Playa del Hotel Paradisus de Varadero Foto © Christian Córdova

“¿Para caminar por playas de Varadero tendré que irme a Miami como mis primos?”

Este artículo es de hace 3 años

Jorge es cubano, vive en Cuba y se quedó con las ganas de revivir el placer de nadar a gusto en la zona del Rincón Francés, en Varadero. Su padre le había llevado de niño y allí buceó por primera vez, en la roca del final de la Península de Hicacos, en lo que él asimiló como el paraíso en la tierra. Muy cerca, dice, la Revolución había construido un campamento de pioneros que hoy no existe, según confirmó este lector de CiberCuba.

Jorge compartió aquel “sueño hecho realidad” en Varadero cuando estaba en primaria. Le acompañó un primo suyo, que ahora reside en Miami y que este verano, aprovechando un viaje de vacaciones a Cuba, se hospedó en el Hotel Paradisus Varadero Resort, levantado sobre aquel “paraíso terrenal”, que guardaba en su memoria.

“Queríamos juntarnos allí, nadar juntos en aquella playa de nuevo. El día que lo llevé al hotel en mi carrito viejo, pasamos por donde estaba el campamento de pioneros y discutimos sobre dónde era su ubicación, porque todo es tan diferente que no se reconoce con tantos nuevos hoteles”, cuenta Jorge por e-mail a CiberCuba.

Un guardia de seguridad de uno de los hoteles de la zona bajó a Jorge de su nube en menos de lo que canta un gallo. Por aquí no pasas, le dijo.

“Choqué con la realidad”

Jorge había quedado con su primo en la playa Paradisus porque él no puede pagarse una habitación en el hotel. “Mi economía no me permite ni soñar con ser huésped”, reconoce con resignación desde Cuba.

Eso lo entiende Jorge, lo que no consigue asimilar es que le priven “del derecho a nadar en ese pedazo de playa y de caminar por esas arenas”. De recordar su infancia y los momentos vividos allí a pesar de no tener el dinero suficiente para hospedarse en el resort.

Él creía que tenía ese derecho “solo por ser cubano, estar vivo y estar en mi país”.

Sin embargo, su ilusión se truncó de golpe. “Choqué con la nueva realidad. La playa del Rincón Francés ahora tiene dueños y si no pagas la alta suma para ser huésped de Paradisus no caminas ni entras al agua de la franja que está frente al hotel. Nos quedamos atónitos”, dice.

Pero Jorge no se dio por vencido y buscó y buscó hasta que halló un acceso (“único en kilómetros”) entre el hotel Paradisus y el Iberostar. Fue entonces cuando un guardia del hotel les dio el alto. Quieto ‘parao’.

“No puedo describir la humillación, la tristeza que sentí cuando el guardia de la playa no me dejó dar un paso por la arena en dirección a la amada roca donde nadaba de niño. Fue una mezcla de rabia con indignación y vergüenza. Me sentí en este momento indefenso y castigado sin sentido, como un bebé que no puede alcanzar su juguete. Tuve deseos de llorar. Mi esposa, que estaba conmigo, se ofendió, comenzó a reclamar al guardia nuestros derechos, mientras éste se ponía cada vez más agresivo”.

Jorge intercedió a favor del guardia que le impedía pisar la playa y le dijo a su esposa: “Amor no es culpa de él. Son sus superiores que le ordenan esto”. Lo hizo, confiesa a CiberCuba, intentando bajar la tensión de la escena.

“Desde el momento en que entramos a la playa nos mantuvieron vigilados como si fuéramos delincuentes”. Luego Jorge entendió por qué a ese acceso por el que él entró con su esposa le llaman “La Zona Franca”. “¿Debe ser por ser unos metros de arena libre de impuestos de los dueños de la playa?”, se pregunta.

Y reflexiona, “¿para poder disfrutar de esta arena y caminar por estas playas de mi niñez tendré que irme a Miami como mis primos y mis amigos?¿No hay más esperanza?”

Aunque Jorge le explicó al guardia que había quedado allí con su primo y le prometió que no usaría ni las sombrillas ni las sillas del hotel, éste se negó rotundamente a permitirle el paso.

Lo hizo otro guardia, “responsable de otro trozo de la playa”, que antes de dejarle pasar le leyó la cartilla: “Mira, soy el responsable de aquel pedazo de arena. Entra, pero no demores”, le dijo.

“Yo me cansé de luchar y me fui de Cuba”

Atardecer idílico en Varadero.

 

Fue de esta forma como Jorge pudo ver a su primo, mientras era vigilado. Ya juntos, quiso poner una reclamación, pero su primo se lo impidió: “No vale la pena luchar. ¿A quién vas a reclamar? ¿ A quién vas a denunciar? El dueño de estas playas es invisible. Los violadores del derecho a caminar por la playa son invisibles y poderosos. No hay reclamaciones ni tampoco se puede demandar nada. Yo me cansé de luchar y me fui de Cuba”.

Aún así, Jorge no se dio por vencido. Pidió hablar con el gerente del hotel, con el jefe, pero fue inútil. “¿Es éste nuestro destino? ¿Como podemos parar esto?”, se pregunta una y otra vez.

Él dice que se niega a asimilar lo ocurrido como muchos otros cubanos que se resignan a bañarse en los escasos metros de La Zona Franca de Varadero.

Jorge no quiere irse de Cuba. Si lo hiciera, comprobaría que los grandes hoteles de todo el mundo prohíben el paso a sus playas. Es lo normal. Las compañías hoteleras han comprado ese terreno.  En el caso de Cuba, todo es del Estado.

Pero Jorge dice que no se irá de Cuba. “Las playas al final de la Península de Hicacos no son más de los cubanos. Entiendo que los hoteles estén allí y que sea necesario para la economía de mi país. Por supuesto, pero ¿y nuestra playa? De todas formas seguiré resistiendo y al menos escribiendo. Yo no me iré a Miami. Quiero quedarme en mi Cuba que tanto amo, aunque quedarse se hace cada día más difícil. Tristemente, de mi curso soy el único que todavía vive en este país”, concluye su carta.

Este artículo es de hace 3 años

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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