Afectaciones huracán Irma a su paso por Miami Foto © CiberCuba

Cuba salvó a Miami de Irma

Este artículo es de hace 3 años

Nadie lo dice. Quizás por pudor, por vergüenza, por dolor. Por algo. Todos lo pensamos, de una forma u otra, pero nadie lo confiesa. Preferimos dar gracias a Dios, a San Lázaro, a la estampita de San Judas Tadeo o a los Orishas del panteón afrocubano.

Pero nadie, desde Florida, mira hacia el sur y dice con humildad: “Gracias”.

Ha pasado una semana desde que Irma, ese monstruo mitológico que partió récords con el mismo entusiasmo con que partió concreto, madera, huesos, surcara la costa oeste de la Florida con una parsimonia endemoniada: menos de 10 millas por hora. Yo viajo en bicicleta más rápido que eso.

Los pronósticos apocalípticos no se cumplieron. Ni siquiera para los Cayos, por más masticados que hayan quedado. Si lo peor que se esperaba de Irma se hubiera hecho realidad, sencillamente los Cayos hoy no existieran.

En septiembre 5 la comunidad científica sintió una mezcla de fascinación con espanto: el ruido que provocaban los vientos de Irma eran de tal magnitud que los sismógrafos comenzaron a confundir sus medidas con las de un gran terremoto.

Irma amasaba energía suficiente para barrer los Cayos, demoler Miami y cambiar para siempre la geografía de esta península floridana.

Y de repente… se fue por el borde oeste. Su ojo ni siquiera golpeó a Naples. Irma golpeó solo con su cara diestra. Recuerden eso: Irma golpeó la Florida solo con sus vientos laterales, alejados del ojo demoníaco.

Gracias a Cuba.

Por estos días en que los huracanes nos ponen las cosas en perspectiva, y que incluso una tal María amenaza con tornarse otro jodido problema calcado al papel carbón, vale la pena tomarse un minuto de reflexivo silencio: ¿Qué habría pasado si Irma no se hubiera encariñado tanto con la cayería norte de Cuba? Todavía el martes 5 de septiembre los pronósticos hablaban de un giro noroeste cuando el ojo de la bestia anduviera por el mar al norte de la provincia de Ciego de Ávila. Cerca de Cayo Romano.

Ahí, la Florida era su manjar. Nos partía de cara. El ojo de Irma llegó a ubicarse, en ese septiembre 5 de fatídicos cálculos, envolviendo a Kendall y South Miami.

Y con categoría 5: ese eufemismo matemático para intentar definir no indefinible: la destrucción absoluta, casi irreversible, diluviana.

Pero Irma se encariñó con el norte de Cuba.

Ante nuestras caras de pánico mal disimulado acá en Miami, mientras seguíamos su paso lentísimo en nuestros smartphones, Irma giró hacia el norte a la altura de Matanzas.

Su ojo nos quedó al oeste.

La furia de sus vientos de 185 millas por hora –una barbaridad catastrófica jamás vista en el Atlántico- se ensañaron tanto con Caibarién, con Sagua la Grande, con Varadero, que llegaron al sur de Florida menguados y alejados.

Cuba nos salvó.

Cuba puso muchos muertos por Florida esta vez. De hecho, puso muchos más que los diez que admite el infame gobierno insular: jamás sabremos cuántos murieron de verdad.

Pero sí sabemos que esta vez la ayuda fue inversa.

Tantos años de remesas, de recargas, de maletines envueltos en azul y llamadas de consuelo; tantos años siendo Miami el soporte a los estómagos, al alma, a los apagones, quizás terminaron por darnos buen karma: Cuba fue el escudo esta vez.

Miami no sobrevivía a esto.

Un meteorólogo cuyo anonimato respetaré por amistad irreductible me lo dijo al teléfono: “No podemos decir todo lo que pensamos, Ernesto, pero estamos aterrados. Esto no es que va a arrancarnos los techos e inundarnos las calles. Esto tiene potencial para que Miami no vuelva a ser nunca más lo que hasta ahora era. Tiene fuerza para quebrar el subsuelo en zonas pantanosas sobre las que hemos construido, para debilitar tanto esta tierra que quién sabe si habrá manera de recuperarse de verdad en meses o años interminables”.

Pero Cuba se interpuso esta vez. Cuba aguantó el cataclismo todo lo más que pudo, y cuando no pudo más lo empujó al oeste, donde menos daño podría hacernos en Miami, en Naples, en Tampa.

Recuerda eso. Cuando mires unos pocos árboles muertos a un lado de la vía, cuando compruebes un puñado de semáforos aún inertes, cuando devuelvas en tiendas los materiales de construcción que no usaste esta vez, y cuando estemos casi todos vivos, sanos, sobrevivientes casi todos, recuerda que hubo un momento en que era prácticamente seguro que no sería así.

Y que Cuba nos salvó.

Este artículo es de hace 3 años

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Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba

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