Cuando derogaron la política ‘pies secos/pies mojados’ los cubanos nos caímos de la mata.

Confirmamos con estupor cómo la subsistencia de la ‘Revolución’ a la caída del Muro de Berlín nos había despojado del histórico caché migratorio de refugiado hasta reducirlo al mero status de inmigrante económico de un haitiano o un mexicano.

A los mapas ideológicos se les habían corrido los colores y no nos habíamos enterado.

De un plumazo Obama pinchó la frágil pompa dentro de la que los cubanos cruzábamos mares y fronteras; nos borró un horizonte con el que contábamos incondicionalmente.

De un borrón nos sacó de su mapa y nos metió en otro nuevo.

Los cubanos siempre estamos muy pendientes de otros horizontes a la hora de repartir responsabilidades internas.

Por eso deberíamos aplicarnos la célebre frase de Kennnedy, pero en la versión corregida y mejorada de “no te preguntes qué puede hacer Estados Unidos por Cuba, sino qué podemos hacer los cubanos por nosotros mismos”.

Desde los medios cubanos fuera de la Isla cuestionan a diario el tratamiento migratorio que Estados Unidos, México, Panamá o Colombia ya dispensan a cubanos huérfanos de cualquier excusa o victimismo político.

En cambio, el tono de estos mismos medios siempre es bastante más bajo cuando se trata del modo en que los cubanos en la Isla tratamos a nuestros propios ‘ilegales’ siempre que la crítica no vaya dirigida contra el apellido ‘Castro’.

La única culpa castrista en nuestra discriminación migratoria interna fue escribir esa ley no escrita pero sí muy cantada de “la Habana no aguanta más”, su gestión astuta e interesada de una larvada confrontación regionalista que a la Isla le corre por las venas, que siempre ha latido ahí.

Hasta que la hemorragia de peloteros a las Grandes Ligas se volvió incontenible, el clásico del deporte cubano siempre fue un ‘Industriales-Santiago’ planteado como un partido de alta tensión territorial al nivel de un ‘Madrid-Barça’.

Pero ni la pequeñez geográfica ni la demagogia nacionalista que desde el XIX homogeniza al archipiélago bajo la palabra ‘Cuba’ impiden que, como en cualquier otro país del mundo, nuestra nacionalidad se nutra de diversidades que culturalmente se cruzan en resquemores y se encarnan en estereotipos fáciles, lugares comunes, escarnios.

Primero, en lo que mejor se nos da: poner nombretes. ‘Guajiro’, ‘guacho’, ‘nagüe’. ‘Palestino’ le viene como anillo al dedo a ese chovinismo habanero que imagina a la capital como una tierra prometida sólo a elegidos.

Segundo, burlándonos de formas de hablar, como si pronunciar ‘amol’, ‘epesialita’ o ‘pete’ hiciera a algunos cubanos peores hispanoparlantes y mayores deficientes culturales.

Tercero, con una de las tantas ironías de una sociedad tan convulsa como la cubana: los policías que en La Habana ejecutan las sanciones contra los ‘palestinos’ son tan ‘palestinos’ como la máxima dirección política que ordena dichas sanciones.

Es el eterno ‘encarne’ habanero con todo lo no ‘habanero’. Es La Habana siempre mirándose al ombligo.

Multar, extorsionar, encarcelar y deportar ‘palestinos’ no obedece a urgentes medidas que se correspondan con una crisis demográfica real, sino a un castigo cultural motivado por ese cisma histórico de la nación cubana que explica eventos capitales como las guerras independentistas o la ‘Revolución’.

El caché habanero ha procurado que la migración interna siempre haya ido de Oriente a Occidente, reforzando el chovinismo donde unos, por el único mérito de ser capitalinos nacientes y residentes, se permiten estigmatizar y penalizar a otros que se saben y aceptan como los perdedores de una moraleja en la que solo les queda un largo camino por recorrer, una ciudad por conquistar.

Desde el siglo XVIII La Habana ya era Cuba y lo demás, áreas verdes. Si la Isla era la llave de las Américas, La Habana, con su puerto obligado en las flotas comerciales del continente, era la llave de las llaves.

