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Cuba: el centro de nada

En esta ocasión se aborda el tema del llamado "centrismo" al cual los politólogos de la izquierda reaccionaria le han dedicado hasta un libraco en amplia tirada.

bandera cubana en campo de Cuba © Cibercuba
bandera cubana en campo de Cuba Foto © Cibercuba

Este artículo es de hace 6 años

Como si no tuviera ya bastantes enemigos, reales e inventados, el gobierno cubano y sus acólitos han descubierto uno nuevo, que creen peligrosísimo, un raquítico grupo de intelectuales a los que han dado por llamar, cínicamente, “centristas”. Esto del centrismo es un disparate, tanto geométrico como político, porque se basa en la presunción de que el gobierno cubano está a la izquierda, y el de Estados Unidos a la derecha, y que en el espacio entre ellos habría surgido, aunque no esté claro cómo todavía, con qué alicientes, con qué malicioso patronazgo, una camarilla de díscolos intelectuales que han tenido la osadía de proponer una transformación sustancial de Cuba que combine, porque ellos creen tal cosa posible, justicia social con democracia. Llamarlos centristas es una barbaridad, porque, si fuera necesario ponerlos en una escala, esos intelectuales están bastante más cerca del Che Guevara que de Donald Trump, y sería difícil poner a Raúl Castro y su corte en escala ideológica alguna, siendo como son ni de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario.

La Seguridad del Estado ya habría acabado con esos tercos centristas, qué democracia ni democracia, aunque sea socialista, si los hubiera pillado en la calle con un cartel, o fundando un partido, o recogiendo firmas para demandar un referéndum, o saliendo de la Embajada americana, les habría dado una soberana paliza como ha hecho habitualmente, con irrefrenable entusiasmo, con aquellos a los que ha encontrado cometiendo esas fechorías, pero a estos intelectuales tan escurridizos tendrían que darles la paliza en sus estudios, o saliendo de la Biblioteca Nacional o de la Universidad de La Habana, lo cual quizás no sería muy bien mirado, podría incluso ser reportado por The New York Times y El País. En vez de entrarles a trompones, o propinarles un rotundo acto de repudio frente a sus casas, lo que los haría famosos, a estos hablantines han tratado de contenerlos con una ráfaga de calumnias desde Cubadebate y otras publicaciones del gobierno cubano, o leales a él. Pero nadie teme a Cubadebate, ni, si no ha perdido el seso, se toma en serio lo que escriban Iroel Sánchez y Enrique Ubieta. Los supuestos centristas no parecen en absoluto atemorizados por la andanada de insultos que han recibido en los últimos meses, lo cual quizás ha hecho pensar a los coroneles de la Seguridad del Estado que castigos aún más severos deben ser considerados urgentemente.

