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Eusebio Leal pide "no convertir en consigna ni vaciar en bronce" a Fidel Castro

Este artículo es de hace 3 años

Como se ha venido comentando, ayer 27 de diciembre, el Parlamento cubano aprobó una nueva ley que prohíbe usar el nombre de Fidel Castro en espacios públicos.

Con esa norma, se pretende evitar el lucro con la imagen del fallecido, aunque están contempladas las excepciones si se trata de instituciones que se dediquen al estudio y difusión del pensamiento y obra de Castro.

El diputado e historiador de La Habana, Eusebio Leal, intervino frente al Parlamento para apoyar esta decisión. 

Como es habitual en él, sus palabras se convirtieron en un recorrido por la Historia de Cuba, siempre amparadas en una extrema admiración hacia Fidel Castro, que Eusebio Leal nunca ha disimulado.

Todo ello con un lenguaje barroco y un discurso pletórico de alusiones y citas.

A continuación reproducimos, íntegramente, las palabras de Eusebio Leal frente al Parlamento cubano.

No crean que resulta fácil en una sesión como esta y ante un dictamen de ley como la que vamos a analizar -y que como dice el Presidente Don Esteban (Lazo Hernández), hemos leído estudiado y analizado-, emitir otro juicio. No estamos ante el análisis de unas palabras cualesquiera, sino ante la voluntad póstuma de una de las grandes figuras de la Historia.

Y ante esa voluntad expresada de manera contundente a su amado hermano y a sus familiares y que quedan como un legado ante el mundo el retrato y el perfil de un revolucionario verdadero, no tenemos otra cosa que suscribirla con la convicción profunda de que ese es su pensamiento y su legado.

Tenía confianza absoluta en el triunfo de las ideas, y creyó que ellas eran el mejor legado; tenía una convicción profunda en la unidad. Detrás del concepto magistralmente expresado en el momento quizás más maduro de su pensamiento político, estaban las experiencias que hicieron de él el autor de la unidad nacional. No podemos olvidarlo.

Cuando él miraba el pasado, veía el sacrificio de los precursores que no lograron alcanzar jamás su victoria, porque no la alcanzaron; pensaba en los que solitariamente se levantaron y perecieron sin alcanzarla; pensaba en aquel dramático 27 de febrero de 1874 en que, víctima de la desunión y quizás de la traición, fue sacrificado el Padre del Patria; pensaba en Mariana (Grajales), muerta en el exilio, madre de una nación; pensaba en la obra inconclusa de los que se atrevieron a luchar en 1868, que pusieron en jaque al colonialismo para que al final, quebrantados por la desunión y por el combate fiero largamente sostenido, sucumbieran al empeño; pensaba que no pudo realizarse tampoco en 1878 y en el 79, ni en el 84 por idénticas razones, y que en el 95, con una guerra victoriosamente liberada, se frustrara todo al final.

No ya por esa desunión, sino por algo mucho más grave y terrible, la sentencia anticipada por Martí en palabras breves: “impedir a tiempo”. No se pudo impedir a tiempo. Pensaba en los revolucionarios de los años 30, en los precursores de las ideas políticas, en los precursores más avanzados; pensaba en Mella, “muero por la Revolución”, mas lejos de la patria.

Todo esto le inquietó profundamente y le llevó a concebir un proyecto político que tuvo la virtud de alcanzar por única vez una victoria en este continente, y por primera vez en el mundo, de un pequeño puñado de hombres contra un ejército al que batió, golpeó y liquidó. Pensó en que antes y después en el poder había que galvanizar la Revolución en un Partido, que representara la unidad de un pueblo, de una nación, lo que Martí definió como “el alma invisible de Cuba”.

Después de haber logrado tan magnos objetivos y haber vivido largamente como ningún otro revolucionario que yo recuerde; después de haber visto desde el poder político de las clases más revolucionarias, la consolidación de la Revolución, su sobrevivencia a un asedio heroico y terrible; después de haber vivido todo eso y considerarse invicto, creyó que no era posible vivir más y, simple y sencillamente, se fue.

Ahora nos queda un gran desafío. No podemos convertir en consigna, ni vaciar en bronce, ni en mármol, ni en palabras huecas, ni en alharaca, ni algarabía, ni en jolgorio su pensamiento. Durante nueve días el pueblo guardó un luto espontáneo. El que ordenó la nación fue solo el marco. El pueblo en masa fue por toda Cuba repitiendo su victoria y debo decir que, con su muerte, se atravesó en el camino del adversario y en el de nuestras propias flaquezas, un enemigo terrible. Como lo fue en vida, lo será más allá de ella. Fue, además, un último y gran servicio a la unidad de la nación cubana.

Y debo decir que desde el alba hasta el poniente se hizo una salva de cañón, manteniendo en vilo a la opinión pública. Debo aclarar que esto solo ocurrió una vez en la Historia de Cuba, cuando murió Máximo Gómez y se ordenó tal duelo para que se supiera que caía uno de los últimos grandes libertadores, si no el último libertador del continente americano.

En la tumba de Máximo Gómez no se escribió ningún nombre expresamente, porque se dijo que todo cubano que llegase ante aquella piedra granítica debía saber que aquel perfil pertenecía a un libertador. Exactamente igual en la piedra de Oriente está un solo nombre, Fidel, que quiere decir fiel. Y cuando se evoca que en el glorioso cementerio Santa Ifigenia están enterrado los padres y precursores de la Patria, falta uno: Antonio Maceo. Está enterrado en La Habana, porque quiso el destino y la providencia que para marcar el destino de la unidad nacional, Martí cayera en Oriente y Maceo en La Habana, y ese equilibrio marca nuestra vocación y nuestro deber.

Yo pido a los diputados que no nos agotemos de ninguna manera en poner punto y coma en esto que está escrito. Cumplamos la voluntad de un vivo, no de un muerto. “No me rindan culto de palabras, ríndanme culto de obras”: que se levante la producción, que se levante el campo, que se levante el trabajo, que avergüence el robo, que se sienta orgullo de nacer en esta República, que no emigren, que permanezcan, que trabajen, que se unan, y entonces, estoy seguro que, como dice la canción, ese caballo blanco que ahora va descabalgado permanecerá eternamente y sobre él irá, invisible, pero cierta, su figura.

Muchas gracias.

Este artículo es de hace 3 años

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Judith Moris

Redactora en CiberCuba. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de La Habana, y Máster por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido profesora en la UH e investigadora en la UAB, y redactora/editora de la editorial Teide

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Judith Moris

Redactora en CiberCuba. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de La Habana, y Máster por la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido profesora en la UH e investigadora en la UAB, y redactora/editora de la editorial Teide