Fidel Castro muerte Foto © Facebook/Carlos Ferrera

Restos mortales

Este artículo es de hace 3 años

En el fondo somos tan básicos, que hemos sucumbido a nuestro cerebro primitivo, de forma casi infantil. Y hemos puesto toda nuestra inteligencia emocional en función del cumplimiento de una sola orden de lo más pedestre:

“CERCIÓRATE DE QUE ESTÁ MUERTO”.

Necesitábamos su stop cardíaco y cerebral irreversible. La detención de su actividad respiratoria y la desconexión permanente de su sistema nervioso. Necesitábamos, en fin, su muerte clínica incuestionable y contrastada. Por más que ya sabíamos que a efectos prácticos, había muerto diez años atrás.

Así que su muerte física es apenas, testimonial y anecdótica. Pero para nosotros era imprescindible que se muriera de verdad, porque somos muy básicos.

Asistimos a su abdicación y fuimos testigos del final fulminante de su carrera política. Vimos como cesó de golpe cualquier influencia suya sobre nuestras vidas, cuando hasta los más pesimistas todavía esperábamos un período dictatorial de “mandar desde la cama”. Nos lo ahorró, en buena lid, porque estaba ya herido de muerte. Era inofensivo. Y lo sentamos disfrazado de su propia caricatura en un asiento de la última fila del teatro de nuestras preocupaciones.

Para nosotros, dejó de existir desde el 2006. Ya estaba muerto.

Pero hemos estado nueve días de incrédula vigilia aunque no queramos reconocerlo. Seguimos el rewind circense de su Caravana de la Victoria, y la urna que contenía sus restos mortales. No quitamos el ojo hasta verlo depositado para siempre en su morada última y oriental (¡oh, dios, cuánto tiempo soñando con esto!).

Sabemos que la urna contiene solo un puñado de carbono en polvo, pero nos da igual, porque esas cenizas son él. Nos urgía su prueba de muerte para respirar. Y para después estallar de euforia y de triunfalismo máximo. Ahora sí, coño. Ahora sí se ha muerto de verdad. Adiós cabrón. Por fin no estás, y ya no queda nada de ti.

Somos tan básicos..

Sabemos bien que no se fue, porque todos estamos hechos o deshechos por él. Hay una gota de él, en cada cubano vivo. Pero tememos admitir que somos en gran parte una invención suya. Y menos, que ha conseguido vivir en cada uno de nosotros para siempre.

No hay mejor forma de permanecer.

No importa que te hayas hecho el propósito firme de olvidarlo, porque él ya te hará recordar que lo llevas cosido a la piel. Sale en casi todas las fotos de tu niñez y de tus años juveniles. En las diez cajas de cerveza que te vendió para celebrar tus 15 y en tu viejo uniforme rojo vino del tecnológico. En las libretas cuadriculadas del MINED que usaste en la primaria, y en el nombre de tu primer hijo, que es el de tu amigo muerto en Etiopía. Es la razón por la que odias escuchar la palabra “compañero”, y frunces el ceño ante las siglas CDR.

Él es tu abuelo muerto en el Escambray, del que te dijo que era un vulgar bandido. Es un barrio de Baracoa que lleva 24 horas a oscuras. Es tu antigua casa demolida para hacer un parque y un palacio del Vedado convertido en club social de las FAR. Es el disidente político encarcelado ayer y el último balsero que llegó vivo a Kay West. Es una dama de blanco y un campesino pobre de una cooperativa pinareña. Es Elián y es Alicia. Es Ochoa frente al paredón y es una compota de Girón. Él son tus veinte años sin ver a tu familia, y el por qué de que nunca más le hayas vuelto a hablar a tu hermana.

ÉL ES MUCHO MÁS DE TI DE LO QUE ADMITES QUE ES

Casi todo en nosotros lo hizo o lo destruyó él. Es La Habana en ruinas, un pinguero luchando a su clinte y la razón de que un anestesista maneje un taxi para comer. Es la ESBEC donde estudiaste y es tu primera cámara rusa con que hiciste fotos en color. Es el exilio forzado de los que nos fuimos. Es la prisión eterna de los que se quedaron.

Él es todas nuestras lágrimas a solas en un país extraño.

Él tomó decisiones por nosotros y le puso puertas a nuestra libertad. Frustró nuestro futuro y fracturó a nuestras familias. Educó a nuestros hijos en su doctrina para hacerlos soldados de la Patria. Su Patria. Sus soldados.