Miguel Díaz-Canel, el hombre que Raúl va a imponer como presidente de Cuba el próximo año, ha sido alertado de la presunta conspiración centrista y ha salido a darles batalla, aunque no, por supuesto, cara a cara, que ese no es su estilo. Hablando recientemente a un grupo de jerarcas del Partido Comunista, Díaz-Canel condenó lo que llamó no centrismo, que quizás le parece un término muy académico, o peor, europeo, sino, con ironía, “oposición leal”, un sector político compuesto, dijo, por “gente que usan un lenguaje y un discurso bien estructurado, no confrontan directamente a la Revolución Cubana, usan un…”, y ahí se trabó, momentáneamente, se le olvidó quizás qué era lo que esa canalla usaba, “un discurso… digamos que… eh…”, y de repente recordó la palabra, “¡socialdemócrata!”, y en su voz “socialdemócrata” sonó casi como Nationalsozialismus, “no están identificados como gente contrarrevolucionaria, promueven soluciones para todo”, y Díaz-Canel vibró de indignación con semejante impertinencia, “tienen soluciones para la economía cubana, para la política cubana, para el sistema político y para todo eso”, y nadie en la audiencia se preguntó qué era “todo eso”, todos entendieron que aquellos bandoleros de los que Díaz-Canel hablaba habían encontrado una solución para “la situación”, “la cosa”, “el problema”, “esto”, que el vicepresidente categóricamente desaprobaba, “y la gente todavía no la ven como un proyecto hacia… contra la Revolución”. Como los presentes en aquella reunión tampoco leen Cubadebate, y no tenían la menor idea de lo que Díaz-Canel estaba diciendo, el vicepresidente les dio dos ejemplos muy extrañamente distintos del complot socialdemócrata, CubaEmprende, una iniciativa del Arzobispado de La Habana que tiene la declarada intención de “ayudar a mejorar la calidad de vida de los cubanos y contribuir al progreso social a través del desarrollo de la mentalidad económica”, y Cuba Posible, que se define como “un laboratorio de ideas” que “gestiona una relación dinámica entre personas a instituciones, cubanas y extranjeras, con experiencias y cosmovisiones diversas; en algunos casos muy identificadas con las aspiraciones martianas” y que está comprometido “con un quehacer socio-político distinto, encaminado a consolidar aspectos esenciales y universales, culturales y cohesionadores, del acontecer del país y también del mundo”. Si Díaz-Canel no fuera un troglodita, quizás advertiría que el único crimen contra la patria cometido por ambos grupos es su estilo literario.

También, si tuvieran una pizca de piedad por Cuba, Díaz-Canel y su jefe se animarían a estudiar hondamente las soluciones que para “todo eso” tienen Cuba Posible, CubaEmprende y cualquier otro grupo, en la isla o en el extranjero, puesto que ellos mismos, los actuales gobernantes cubanos, no tienen evidentemente ninguna. Pero en vez de mirar si otros saben lo que él no, Díaz-Canel recitó una lista de enemigos a los que se propone destruir o cuando menos, neutralizar, Yoani Sánchez y Antonio Rodiles, los candidatos independientes a las supuestas elecciones de octubre en la isla y las Damas de Blanco, las embajadas de Estados Unidos, Reino Unido, Noruega y otras pérfidas potencias y la prensa extranjera acreditada en La Habana, El Paquete y las redes ilegales de WIFI, los nuevos negocios cuya decoración es una “apología a la época de Batista” y “sitios, portales, revistas aparentemente inofensivas, de perfil bajo, pero muchas de ellas ancladas firmemente en estereotipos probados de guerra cultural”. A la revista OnCuba, Díaz-Canel, bravuconamente, dijo que la iba a cerrar. “Que se arme el escándalo que se quiera armar”, refunfuñó. Díaz-Canel tiene madera, no es todavía el dueño de Cuba, pero suena como si lo fuera.

Por supuesto, bien podría él, si Raúl le da rienda suelta, cerrar la redacción habanera de OnCuba, perseguir a los productores y distribuidores de El Paquete, retirar las credenciales de prensa a Reuters y la BBC, mandar a que le rompan de nuevo la nariz a Rodiles, e incluso declarar ilegal a Cuba Posible y forzar a los líderes del grupo a hacer sus maletas y marcharse a Miami o Madrid permanentemente. Podría hacer todas esas cosas en una sola tarde, un día en que no tenga reuniones. Lo que no podrían hacer Díaz-Canel y los oficiosos articulistas de Cubadebate es impedir que el arco político del país continúe abriéndose, que, rompiéndose la cabeza contra la crisis eterna de Cuba, tratando de encontrar una salida de esta férrea nada, intentando llenar el vacío intelectual y moral de los últimos treinta años, a los cubanos se les ocurran mil ideas distintas, de muy dispares referentes ideológicos, en todo el espectro desde la derecha más cruel hasta la izquierda más estúpida. La necia ofensiva contra el “centrismo” es la admisión de que han aparecido en Cuba, y se van volviendo visibles, figuras políticas a las que no es fácil desdeñar calificándolos de gusanos, apátridas, contrarrevolucionarios, traidores, anexionistas, agentes de la CIA, ojalá que se mueran. Haber logrado que Díaz-Canel y Ubieta bramaran contra ellos, haberlos sacado de quicio y provocado que los denunciaran en público, es una dulce, primera victoria para los maliciosos “centristas”, aunque nadie los culparía si evitaran ahora salir mucho a la calle durante algunas semanas, por si acaso.

