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Hoy en mi cuadra, aquí en el municipio capitalino Cerro, después de los gritos de la madrugada apoyando a nuestros muchachos en el Cuarto Clásico Mundial, se multiplicaron las voces cuando el Canal deportivo Tele Rebelde transmitió el juego de vuelta entre el Barcelona y el Paris Saint German, correspondiente a la Champions Legue, que tuvo en un repleto Camp Nou el mejor de los escenarios posibles.

Era tal la efervescencia que hasta los que no entienden o gustan del mayor de los espectáculos deportivos del planeta, se detenían a preguntar “¿qué pasa?”


Resulta que a partir de este 8 de marzo de 2017 la historia del fútbol universal recogerá la hazaña del elenco blaugrana, que materializó la hombrada de remontar un adverso 0-4 del pasado 14 de febrero en el choque de ida celebrado en París.

Sí, el equipo de Luis Enrique marcó un 6-1 que le daba un triunfo inconmensurable, hazaña que se convirtió en realidad al anidar tres veces el balón en las redes contrarias, muy mal defendidas por cierto, en los últimos siete minutos, algo que no creían ni los cien mil espectadores reunidos en el bello parque catalán ni los millones que en todo el planeta lo presenciaban por la pequeña pantalla.


No voy a realizar, ni mucho menos, un comentario del choque, pues los adversarios de los catalanes aducen desde penalties que no lo fueron hasta los cinco minutos de alargue decretados por el imparcial. Y claro está, los fanáticos del Barça gritando a voz en cuello que son el equipo más grande de la historia, con un Neymar que se robó el show.

Yo lo presencié porque lo viví. O sea, estaba junto a Julito, Miguelito, Danylo, el tío y aproximadamente cuarenta cubanos más que no sé qué hacían a las tres de la tarde, hora laboral, prendidos de los televisores. ¡Por Dios, ni que Cuba estuviera discutiendo el Clásico Mundial de lo que sí es pasión nacional, el béisbol!

No vengo aquí a divagar de lo que está sucediendo, vengo a exponer brevemente mis ideas.

Cuando yo empezaba mi carrera periodística, incluso tras la primera década de práctica, el Mundial de Fútbol de México 86 resultó un suceso del cual yo fui protagonista por la tele, porque en aquel entonces no se transmitían los juegos como ahora y la parte informativa desempeñaba un papel prioritario, máxime cuando yo hacía unos amplios resúmenes de lo mejor de cada encuentro.


Con el paso de muy pocos años, la divulgación de los Mundiales de Fútbol se equiparó a otros grandes eventos como los Juegos Olímpicos, los Panamericanos, los Mundiales de Atletismo, y ahí mismo pensé yo: “¡Qué bueno, al fin tendremos futbolistas!"

Siguió nuestra tele ampliando la programación de fútbol y hoy día nadie puede quejarse: la liga de las estrellas, de España, la Pemier league británica, la Bundesliga alemana, las de Sudamérica y México, la de Italia, ocupan un lugar preponderante en nuestra afición. Claro, ninguna como la española, en la cual Barça, Madrid, Valencia, Sevilla, Atlético son seguidos por fieles fans, muchos de los cuales ni siquiera saben en qué lugar de la geografía ibérica quedan los lugares que son representados por esos elencos.

¿Por qué sucede esto, amén por supuesto del nivel competitivo y el elemento mediático del evento? Muchos factores se unen, pero, por sobre todo, porque nuestra pelota, nuestro amado pasatiempo nacional, la pasión del cubano, ya no es la misma; y al parecer, amigos, en Cuba no nacen futbolistas y los que nacen se van. ¡Es la triste realidad!

Así que mientras el palo va y viene, seguiremos riéndonos y yo diría que gozando con las peripecias de Miguelito, Danylo, Julito y todo el coro que a favor o en contra, disfrutan como todos los cubanos del magnífico fútbol de la liga de las Estrellas, de la Premier, de la Champions, y soñar con que nuestros muchachos venzan a Australia y avancen a la siguiente fase del Cuarto Clásico Mundial de Béisbol.


Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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