Cuba, 2017 Foto © Cibercuba

Un Castrismo Vendecomidas: El Yin de un país con tanto Yang

Este artículo es de hace 3 años

Un gobierno abusador.

Un gobierno como matón de patio de escuela, que camina poderoso y amenaza o intimida o perdona vidas a su antojo. Eso mismo, un delincuente perdonavidas y vendecomidas.

Vender la comida a “precios módicos”, dice el rancio castrismo, encerrado en sus bunkers de Miramar, pasando el infierno de los vientos con un whisky on the rocks en la mano y queso suizo en la nevera.

Afuera, en las ruinas de Centro Habana, los vecinos son zombies acalorados que observan los kioskos con caras de apatía.

Cinco pesos o cincuenta centavos, dice una.

Sea el precio que sea. Es vomitivo que vendan la comida a quienes lo perdieron todo.

Ninguna escena para tirar de las esencias como las escenas de tragedia. Cuando todos lo pierden todo, cuando hay hambrunas y sequías, cuando asoma el instinto de supervivencia más básico y primario, el instinto que comería carne cruda en homenaje a los antepasados de la caverna, justo ahí afloran las naturalezas de los hombres.

Y de sus gobiernos.

Yo no estoy seguro de que el cubano sea un pueblo particularmente bueno. Pero sí estoy seguro de que no es un pueblo particularmente malo. De ahí mi duda eterna: de dónde habrá sacado a sus dirigentes.

Cómo los escogió. Cómo depuro el detritus hasta llegar a eso, a ponerles grados militares a esos, y hacerlos sus mandamases.

En la Florida, el coco capitalista, esa península depravada que me contaban en mi infancia de escuela primaria, los refugios para millones de personas regalaban sopa caliente, rebanadas de pan, salchichas, sábanas, agua.

Los negocios cercanos llevaban café, llevaban comidas.

Los centros comerciales más grandes de Miami abrieron sus parqueos bajo techo para que los vecinos dejaran sus autos protegidos.

El capitalismo salvaje.

En Cuba, un gobierno que se llama socialista cobra cinco pesos por comida a los que perdieron hasta el carné de identidad en la inundación.

Se superan cada día.

No por gusto son los amigos irreductibles de norcoreanos, iraníes, sirios.

No por gusto los mandamases de mi isla tropical se codean con la mierda condensada de este mundo donde hay buenos, regulares y malos. Ellos no fallan: son siempre aliados de los peores.

En Miami los cubanos emigrados vimos con repulsión a bandas de delincuentes arrasar con tiendas deportivas en pleno huracán. Vimos, también, a un chofer de grúas volverse famoso en todas las televisoras locales gracias a su infamia de querer remolcar autos en pleno desastre.

Ambos casos son el Yin dentro de tanto Yang, la oscuridad inevitable en nuestra especie entre tanta luz de gente buena, noble, solidaria, hermosa, entre tanto vecino ayudándose y tanta amistad desinteresada.

En Cuba, entre la pobreza compartida y la sonrisa que ningún huracán termina por borrar del todo, entre el afecto de barrio y la ayuda sin segundas intenciones, un gobierno que vende comida como ratero miserable, es la oscuridad.

El castrismo sigue siendo el Yin en un país con tanto Yang.

Este artículo es de hace 3 años

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Ernesto Morales

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