Él vive eternamente en cada libro que nos prohibió leer y en cada película que no quiso que viéramos. Él son diez huevos semanales y un cuarto de pollo cada mes y medio. Fue la leche de 0 a 7 cuando tu hijo tenía 10, y era la vecina que te delató cuando te echaste un novio francés.

No son simples “cosas que uno ha vivido”. Son marcas profundas de un cuchillo en nuestra piel. Y hay malas noticias: nada de eso se fue con sus cenizas.

Se irá cuando muera la última abuela que ve en los ojos de su nieto, los de aquel hijo que el mar le arrebató por ir en busca de un futuro digno para los tres. Se irá cuando desaparezca el último cubano que guardaba una foto de un rincón de África, en la que sonreía la única persona a quien amó, pero que nunca volvió de aquella guerra que no era suya.

Se irá cuando no quede nadie como mi amigo Paco, que tiene los cojones de despertarse cada día y ver sin llorar la enorme cicatriz en su costado, que es un amargo recordatorio escrito con queloide del día en que casi lo matan sus esbirros. Para Paco él es cada patada que recibió su cuerpo hasta vomitar sangre. Es una paliza “de advertencia” como aperitivio de un interrogatorio monstruoso. Es la orden que aun tuvo que cumplir, cuando salió sangrando de aquella sala de torturas, reventado por dentro y arrastrándose a tumbos por una calle oscura de Miramar: “Y CÁLLATE”.

No es una historia de los 60s; es de 2009. Paco sana rápido y controla las secuelas de aquel encuentro cercano con la muerte. Pero no puedo pedirle que cure igual de pronto las heridas en su dignidad. Le asiste todo el derecho del mundo a odiar su memoria y a guardarle todo el rencor que quepa en su corazón.

Pero Paco está aprendiendo a leer en su cicatriz, otra historia que habla de su lucha infatigable por su vida, que le recuerda por las mañanas que aun tiene huevos para recuperarla, y tiempo de construirse otro futuro para disfrutar de ella. Yo sé que lo conseguirá, aunque su cicatriz siga allí para recordarle cada día el nombre del culpable de su minusvalía.

Al resto nos toca aprender a convivir con su presencia silenciosa e invisible, hasta que desaparezca el último objeto que lo recuerde, y deje de escucharse la última canción que lo ensalzaba. Hasta que el último hijo se reencuentre con la última de las madres, después de años de estar lejos por su culpa. Hasta que desaparezca el último de sus chivatos, y se silencie al último de sus aplaudidores.

Seguramente en este instante, alguien de nuestra especie está creando para ti un futuro tecnológico sofisticado, que mañana hará todavía más fácil tu vida de ser racional e intelectualmente superior.

Pero la nuestra es en realidad la especie más imperfecta y simple, en su más rudimentaria esencia. Nuestro raciocinio es tan selectivo, que nos aterra saber de qué estamos hechos cuando se nos ofrece la posibilidad. Sin embargo aceptamos 250 gramos de ceniza como la cura a todos nuestros males.

No había ya nada de él en esa urna sellada para toda su muerte, porque todo se quedó en nosotros. Hace años que ya había encontrado su puerta a la inmortalidad, cuando nos fabricó con partes de sí mismo. Ni siquiera necesitará que lo recordemos por su nombre. A mí no me ha hecho falta escribirlo aquí ni una sola vez.

Y ahora, liberados ya para siempre de su presencia física perturbadora, fingiremos que nos valen sus restos mortales para decretar el fin de su mala influencia, y poder vivir felices sin él. Pero ni bajo tortura reconoceremos que todos lo tenemos escondido.

Es que somos muy básicos.

(Dedicado a mi amigo Paco Cano)

Publicado originalmente en perfil en Facebook de Carlos Ferrera

Este artículo es de hace 3 años

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Carlos Ferrera Torres

Arquitecto, escritor y guionista nacido en La Habana, reside en España desde 1993, donde ha desempeñado su labor profesional como guionista de ficción y realitys en productoras de televisión como Magnolia y Zeppelin TV. Ha escrito varias piezas teatrales estrenadas en USA, Grecia, Argentina y España

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Carlos Ferrera Torres

Arquitecto, escritor y guionista nacido en La Habana, reside en España desde 1993, donde ha desempeñado su labor profesional como guionista de ficción y realitys en productoras de televisión como Magnolia y Zeppelin TV. Ha escrito varias piezas teatrales estrenadas en USA, Grecia, Argentina y España

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