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El actual presidente Donald Trump viajó a la Florida y en el escenario más representativo del núcleo anticastrista del exilio cubano en Estados Unidos, ha dado a conocer su “rectificación” de un orden establecido que no satisfacía, ni a él, ni a muchos de los cubanos y cubano-americanos que le votaron como primer mandatario de la nación.

En su despedida como presidente de los Estados Unidos, Barack Obama echó abajo la llamada “Ley de pies secos y pies mojados” y puso fin a la acogida inmediata y con ciertos privilegios de cubanas y cubanos, sin profundizar mucho en las causas reales de su periplo migratorio.

Se daba por sentado que todo el que arribaba era un perseguido político cuya vida peligraba si se veía forzado a regresar a su patria, aunque la pantomima resultase más que obvia y las razones, si bien comprensibles, no fuesen las que motivaron el nacimiento de tal práctica.

Previamente el primer inquilino no blanco de la Casa Blanca había dado un giro al enfoque de muchas administraciones precedentes con respecto al diferendo histórico con la isla vecina. Y hablo de un enfoque que considero obsoleto, estancado en el tiempo, basado en una permanente hostilidad y un diálogo de sordos, con las amenazas habituales, remanentes de la “guerra fría”, de un lado; y las oleadas migratorias liberalizadas, como mecanismo de presión política, desde la otra orilla del Estrecho de la Florida.

Y como banda sonora de ese escenario, ladridos, muchos ladridos, en un verdadero duelo de testosterona.

Obama terminó su doble mandato y llegó un nuevo Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la primera potencia mundial, aunque no vista uniforme, sino caros trajes a la medida.

El actual presidente Donald Trump, tras la correspondiente campañita de marketing, viajó a la Florida y en el escenario más representativo del núcleo anticastrista del exilio cubano en Estados Unidos, ha dado a conocer su “rectificación” de un orden establecido que no satisfacía, ni a él, ni a muchos de los cubanos y cubano-americanos que le votaron como primer mandatario de la nación.

Ojo: no se cierran las embajadas ni se suspende el diálogo, pero todo vínculo se basará en otras reglas de juego, que exijan respuestas satisfactorias a las exigencias de Washington y cambios sustanciales en la manera de administrar la finca en que los hermanos Castro y su séquito de militares y militantes (¿o limitantes?, al decir del poeta Víctor Casaus) convirtieron a Cuba, para desaforado beneficio de muy pocos y una miseria extendida para la gran mayoría de la población, carente de recursos y esperanzas y exhausta en medio de la batalla cotidiana por la mera supervivencia.

Según lo declarado, nada que pueda beneficiar a la todopoderosa maquinaria militar cubana es válido para la corriente en el poder del norte. Por eso ha tomado medidas para que los bienes y servicios norteamericanos no sigan engordando las robustas arcas verde-olivo. Si alguna ayuda se permite, es para el emergente sector de emprendedores (léase cuentapropistas con muy pequeños negocios autorizados).

¡Y menos mal que no se le ocurrió prohibir las remesas! Al menos les deja cierto respiro a quienes tienen familiares en aquellas latitudes -con todo el esfuerzo que sabemos que cuesta rehacer la vida lejos de donde se nació y enviar una transfusión monetaria periódica a quienes sobreviven como pueden- para paliar un tanto las estrecheces.

Sin embargo, ahí hay un ligerito error de cálculo, apenas un insignificante detalle: ¿a dónde van a parar esos dólares que no quieren entregar a las empresas militares? El flujo de divisas hace un recorrido más indirecto, pasa por las manos de emprendedores y parientes de emigrados, que las utilizan para adquirir algunos bienes y servicios imprescindibles en… ¡las tiendas propiedad del gran aparato económico militar!

Si en Cuba no hay otros posibles proveedores, no existe competencia alguna para el monopolio de los uniformados, porque es una sociedad absolutamente militarizada y con una vergonzosa tasa de nepotismo en los cargos más elevados, provechosos y estratégicos.

Me maravillan, aunque ya nada me sorprenden, algunas reacciones ante los recientes anuncios, que denotan satisfacción de ciertos sectores y decepción de otros, que al parecer sienten que el señor Trump se quedó corto, como si de esas medidas dependiesen la vida o la muerte de la nación cubana, o el fin de la agonía en que se ha vivido por tantas décadas.

Todavía hay quien espera una solución norteamericana a los problemas cubanos. No sé si soñarán con una relampagueante intervención militar al estilo de la de Granada en 1983 o la de Panamá, en 1989, algo verdaderamente absurdo en los tiempos que corren y que generaría el rechazo de buena parte del resto del mundo, aunque la propaganda del Partido Comunista de Cuba no cese su cacareo alarmista acerca de eventuales posibilidades apocalípticas, como ha hecho desde el principio mismo de eso que algunos siguen llamando “revolución cubana” y que, en mi criterio, fue violada y asesinada hace muchísimo tiempo.

Tampoco renuncia a enarbolar términos claves como soberanía y dignidad, como si hubiera algo digno en las calamidades permanentes de la gran mayoría y la opulencia, ni siquiera disimulada, de los que controlan la parte ancha del embudo. ¿Cómo creer que aprecien y respeten la soberanía nacional, cuando pisotean a cada instante la soberanía individual de millones de cubanas y cubanos?

Este regreso temporal a los ladridos, a las declaraciones más emocionales que racionales, a las frases rimbombantes, no significa, de ninguna manera, una ruptura del diálogo.

Se sabe que hay temas y esferas en las que una colaboración entre ambos países se torna estratégica y beneficia a todos.

El señor Trump, no muy dado a la corrección política y los protocolos es, a no dudarlo, un hombre de negocios, con todo el pragmatismo del mundo e ideas muy claras en cuanto a metas y plazos para conseguirlas. Frente a él, algunos políticos todavía apegados a la vieja ortodoxia van cediendo protagonismo, por razones que escapan a su voluntad, a una cúpula militar empeñada en ordeñar hasta la última gota de leche que la fatigada vaca pueda dar.

Sabemos que los políticos no suelen decir lo que hacen y mucho menos hacer lo que dicen. En su ADN traen impresa y por sus venas corre la adrenalina de la negociación callada, sin testigos, el regusto por cocinar en secreto y presentar el plato solo cuando esté terminado y decorado.

A los que piensen que el reciente espectáculo es el cierre definitivo de un breve capítulo de relajación de las tensiones bilaterales, les pregunto: ¿en serio? Tiempo al tiempo

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.



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