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Hace años, muchos si tenemos en cuenta que hablo de la década del 90, en Santiago de Cuba se efectuó el Congresillo Técnico previo al inicio de una Serie Nacional de Béisbol. En uno de los puntos del reglamento se trataba específicamente del vestuario, el estado formal de presentarse los peloteros en un juego.

Resulta que por aquellos tiempos contábamos con uno de los mejores receptores que han pasado por los equipos Cuba y que competía por los elencos matanceros ¿Su nombre? Juan Manrique, figura clave en la medalla de oro del seleccionado nacional en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. Pues bien, Manrique era un moreno de estatura mediana, físicamente muy agradable; atraía a más de un corazón femenino, y ¡le gustaba dejarse el bigote!

¿Quién les dice a ustedes que el bigote del yumurino fue centro de discusión en aquel congresillo, porque el mencionado reglamento obligó al máscara a afeitárselo pese a que tan bien le quedaba? (Para acabarles el “chisme” la que causó la “bronca” fui yo, porque no entendía que aquel hombre tan atractivo tuviera que prescindir de su bigote).

En nuestro país, no en la década del 90 sino en todas las épocas hace casi 60 años, rige un reglamento para mí obsoleto, donde se obvia por completo en qué año y siglo vivimos, y claro está, desconociendo el gusto de los deportistas.

En nuestro país rige un reglamento para mí obsoleto donde se obvia por completo en qué año y siglo vivimos

Por supuesto, que hay que tener disciplina, respeto, moral, buena presencia. Una cosa es jugar desaliñados, sucios, con mal aspecto, usando mal el uniforme; `pero, otra muy distinta, es obligarlos a no estar a la moda, incluso a ser pioneros en algunas.

¿Quién no recuerda por los años 90, aquella aparición en la cancha de la NBA (Liga de Básquet de Estados Unidos) de Dennis Rodman, con su cabello teñido de rojo, convirtiéndose en un verdadero foco mediático por meses?

Y no piensen que por su look nada más. Rodman ha sido, por mucho, de los más grandes exponentes en la historia de la NBA. Lo avalan, siete veces campeón reboteador (o sea, la explosividad puesta en función del espectáculo, casi casi como el jonrón del béisbol) y cuatro títulos de Liga con los Pistons de Detroit y los Chicago's Bulls.

Además, el inmenso jugador “lucía” en su piel un verdadero mapa de tatuajes.

Otros muy conocidos que se hacen peinados y cortes de pelo extravagantes en la Básquet League USA son Lebron James de los Cleveland Cavaliers y Kawhi Leonard de los Spurs de San Antonio, entre casi la mayoría de los basquebolistas que juegan en el mejor certamen del mundo de las cestas y las canastas.

En la National Football League (el conocido fútbol americano que muchos consideran la mayor pasión de los norteños), los atletas teñidos suman decenas, para alegría de los vendedores de peróxido en Estados Unidos.

Los campeones de la MLB en el 2013, los Red Sox de Boston, se hicieron crecer la barba hasta lograr el tan ansiado anillo de los campeones de las Grandes Ligas. (Salvo lampiños, como el jardinero hawuayano Shane Victorino).

Recientemente, en el cuarto Clásico Mundial de Béisbol, los boricuas agotaron las reservas de tinte en las tiendas de Miami y Los Ángeles. “El equipo peróxido” les decían, aunque esta vez la profecía no se cumplió.

¿Y qué me dicen del torpedero estadounidense Brandon Crawford, del elenco campeón del cuarto Clásico, con su larga melena y barba y bigote discretos, al igual que algunos de sus compañeros de los Gigantes de San Francisco y de otros muchos conjuntos que animan la Gran Carpa?

Pero no voy a convencer a nadie de que eso sea correcto, que lo hagan por simple publicidad, o porque realmente crean en las cábalas. Mi punto es, que se lo permiten, y dentro de lo permisible, ¿lo encuentran mal? Yo no. No me gustan los tatuajes, de hecho no tengo ninguno; no me gustan los hombres teñidos, ni con aretes ni con cejas sacadas. En mi vida, ninguno de los que tuve fue así. Pero, nadie puede juzgar a nadie por lo que quiera hacer con su cuerpo, pelo; con lo que quiera lucir.

La metrosexualidad, término que data del 1994, creada en Inglaterra por Mark Simpson, define prácticamente al hombre del siglo 21. Vestir a la moda, hacerse la manicura, cuidarse la piel, usar cremas, teñirse el pelo. El término pudiera ser traducido como “gustarse a sí mismo”. Y si es una realidad, nos guste o no, ¿por qué aferrarnos a una intransigente medida?

De hecho, colegas con los que conversé sobre el tema (mi amigo Ibrahim Averoff por ejemplo), me indican que los Yanquis de Nueva York poseen un reglamento estricto, sin permitir libertad alguna a su peloteros. Nada, parecidísimo al nuestro, y que por ello han llegado a perder jugadores que no acatan ese régimen disciplinario al vestir o lucir.

Sin embargo, los japoneses, que suelen ser tan conservadores, dan rienda suelta a las modas que prefieran los integrantes de su liga ¿Cuántos nipones “rubios” pululan en esa Liga y en el seleccionado nacional?

Nosotros, además del ya descrito incidente con el bigote de Juan Manrique, poseemos muy pocos casos con los que “salte la liebre”. El más reciente, la suspensión de Lazarito Álvarez, campeón mundial, medallista olímpico, quien se tiñó, y aunque no se reconozca así por la Comisión de Boxeo que señaló como una “indisciplina” la causa de su alejamiento momentáneo de la preselección nacional, al parecer fue el peróxido el causante de la sanción.

Sin embargo, el propio Lazarito y el monarca olímpico y mundial Arleen López, entre otros, se extraen las cejas, y por suerte, nadie los ha reprendido por ello

¡Y ahí voy a caer! Por nuestras directivas hubiésemos suspendido en pleno a los subcampeones del Cuarto Clásico, los puertorriqueños, por el hecho de teñirse en masa.

Está por comenzar la Serie Nacional de Béisbol sub 23, que en estos momentos es determinante con miras al ciclo olímpico que termina en Tokío 2020 y para el quinto Clásico; además, a continuación se jugará la Serie Nacional.

Prohibidos: aretes, cadenas, relojes. Por supuesto. Pueden arañar al contrario en un deslizamiento o enredarse en una jugada.

Pero prohibidos también están los bigotes, las barbas y las melenas largas, y me imagino que ¿para qué hablar de los tintes o los pelados considerados exóticos o extravagantes?

No sé, quizás se podría empezar a hablar del tema sin que produzca infartos en los más retrógrados, aunque seguramente muchos se agarrarán del también obsoleto reglamento de los Yanquis; pero, amigos, las comparaciones y menos tan abismales, no son recomendables.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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