Fidel Castro nunca habría permitido que se hablara de “centrismo” o de “oposición leal”, ni siquiera irónicamente, jamás habría cometido ese error. No solo no habría admitido Fidel la idea de que pudiera haber otro socialismo viable en Cuba distinto del suyo, sino que, tajantemente, habría puesto a cualquiera que hablara de democracia y derechos civiles del lado de la contrarrevolución, no habría visto muchas diferencias, salvo las tácticas, entre Cuba Posible y la Brigada 2506. Fidel se apoderó en 1959 de un país cuya clase política era tan variopinta como la de cualquier democracia europea, en el Congreso de la República se sentaban juntos socialcristianos y socialdemócratas, proto fascistas y enérgicos estalinistas. En la rebelión contra Batista participaron cubanos de casi todos los típicos signos políticos. Pero Fidel, tras haberse apropiado de la victoria como si él solo, sin ayuda de nadie, hubiera derrotado a Batista en una pelea a piñazos, creó un país sin política y sin políticos, o bien solo uno, él mismo. Las categorías políticas de la democracia occidental fueron bruscamente canceladas. En el suelo de la isla Fidel trazó una línea, de un lado, él, y los que aceptaran sin condiciones su derecho a decidir el futuro de Cuba, y del otro lado, todos los que se opusieran, y también los que se atrevieran a expresar sus dudas en voz alta. De un lado, el abanico andaluz de grupos activamente opuestos a Fidel perdió su diversidad ideológica, los unió su participación en el terrorismo contrarrevolucionario, o su complicidad moral con él, su subordinación a la estrategia política, militar, y diplomática de Estados Unidos contra Cuba, y su ineptitud intelectual para proponerle al país algo más que regresar a 1952. Del otro lado, Fidel aniquiló, inescrupulosamente, a la izquierda cubana, disolvió los grupos y fracciones revolucionarios en un nuevo Partido Comunista tan democrático, tan audaz y vibrante y avanzado, intelectualmente, como su modelo y tutor, el Partido Comunista de la Unión Soviética.

La mendaz “unidad” revolucionaria, hipócritamente justificada con el ejemplo de José Martí y su partido independentista, no fue nunca un pacto o conciliación para enfrentar la oposición interna y externa entre proyectos igualmente legítimos de soberanía popular, desarrollo económico y justicia social, sino que implicaba la disolución de las familias ideológicas de la izquierda, salvo el marxismo leninismo à la russe, y la aceptación absoluta, sin reparos ni condiciones, de la dictadura de un grupo muy pequeño formado por los líderes supervivientes de la rebelión antibatistiana, y aquellos a quienes Fidel, caprichosamente, porque le dio la gana, elevó al Buró Político o al Consejo de Ministros, para luego, con pocas excepciones, destruirlos y condenarlos a una eternidad de ignominia. Ese grupo se otorgó a sí mismo el pomposo título de “dirección histórica de la revolución”, aunque en él no figuraran, salvo Fidel y su hermano, ninguno de los verdaderos líderes intelectuales y militares de la revolución de 1953-1963, que murieron en el cuartel Moncada o en la Sierra Maestra, o fueron asesinados en las calles de La Habana y Santiago. La desaparición de Camilo Cienfuegos y la partida del Che hacia el Congo dejaron a Fidel, finalmente, a los 37 años, sin par, rodeado de una corte de militares y burócratas notables, desde el punto de vista científico, por tres fatales patologías políticas, su religiosa devoción por el “Comandante en Jefe”, su chocante mediocridad intelectual, comparable a la de sus colegas en los politburós esteuropeos, y quizás más grave, y su rabiosa alergia a cualquier modo de democracia real o incluso de tímido disenso interno “entre revolucionarios”, lo que en otro tiempo se llamó “diversionismo”, y ahora, porque el concepto de diversionismo parece muy setentista y trae a la memoria episodios demasiado vergonzosos, Cubadebate prefiere llamar “centrismo”.