El fomento occidental de plantaciones azucareras colocó a La Habana a la cabeza económica de una Isla donde la brecha con un centro-oriente atrasado se ahondó más. El ‘interior’ se estancó en un latifundio agrario de ganadería extensiva, con mercado localista, puertos fuera del tráfico interoceánico y una población obligada a vivir del ‘bisne’ contrabandista.

En el XIX a estos datos económicos se añadieron gestos políticos e ideológicos tras la uniformidad que la administración colonial o los discursos nacionalistas pretendieron imponer a la totalidad de la Isla, pero que no evitaron que Centro-Oriente y Occidente se distanciaran cada vez más, excluyéndose, agraviándose mutuamente.

De un lado quedaba un ‘continente negro’ donde La Habana, Matanzas y Cárdenas acaparaban el 80 % de la riqueza esclavista de la Isla. Del otro, una Cuba de contrastes, guajira y patricia, subdesarrollada y burguesa, con mucho menos de la mitad de la renta occidental, doblemente sometida por peninsulares y habaneros.

La insurrección independentista de 1868, ¿la inspiró más la Guerra de las Trece Colonias de 1775 o la Guerra Civil de Secesión 1861-1865?

Solo el estatus colonial de Cuba ―supeditada a un poder extranjero superior a cualquier dicotomía interna― evitó que las guerras independentistas pasaran a los libros de historia como una auténtica guerra entre cubanos donde tras el secuestro de Sanguily o las muertes de Céspedes o Martí habían ejecutores ‘compatriotas’.

Así, las principales insurrecciones siempre han estallado en Oriente, lideradas igualmente por personajes centro-orientales que, traspasando ‘trochas’ más o menos simbólicas, ‘emigran’ invasivamente contra un poderío militar concentrado en Occidente para, desde La Habana, emparejar toda la Isla.

En la Cuba de hoy fomentar la emigración de jóvenes varones orientales con un nivel escolar rasante y reconvertidos en policías corruptos como pago por los servicios represores prestados en la capital, delata conflictos territoriales enquistados y el empleo consciente de estos por parte de un poder político que neutraliza así un descontento poblacional que se devora y desarticula a sí mismo.

La emigración de orientales a La Habana no consiste en invasiones bárbaras lesivas a una capital ya muy devastada: es idéntico al testimonio de supervivencia habanero cruzando el Estrecho de la Florida en frágiles balsas o saliendo del país a donde sea y cómo sea.

La precariedad extrema en que malviven los ‘palestinos’ en La Habana no es por el volumen desproporcionado de inmigrantes orientales, sino por la precariedad extrema de una ciudad ruinosa incapaz de asumirlos a ellos y a los propios capitalinos.

Habaneros y orientales practican por igual un éxodo que se ha convertido en el auténtico ‘derecho del pueblo’ al que la población capitalina aporta al año la mitad de los emigrantes exteriores de la Isla.

Y es que hasta desde la Habana se emigra mejor, ciudad fatal y geográficamente más cercana a Estados Unidos o a las embajadas.

Si de contra se tiene la fatalidad geográfica de nacer y residir fuera de ella, no queda otra que emigrar allí para subsistir y de paso toparse una subsistencia aun mejor: emigrar más allá de sus costas.

Por eso la emigración al exterior de cualquier no habanero es una historia de superación doble.

Emigrar ―entiéndase sobrevivir― resulta ya el único proyecto común compartido por orientales y occidentales en nuestra historia.

La sobrevivencia impuesta a la Isla como estilo de vida solo pasa por una solidaridad que, en la Habana, en Cuba, en el exilio, cada vez se enturbia más: solidaridad de habaneros con no habaneros, de miamenses con cubanos, de miamenses antiguos con miamenses nuevos, de gusanos con comecandelas.

No se olvide el nutrido voto cubano que aupó a Trump; pero vamos, no es menos cierto que lo que te prometió Obama, Trump te lo cumplió: se acabó.

Ya solo impera crispación, recelo.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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