Santa Bárbara Foto © Flickr/Priscilla Mora

Buenos días, Shangó

Este artículo es de hace 3 años

No permitamos que un día como hoy otras noticias opaquen a su verdadera protagonista: Santa Bárbara.

Los cubanos nos acordamos especialmente de ella cada 4 de diciembre, y cuando truena, pese a que la propia Iglesia Católica hace mucho le ‘dio de baja’ del santoral por no considerar verídicas su existencia y martirio.

Azotada en un potro de tortura, arañada con garfios de hierro, acostada sobre vidrios rotos, quemada con hierros al rojo vivo, mutilados los senos, acabó decapitada por su propio padre en la cima de una montaña, quién luego, como castigo divino, murió fulminado por un rayo.

Según distintas tradiciones, esta joven oriental o africana del siglo III d.C. era hija de un general pagano que la encerró en una torre para alejarla de los hombres y de la religión cristiana mientras él estaba ausente.

Ella, pese al encierro, se hizo cristiana y mandó abrir tres ventanas en el torreón simbolizando a la Santísima Trinidad.

A su regreso, el padre se enfadó y quiso matarla. Ella huyó refugiándose en un peñón milagrosamente abierto, aunque al final no pudo evitar su sacrificio.

Se llamaba Bárbara, nombre griego que, paradójicamente, significa ‘no griega’.

Las estampas devotas la muestran con un cáliz en su mano derecha, y en la izquierda la espada que la decapitó (o el símbolo de su fe inquebrantable); atado al cuello, su manto rojo cae por su espalda, símbolo de la sangre derramada por Cristo.

Ganado el Reino de los Cielos, su cabeza porta una corona de princesa o de almenas de torre.

Mientras al fondo de la estampa se alza su torreón carcelario, un relámpago cruza el cielo. Por ello se le invoca contra la muerte repentina: antes de perder la vida prometió amparo a todo aquel que la invocaran a punto de fallecer sin confesarse.

Nos mira mostrando la hostia sacramental siempre a mano, dispuesta a suministrarnos la salvación eterna a cualquier hora.

El rayo la hace patrona de electricistas, fundidores, militares, artilleros, mineros, bomberos y de cuantos manipulan fuego, pólvora, explosivos.

Su devoción llegó a Cuba a través de España, donde la primera referencia a su culto data de 1262 con los ejércitos de la Reconquista.

En la Isla han convivido su culto hispano-católico y el ‘santero’.

Por causa de la prohibición de los blancos a que esclavos lucumí profesaran su fe autóctona, y por la coincidencia de atributos entre unos y otros, la santería funde a la santa y al Orisha en una entidad espiritual única.

Fuego, hacha de doble hoja, copa, espada, bandera roja brillante, la sangre de la deidad del trueno, guerra y fuerza, son los atributos de Shangó; los emblemáticos manto rojo, torre, cáliz, espada, rayos, cañones y armerías, de Santa Bárbara.

Pero las coincidencias tampoco evitan contradicciones: mientras Bárbara es mujer, virgen y santa, Shangó, además de laborioso, valiente, amigo y curandero, es mentiroso, mujeriego, pendenciero, jactancioso, fiestero y jugador.

Sus bailes guerreros, blandiendo el hacha, son amenazantes; los eróticos, presumiendo de gran pene, lascivos con las mujeres.

El epicentro de la devoción sincrética a Santa Bárbara apunta a la negra esclava camagüeyana Lutgarda Fernández, tronco de una genealogía familiar que desde 1910 establece la ‘Sociedad de Santa Bárbara’, instituida oficialmente el 4 de diciembre de 1914.

La procesión de Santa Bárbara, compuesta por practicantes ya fijos y liderados por Lutgarda, cobra auge en 1904, alcanzando la festividad su año de mayor fuerza en 1917.

Sin embargo, factores racistas, religiosos e ideológicos impidieron que este y otros cultos santeros fueran a más pública y socialmente, generando prejuicios en torno suyo que prolongaron su persecución y clandestinidad hasta disiparse realmente en Cuba hace solo dos o tres décadas atrás; en Estados Unidos o Puerto Rico bastante antes.

Aún recuerdo mi infancia en los 80s socialistas de Cuba bajo el arraigado temor materno de que saliera a la calle durante la víspera nocturna del 4 de diciembre, cuando supuestamente devotos de Shangó salían a la calle a ofrendarle al Orisha sangre inocente, especialmente infantil.

Pero los prejuicios contra las celebraciones santeras a Santa Bárbara y otros Orishas se remontaban a mucho antes de la Revolución marxista y atea.

Desde el advenimiento de la República, ya se acosaba a negros, mulatos y a sus sociedades religiosas ―montadas por algunos cabildos de nación en casas templos― recluidas en la clandestinidad doméstica donde el culto a deidades afrocubanas se encubría bajo vírgenes y santos católicos.

La discriminación racial estigmatizó durante décadas a la población negra y mulata como brujera, fetichista y, en múltiples casos, responsable de asesinatos, robos y violaciones que acababan en anales de la policía.

Solo con la promulgación en la Constitución de 1940 de la práctica religiosa afrocubana como una libertad civil más, cultos santeros como el de Shangó respiraron aliviados durante un tiempo, hasta que el giro marxista-leninista del gobierno revolucionario de 1959 los devolviera nuevamente a la clandestinidad.

La caída del bloque comunista y el acercamiento entre sociedades yorubas y Gobierno en los 90s restablecen la legitimidad y un boom sin precedentes de la santería que la convierten en una de sus revelaciones turísticas más exóticas y marca registrada de Cuba a nivel internacional.

La mayor prueba de la legitimidad social recobrada por esa religiosidad se encarnó en la dimensión de himno que por esas fechas la popularidad y redifusión le devolvieron a la interpretación de ‘Que viva Changó’ por Celina González. Dedicada a Santa Bárbara, dicha canción fue el signo artístico y cívico de la paz firmada.

Shangó no solo se visibilizó, sino que hasta se puso de moda. El rojo de las ropas de Chávez y Fidel juntos en varias fotos disparó las sospechas sobre la pertenencia de ambos líderes a un culto a este Orisha que el ‘entierro’ de Fidel un 4 de diciembre no hace más que confirmar, según algunos.

Pero al margen de sus devotos más famosos, hoy ya no es noticia que por todas las latitudes del mundo anden dispersos, anónimos, hijos y fieles de Shangó, o Santa Bárbara, cubanos, no cubanos, e incluso ‘excubanos’.

Este artículo es de hace 3 años

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