Ichiro Suzuki Foto © Wikimedia Commons

Ichiro: El ocaso del samurai

Este artículo es de hace 3 años

Es suplente en un equipo de segunda fila. Batea solo .241 y su slugging se podría confundir con un bajo porcentaje de embasado. No ha podido robar una base –apenas lo intentó una vez- en 95 juegos. Atendiendo a estos datos, cabría pensar que se trata de un pelotero below average. De una voz entre muchas en el coro del mejor béisbol del mundo. Pero no. Estoy hablando de un futuro Salón de la Fama.

A los 43 años y 293 días, Ichiro Suzuki parece muy próximo a colgar la katana que le ha dado 3064 indiscutibles, suficientes para el vigésimo segundo escalón histórico de la MLB. Ha pasado la época en que era inamovible, no importaba el equipo en que jugara. En los Miami Marlins, hoy, los jóvenes y poderosos Christian Yelich, Giancarlo Stanton y Marcell Ozuna son tres vallas muy altas para sus piernas de guerrero decadente.

Ya no puede promediar sobre .300. Hace cinco campañas que se queda por debajo, y el olvido –que es el mal de los hombres- amenaza con diluir las nueve veces que se coló en el Top Ten de bateadores, los tres Bates de Plata y aquellos lideratos contundentes con .350 en 2001, su año de novato; y .372 en 2004, cuando impuso la marca vigente de 262 hits para una temporada.

Ya no corre como antes. Entonces era un demonio acelerado que estafó más de 500 almohadillas con un nivel de acierto por encima del 81 por ciento. Rolling al campo corto, y el fildeador tenía que vestirse de Billy The Kid para soltar la bola.

Ha perdido contacto, hasta el punto de que su carrera da cuenta de un ponche cada 9.2 visitas a la caja, y este año la frecuencia es de 4.9. En su período de esplendor, rara vez aquel swing cruzaba el home sin dejarnos escuchar la música exquisita del contacto entre el cuero y la madera. Sirva un ejemplo solitario: Ichiro debutó en la MLB con apenas 53 ponches en 738 comparecencias al pentágono. Wow!

Definitivamente, el japonés carece ya de la categoría de estrella. Va en picada y no creo que baje el milagro que lo haga cumplir los 50 en el diamante, como él mismo presagió que ocurriría. Es el segundo jugador más viejo de las Ligas Mayores (después de Bartolo Colón y sus 44 abriles), y en los Marlins está condenado a la plaza de emergente. No es lo suyo. No puede serlo para un tipo que muy posiblemente tendrá una placa eterna en Cooperstown.

Este artículo es de hace 3 años

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Michel Contreras

Periodista de CiberCuba, especializado en béisbol, fútbol y ajedrez.

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