Habana que allí se congregaban.

En el bulto, descubro a un nuevo Hasán (¿se acuerdan de Hasán?). Se le reventaba una vena del cuello con cada “Viva Fidel”. Se le reventaban dos si había una cámara delante. Grita con orgullo que estamos en presencia de la facultad de Derecho, la misma que acogió al Comandante en su faceta estudiantil. 

El nuevo Hasán se desgañita regañando a los que no estiran bien la bandera, les grita “comemierdas”. “Lo están haciendo mal, a ver ¿qué es ese palo en el medio?”. “El trípode de una cámara”, le contestan. “Sheila, no comas tanta mierda y alza bien tu parte para que no se vea ese palo”, vocifera al otro extremo de la insignia.

Al triángulo rojo lo sujetan de cuatro a cinco muchachas, una tiene otra bandera amarrada al cuello como la capa de Supermán. Todas tienen la cara pintorreteada con las frases del momento: “Yo soy Fidel”, “Hasta siempre Comandante” y “Viva Fidel”. Un par de ellas no pueden evitar menearse a cada rato con alguna que otra canción patriótica.

Pasa poco más de una hora, el grupo se dispersa y guardan la bandera para la próxima explosión de histeria colectiva delante de la prensa. Las meneadoras se sientan en la sombra a tomarse selfies, tomar agua y  escuchar un poco de música en sus smartphones. Una de ellas se esbozó en la suela de los Adidas el famoso rombo rojinegro.

Como ellas, cientos de jóvenes se pasean de un lado a otro, socializando, riendo, esperando a que avance la cola para despedir las cenizas de Fidel. “Es una actividad más de la facultad y hay que venir”, me dice una estudiante que prefiere el anonimato por lo sensible del tema.

“Esto cuenta como un día más de clases, si no vienes es ausencia y te puedes quedar sin derecho a prueba o terminar con una nota mala en la evaluación cualitativa, eso por ejemplo te puede quitar el Título de Oro aunque termines con cinco en todas las asignaturas”, explicó.

No quiere ser tan explícita cuando habla de la muerte de Fidel, pero noto en su cara que le es indiferente, ni le duele, ni le alegra. Nada. Ella no fue alfabetizada por la Revolución ni a sus padres les concedieron propiedades con la Reforma Agraria. Nació en una Cuba apática y hastiada.

Me habla del líder cubano reciclando frases que, de tanto repetirse año tras año, ni para mí ni para ella, ni para nadie significan nada. Hace un esfuerzo por lucir afligida pero no tiene éxito. 

A unos pocos metros, se sientan otras muchachas bajo una sombrilla, una de ellas me deja que le tome una foto. Se acomoda. Posa. Sonríe y me enseña orgullosa el mensaje que se dibujó en el rostro: “Je suis Fidel”.
 

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