Cementerio de Holguín. Foto © Roberto / Flickr

Un sepulturero cubano que gana 163 pesos: "Quiero que me entierren en mi centro de trabajo"

Esta noticia es de hace 2 años

Alfredo Velázquez Santiesteban, conocido como El Negro, es el sepulturero del cementerio de la ciudad de Holguín (Cuba). Tiene 49 años y desde hace 20 se encarga del camposanto.

Su puesto fue creado por el Cabildo de la Comunidad de Holguín el 9 de octubre de 1815 para que lo ejerciera un esclavo africano, cuya manutención y vestuario se pagaban con el dinero recaudado durante los entierros en días festivos. Dos siglos después, el trabajador que se encarga de dar sepultura a los difuntos cobra 163,91 pesos cubanos (unos 6 dólares), y a la pregunta de un periodista holguinero, publicada por el periódico local Ahora, sobre dónde quiere ser enterrado, El Negro contesta sin vacilación: "Mi última voluntad será que me entierren en mi centro de trabajo".

En los 163,91 pesos que gana el enterrador de Holguín cada mes se incluye el pago por peligrosidad por enfermedades y la fatigosa labor de unos tres entierros diarios. “Hay que tener nervios de acero y coraje, pero no se puede perder la sensibilidad humana. Es un trabajo y hay que hacerlo, alguien tiene que hacerlo”, comenta El Negro, que a veces tiene que trabajar en su día franco cuando su compañero está enfermo.

Antes de empezar en el cementerio, El Negro trabajó primero en la agricultura y luego en una fábrica de perfumes de Santa Clara. Aceptó el puesto de sepulturero en Holguín porque lo animó su cuñado: le dijo que iba a ganar un poco más de dinero.

“Cuando no tenemos enterramientos, nos dedicamos a hacer limpieza y cuidar las áreas verdes. Siempre se puede hacer algo”, cuenta un hombre que está satisfecho con su trabajo. “En los últimos tiempos estamos recibiendo mejor atención. Nos dieron dos uniformes y cascos, porque antes uno andaba con pantalones remendados y el sombrero roto y en una cosa tan seria como ésta no se puede andar así”, señaló.

El Negro admite que nadie quiere trabajar de enterrador. "Muchos de los que se incorporan no aguantan las condiciones y se van, como algunos serenos, que le hacen caso a las habladurías y piden la baja".

Luego añade: "Lo peor es cuando llegan cuerpos descompuestos, en caso de ahogados, ahorcados y otros accidentes de ese tipo. Hay que tener tremendo estómago para eso".

O cuando el difunto es un niño. "Se le parte el alma a cualquiera, Yo siento como si fuera alguien de mi familia", confiesa en la entrevista donde también explica que las exhumaciones son lo más difícil. "Los que entran nuevos se ‘rajan’, porque no es fácil sacar los restos de un cadáver y colocarlos en una cajita. Para los familiares allegados es como si su ser querido hubiera vuelto a morir".

Se ha sorprendido unas diez veces cuando ha desenterrado a un difunto y "ha estado casi entero como cuando los enterraron. Dicen que eso es por las medicinas que tomaba, y la impresión es imborrable".

 

 

 

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