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Raúl, un General herido de sombras

Este artículo es de hace 3 años

Nunca mencionan su segundo nombre: ‘Modesto’.

¿Por ‘modestia’ siempre ocultó ser el más ‘castrista’ de los Castro?

Para muchos la sucesión de Raúl despojaría a la Revolución del carisma de Fidel y destaparía el talante estalinista del régimen. Pero lo único que ha quedado claro es que nunca el castrismo había sido más castrista que ahora.

De ello no cabe duda cumplidos 2 meses de una muerte que reactivó expectativas de cambios políticos y económicos casi idénticas a las que se dispararon cuando el traspaso de poder de 2006.

En 10 años y pico tales cambios no se han producido, al menos sustancialmente.

La alargada aunque frágil sombra biológica de Fidel maniataba a Raúl para ejecutar dichos cambios, argüían muchos.

Pero ‘muerto el perro’ y ya investido Primer Secretario del PCC, Presidente de la República y del Consejo de Estado y de Ministros, Raúl está en perfectas condiciones, sin complejos ni excusas, de salir del armario reformista chino donde los cubanólogos siempre lo encerraban, e implementar el liberalismo socialista de mercado que supuestamente le reprimía Fidel.

Solo que no termina de dar el paso.

Puede ser que una apertura de tal calibre en un andamiaje social, económico y político tan apuntalado como el de la Isla tenga los efectos devastadores de un derrumbe parcial o total, perspectiva incierta y, por tanto, nada halagüeña para el poder.

Empoderar económicamente a la población cubana con un pequeño y mediano empresariado privado resultaba abominable para Fidel, y en la Cuba raulista tampoco acaba de convencer, pese a la cifra oficial de 535.000 trabajadores en ese sector.

Desde Cuba las noticias tampoco son muy alentadoras: recesión ad portas, población desconectada de Internet, sangría migratoria, disidencia deslegitimada y reprimida sin (y con) cuartel, gravámenes tributarios recién estrenados, boicot persecutorio tanto a la iniciativa privada como a su poder adquisitivo.

La existencia de casi 400 cooperativas no agropecuarias y la entrega de tierras ociosas en usufructo para aumentar la producción agrícola no impidieron reportajes navideños con imágenes de agromercados desolados o boyantes de productos con precios por las nubes.

Medidas ‘estrella’ como permitir la venta y compra de casas, celulares, computadoras, alquiler de autos, hospedaje en hoteles o viajes al exterior, son concesiones poco menos que simbólicas en un país que presume de anticapitalista pero que, paradójicamente, es donde con más crudeza se evidencia que los ‘derechos’ pasan por un consumismo inaccesible a una población carente de divisas y salarios dignos.

Raúl es quien mejor ha actualizado a los cubanos de que la libertad es directamente proporcional a la cantidad de dinero que tengas.

Cuando en sus últimos discursos refiere implementar medidas de calado económico, en realidad alude a inversiones de capital extranjero ―entiéndase ‘privatizaciones’ en turismo y sectores aledaños― ya iniciadas en los 90s pero ahora a lo bestia, y como intermediario entre contratista ‘yuma’ y mano de obra barata nativa, siempre de por medio, el entramado empresarial militar creado por él, facturando las mayores y mejores ganancias.

Cierto que de los dos hermanos Fidel parecía el más castrista en esa pantomima donde ambos se repartían roles opuestos aunque complementarios: uno, el carismático vital ungido de poder, el locuaz patriarca nacional y desatado macho alfa que engendraba con sólo hablar; otro, el acomplejado revijío, la ‘china’ antipática a la que apenas se oía hablar, el lampiño alcoholizado y familiero que desde los 60s padecía un cáncer del que nunca murió.

Nos tragamos el tupe de una propaganda que ninguneaba a un Raúl sin el atractivo de un Fidel, un Camilo o un Ché, entre otras razones porque al aparato no le interesaba crearle competencia a la imagen invencible del ‘Comandante’, ni que se visibilizara la verdadera mano que mecía la cuna. Y esa mano era, es, muy sombría.

Siempre lo subestimamos.

Si el castrismo pica y se extiende hoy en Cuba no solo es por arraigo o inercia de su causa primera (Fidel), sino porque su principal valedor en 6 décadas aún lo gestiona con puño de hierro.

Tras 17 años de Gobierno revolucionario, Raúl configuró en 1975, bajo asesoría soviética, la armazón socialista del Estado cubano: creó y reforzó las FAR, el PCC y el Poder Popular parlamentario, las más sólidas e influyentes instituciones revolucionarias.

Pero fue en febrero de 1959, al sustituir a Fidel como Ministro de las FAR, que toma las riendas del más eficaz de estos pilares, y gracias al cual Fidel desarrolló su liderato nacional e internacional con garantías que ningún Jefe de Estado había gozado antes, confiado en que no habría puñaladas traidoras.

Tantos años al frente de ella, Raúl hizo de las FAR la niña de sus ojos, fuerte y autosuficiente en la producción agrícola con la Unión Militar Agropecuaria, además del más eficaz entramado empresarial de gestión capitalista que subvencionaba el lujo de su estirpe familiar y que se extendió como metástasis voraz en el tejido económico de la Isla y cuya más reciente víctima conocida es el grupo Habaguanex S.A.