La prolongada decrepitud intelectual de Fidel, que no duró diez años, sino veinte, puso a Cuba en camino hacia ninguna parte, no había en el gobierno cubano nadie que ofreciera, o se atreviera a hacerlo, liderazgo intelectual y moral, y sugiriera una salida viable de la crónica crisis estructural de la entelequia de semisocialismo que emergió del aquel período supuestamente “especial” de 1991-1995. La tragicómica “Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista” y su pieza acompañante, el igualmente risible “Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social,” es lo mejor que puede ofrecer, como idea, filosofía política, contrato con el país, un gobierno agotado, incompetente y estéril, y lo obvio, ilegítimo, alarmado por la cantidad, variedad y ocasional originalidad de las ideas y proyectos a los que se enfrenta, a la derecha, al centro y, crecientemente, por fin, después de cincuenta años de silencio o, dígase, cobarde discreción, también a la izquierda. La lista de enemigos leída por Díaz-Canel, que es en realidad solo un sumario de una lista más larga y precisa que el vicepresidente de Cuba tiene guardada en la gaveta de su escritorio, prueba, a quien todavía necesitara una prueba tan contundente, que el gobierno cubano no tiene la menor intención de emprender una reforma real de la economía y el estado, ni siquiera una que podría presentar, a la vez, como “democrática” y “socialista”, aunque sea bastante más lo segundo que lo primero, o no sea ninguna de las dos cosas, en realidad, pero parezca ser ambas. Por más que los denostados “centristas” quieran creer que hay una, no hay ruta política abierta para un cambio democrático en Cuba, ni para uno que defina la democracia como se hace en Berlín, en Buenos Aires y en Nueva Delhi, ni para uno que le ponga a la democracia adjetivos puramente teóricos, “participativa”, “social”, “popular”, o cualquier otro con la misma intención de no asustar a Raúl Castro o a su bravucón delfín.

La ruda constatación de que el gobierno cubano no es reformable, de que no hay en él, hasta donde se ve, nadie que esté abierto a considerar la necesidad o al menos la egoísta conveniencia de introducir ciertas reformas políticas, aún las más modestas, podría causar que algunos de esos que llaman “centristas” se desesperen, y decidan, tristemente, dedicar su tiempo a refinar su estilo literario y escribir novelas en vez de constituciones. La mayoría de las novelas cubanas han sido escritas por gente que prefirió no hablar de política o se cansó de hacerlo. Harían mal, los verdaderos centristas y los que estén firmemente a su derecha y a su izquierda, en perder las ilusiones, aunque parezca no haber en este momento causa alguna para el optimismo, porque el que debería preocuparse, mirando al largo futuro, es Miguel Díaz-Canel. Por más que se esfuerce por sonar como él, Díaz-Canel no es Fidel, no tiene ni una gota del genio de Fidel Castro. No es ni siquiera la mitad de Raúl, y eso es bien poco. Si trata de imitar a Fidel, e insiste en dividir a Cuba, con tosca imprecisión, en amigos y enemigos, independentistas y anexionistas, revolucionarios y contrarrevolucionarios, patriotas y agentes de la CIA, Díaz-Canel corre el riesgo de encontrarse, dentro de no mucho tiempo, completamente solo en su lado de la línea. Quizás, cuando mire a su lado, ni siquiera vea a los columnistas de Cubadebate.

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