Foto © El Nuevo Herald/Pedro Portal

La victoria que sabe a derrota

Este artículo es de hace 3 años

Vivir para ver. Por las redes sociales, un sujeto se las da de agudo y repite el chiste racista dirigido a Obama de que “si el negro no la hace (la trastada) al principio, la hace a la salida”.

Hemos llegado al punto que, en el tema migratorio, se dice que merecíamos, situándonos, más o menos, entre escila y caribdis. Por un lado, quedarse a echar canas en un país que está a la espera medio tragicómica y nerviosa de lo que vendrá luego del período que acapararon hasta su senectud los Castro. Donde tres de las más lucrativas áreas o actividades de inversión son comprar un auto museístico y botear, un apartamento para alquilarlo y montar un restaurante paladar (por coherencia y por sarcasmo son tres de las más defectuosas y permanentes: En Cuba hay carencia de transporte, de vivienda y de alimentos). Por el otro lado, probar una suerte muy semejante a la de cualquier persona que haga una entrada irregular a los Estados Unidos, por ejemplo, tener que huir a la desbandada junto con los mejicanos que en plan suricata avisan cuando por ahí viene “la migra”.

Desde Miami se observa el acontecimiento con otros ojos, volteados, los ojos del emigrado (el que ya ha avanzado mediante una serie de procesos hacia un estatus distinto, una versión mejorada, una metamorfosis en realidad inacabada y resentida del balsero y del cruzafronteras terrestre). No son ojos ciegos sino convenientemente daltónicos. No son ojos humanos sino terriblemente corridos como los del pez lenguado.

Es lo mismo que pasa con el transporte público. Es lo mismo que pasa cuando uno espera la guagua en la parada y la guagua sigue de largo con un acelerón; después, o uno se deja aplastar por el abatimiento o se encoleriza, adentro, el pasajero que viaja se alegra de haberse ahorrado varios minutos, apretujones y demás incomodidades. El que viaja adentro —que espacialmente hablando está durante el traslado unos centímetros más arriba— es la prueba del placer egoísta frente a la desgracia ajena. Incluso si el que viaja adentro hubiera estado esperando también la guagua, de seguro increparía a ese chofer que con la vocecita interna alentaría a seguir de largo. Manteniendo la línea: Es lo mismo que si uno apura a los que suben a la guagua para que le hagan un hueco, alegando el amor al prójimo, y luego se traba en el primer escalón con toda la parsimonia del mundo y con otro prójimo a sus espaldas apremiando, al que ignora de modo olímpico. La naturaleza del hombre puede manifestarse tanto en una parada de guaguas en La Habana como en el fin de la política de "pies secos, pies mojados".

Ernesto tiene veintidós de edad y cree que los cubanos no deben acostumbrarse a que ni Estados Unidos ni ninguna nación extranjera actúe por ellos, ni siquiera cree que tengan que emigrar a cambiar ningún aspecto, sino que deben cambiar por sus propios esfuerzos su propio país.

Dany, que más bien le temía a Trump, planeaba una escalada desde Panamá. El hermanastro, con una situación migratoria algo deleznable, lo llama al teléfono. El mensaje le llega como a trompicones: O-ye ni te ti-res que se jo-dió la ley de a-jus… Y otro día, más fluida la recepción, solo le promete a Robert con indiferencia mandarle un iphone 4, pero un iphone 4 significa renunciar, de momento, a la idea de vivir en los Estados Unidos. Y la idea de vivir en los Estados Unidos significa renunciar al apoyo de su hermanastro y a una posible mejora económica para el futuro de su hijo de seis meses. Lo que significa que Dany deba continuar intercambiando piezas robadas de computadoras de la Universidad de Ciencias Informáticas.

La eliminación de la ley es un apretón de tuerca que desajusta más tuercas. Si bien protege a las personas a veces de un riesgo mortal, no deja de ser el derrumbe de los proyectos de vida de muchos jóvenes cubanos que terminaban una carrera universitaria valorando aprovechar su diploma para una mejor retribución. También se tapa un escape de la inconformidad y de los picos del descontento social.

A partir del 17D decenas de miles de personas se arriesgaban por el continente, de ellas, una cifra incalculable debió vender sus viviendas y pertenencias en Cuba para el costo del trayecto. Se temía que acabara la Ley de Ajuste Cubano, después de tantos años de pedir en la Tribuna Antiimperialista que cesara, ocurre una cosa para la que nadie estaba de veras preparado, ni siquiera Fidel Castro —a quien constantemente se le atribuye la cualidad de previsor— en sus momentos de mayor desvarío.

Hoy, una vez que se ha cruzado de la aprensión al hecho, se puede conjeturar que aumenten las frustraciones a nivel sicológico o la prostitución y las ilegalidades y que disminuyan las remesas y el ingreso de dinero al país. Y se puede conjeturar que haya cubanos posteando chistes y diciéndose —como en una guagua— “que se hundan los otros, ya yo estoy a salvo”. Y se puede decir que, si Barack Obama hubiera informado con una semana de antelación que dejaría sin efecto la ley, el malecón se hubiera cubierto de balseros. De nuevo remando hacia el horizonte.

Este artículo es de hace 3 años

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Maykel González

Periodista de Cibercuba. Graduado de Periodismo por la Universidad de La Habana (2012). Cofundador de la revista independiente El Estornudo.

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Maykel González

Periodista de Cibercuba. Graduado de Periodismo por la Universidad de La Habana (2012). Cofundador de la revista independiente El Estornudo.