Pragmático en economía, adicto al espionaje interno, receloso de la cultura y los intelectuales, despiadado en el blindaje del régimen, durante 47 años Raúl ministró y organizó la institución más poderosa del país, sobre todo cuando la Contra Inteligencia Militar ayudó a las FAR a absorber a su máximo rival, el MININT, luego del fusilamiento del general Ochoa y los gemelos La Guardia en 1989.

Sus dotes de organizador militar y administrativo del futuro Estado germinaron en su etapa en el Segundo Frente, controlando en la Sierra más territorios que Fidel, creando los primeros servicios de inteligencia revolucionaria, escuelas, hospitales, fábricas de armas y calzado, y hasta aplicando un impuesto revolucionario a todas las empresas, incluidas multinacionales estadounidenses.

Después del 59 Raúl fue el eficiente productor escénico de un Fidel ―gestor inepto donde los hubo― absorto únicamente en saciar su protagónica vanidad de chupar cámaras y micrófonos con eternos discursos a cambio de aplausos y devoción, entre los primeros los de un Raúl más a gusto en un segundo plano, entre las sombras de un poder desde donde a veces se gobierna más, aunque manteniendo ocultos los hilos que movían la sala de máquinas dónde ‘cocinaba’ la quintaesencia del plato llamado ‘Revolución’.

Sus responsabilidades en la ‘cocina’ revolucionaria no se limitaron a lo ejecutivo: también fueron históricas.

Cuando Fidel todavía militaba en el Partido Ortodoxo, Raúl ya pertenecía a la Juventud Socialista, y en 1953 estaba cruzando la Cortina de Hierro para visitar la Europa del Este.

Durante el viaje de vuelta por barco conoció a un agente de la KGB que iba a México como diplomático soviético: Nikolái Leonov. Durante el exilio moncadista azteca, Raúl ejerce de Celestina entre Fidel y el Ché, entre el Ché y Leonov, y entre Leonov y Fidel.

Los vínculos con los Castro y el Ché catapultaron la carrera de Leonov hasta el segundo puesto de la KGB, desde donde ya en 1958 respaldaba, entre tinieblas, el proceso revolucionario.

Las decisiones más controvertidas, ingratas y firmes de la Revolución ―carácter socialista, ejecuciones, purgas en la cúpula de poder, crisis internacionales, conspiraciones militares exteriores como la de los misiles o las bélicas africanas ― recaían responsablemente en Raúl, aunque siempre sancionadas por un Fidel a quién acababan salpicando públicamente debido a su constante exposición mediática.

Al final permanecer cubierto siempre tras las espaldas de Fidel le procuró un lavado de imagen que a largo plazo le hizo parecer, al lado del hermano, algo distinto, quizás hasta un ‘mal mejor’, cuando en realidad solo fue el más ladino, resentido y letal a efectos de praxis política.

Raúl, ya entronizado del todo, sigue enigmático, mantiene el acertijo de esa caja de la que, una vez escapados todos los demonios conocidos del castrismo, esperábamos que sólo quedara en el fondo la esperanza de un volantazo que condujera a Cuba a ‘otro’ gobierno, ¿mejor?, ¿más amable?

Pero Raúl solo se ha desvelado como una intrigante caja china, cerrada, sin tapa ni hendiduras visibles. De lograr abrirse, solo hallaríamos dentro lo mismo que en la hermética piedra de Santa Ifigenia: polvo, polvo de estrellas, el polvo enamorado de ‘quien tú sabes’.

Si en verdad Raúl llevó alguna vez en su alma la bayamesa, esta al único hombre que incondicionalmente amó fue a Fidel.

Solo hay que leer sus gestos de política exterior para comprender que en Cuba nada cambiará: carpetazo a la aventura guerrillera en América Latina con la firma de paz en Colombia; reconciliación con viejos y enconados enemigos, ideológicos como la Iglesia Católica, políticos como Estados Unidos.

Raúl no está abriendo una nueva etapa en la Isla: se limita a liquidar cuentas pendientes y cerrar viejos frentes abiertos por su hermano de cara a una transición o apertura que claramente no encabezará, sino que delegará en otros.

¿Vejez, cansancio, responsabilidad, culpa?

Raúl sabe inevitable un cambio que de ejecutarlo por su propia mano sabría a una deslealtad con Fidel, y Raúl se debe a esa lealtad por encima de todo.

Siempre se ha dicho que le gusta promover el liderazgo de negros y jóvenes en un país donde dos tercios de la población son negros y jóvenes; que gusta de ser asesorado, de escuchar a expertos.

Raúl solamente se ha plantado en ‘ir tirando’ mientras le quede vida, en mantener su perfil bajo y un status quo que contemple el culto eterno a Fidel y la prolongación e incremento de prebendas de su casta familiar, generacional y política. Punto.

Realista, pragmático, consistente, Raúl no piensa en la trascendencia, en si la historia lo absolverá o no: él es más de “tras de mí, el Diluvio”.

Y de momento ese ‘diluvio’ tiene fecha: 2018.

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