Foto © potrony.tripod.com

El placer de descubrir a un grande de la plástica cubana

Este artículo es de hace 3 años

No soy crítico de arte, ni por estudios, ni por praxis. Como parte de mi carrera universitaria hice varios cursos de Historia del Arte y el resto de mi vida he leído muchísimo sobre las diferentes modalidades de las bellas artes, además de visitar museos cada vez que me ha sido posible, ver mucha danza, teatro y cine - tanto largometrajes como documentales - y escuchar música en cantidades industriales.

Creo profundamente en la especialización, esa que suma conocimientos, experiencias, un espíritu de eterna actualización y superación y que sirve de base a un refrán clásico de la cultura hispana: ¡Zapatero, a tus zapatos! Es decir, los críticos de arte tienen un repertorio y todas las horas de vuelo que a mí me faltan en la materia, de modo que cuando hablo o escribo de artes, de artistas y obras, solo reflejo mis impresiones, sensaciones y el disfrute estético que me han aportado, pero sin que tales criterios signifiquen LA VERDAD, sino un acercamiento, entre tantos otros, a la pieza o al artista objeto de análisis.

Una vez dicho esto, puedo añadir que entre mis favoritos de la plástica ocupa un lugar muy especial ese compatriota, asentado desde hace años en un entorno natural y maravilloso de Costa Rica y que responde al nombre de Tomás Sánchez. De su inmensa y diversa obra, son los paisajes los que más me conmueven y subyugan.

Precisamente, a partir de mi pasión por los cuadros de Tomás, he prestado atención y dado seguimiento a las creaciones de otros paisajistas, cubanos o no. Y con posterioridad a mayo de 2014, en que partí de Cuba y he podido acceder a internet y a las redes sociales con las bondades tecnológicas del mundo real, me he dado gusto.

Gracias a Facebook un buen día descubrí paisajes que me atrajeron como las flores a un zunzún. Los firmaba un tal Potrony, natural de Santiago de Cuba y residente en Miami.

Aquí debo hacer un paréntesis para recordar algo consustancial a los cubanos: el béisbol, nuestro deporte nacional. Y es que, sin desdorar a los atletas de otras provincias que han sabido escribir su propia historia en nuestras Series Nacionales, la mayor rivalidad reconocida en esos torneos es la de las “aplanadoras” de Santiago y mis Industriales, equipo de mi ciudad capital y llamado “insignia” de nuestro pasatiempo preferido. Cuando se enfrentan en el oriental estadio Guillermón Moncada o en el Latinoamericano, de la barriada habanera de El Cerro, por mal o bien que puedan estar los colectivos de turno, la batalla es a todo o nada, sin conceder ni pedir tregua, sin perdón ni misericordia. No hay armisticio posible: es ganar o caer con las botas puestas, cueste lo que cueste, entre rivales que se respetan, pero van a por todas, como si el mundo se fuera a acabar y no existiese un mañana.

Así mismo, Potrony, santiaguero y yo, habanero. ¡Di tú! Y además de ser rivales irreconciliables en la pelota, los nativos de la capital y los de la tierra caliente nos acusamos mutuamente de hablar “cantando” y de bailar la conga de maneras distintas, aunque reconozco que la santiaguera es más cadenciosa y sabrosa. Por suerte, la rivalidad solo está referida a los choques beisboleros y son varios los santiagueros que me honran con su amistad, que suele ser tan intensa e incondicional que se convierte en hermandad de por vida.

Si le sumamos que soy escritor y periodista, un fresco y un echa’o pa’lante, podrán entender que comencé a seguir su trabajo, averiguar sobre su vida y trayectoria y hasta le contacté, para hacerle algunas preguntas impostergables.

Así supe que Radamés Alvarado, que firma sus obras con el nombre artístico de Potrony nació cuatro años después que yo, en 1966 y que realizó estudios básicos de diseño y dibujo técnico, lo cual permitió que dos reconocidos pedagogos y escenógrafos como Germán Lago y Armando Rodríguez le estimularan y orientaran hacia la creación pictórica en la Escuela de Arte "Hermanos Tejada”. Así, además de conocimientos, disciplina, técnicas y trucos, le dotaron de ejemplos, influencia y un camino en el que desplegar las alas de su sensibilidad, imaginación y creatividad.

Respecto a la escuela de arte donde Radamés recibió las nociones esenciales para elegir su horizonte, he encontrado información interesante, aunque solo referida a José Joaquín Tejada (1867-1943) sin ninguna referencia a su o sus hermanos.

Tejada se formó como pintor en su Santiago natal y, gracias a una beca del ayuntamiento, pudo estudiar y relacionarse con la vanguardia plástica de su época en Europa. También vivió temporadas en México y New York, donde coincidió con José Martí, que sobre el artista opinó: “En él está humanitario y robusto el pintor nuevo de Cuba y desde hoy se puede decir: su nombre será gloria”.

Y como en tantas otras cosas, el Maestro fue certero: Tejada es hoy un conocido paisajista altamente valorado por coleccionistas de todo el mundo, de modo que no solo dio nombre a un centro de estudios, sino que fue un ejemplo y una influencia directa e inspiración para Radamés Potrony y otros pintores del oriente cubano.

No obstante, me llama la atención que Radamés no haya cursado estudios superiores. Sabido es que la academia por sí misma no construye una carrera, pero sí pone en manos del estudiante herramientas formidables para su desarrollo. Sobran ejemplos de excepcionales artistas que, sin pasar por las altas casas de estudios, lograron establecer su impronta y dejar estupefacto al mundo. Pienso en un Benny Moré, que no sabía escribir ni leer partituras, pero tenía un oído absoluto y un registro vocal capaz de brillar por igual en los graves y los agudos, afinar hasta donde puede llegar la perfección humana y exigir con rigor total a cada músico de “su tribu”, aquella memorable jazz-band gigante, siempre en pos de la excelencia, como muestra su obra, inigualada en la historia de la música cubana.

Es cierto que tales genios son la excepción y no la regla, pero también lo es que el talento natural, moldeado por la disciplina, la sed de conocimientos, la búsqueda, la observación, la perseverancia y la experimentación serena y paciente pueden suplir la falta de estudios organizados en altos centros docentes.

Como todo creador, Radamés anda y desanda etapas y senderos diversos, según sus necesidades espirituales y artísticas, los estados de ánimo, las musas y la inspiración, que suelen ser impredecibles.

Del conjunto de su obra, prefiero los paisajes…

… pero también me agradan sus cuadros expresionistas…

… y sus piezas abstractas…

La diversidad de sus trazos, el dominio del claroscuro - o sea, de las luces y las sombras - las texturas que se aprecian incluso en las fotos de sus obras y el manejo de los colores, de acuerdo a los resortes emocionales que guían al pincel, hablan de la manera en que Potrony se ha apropiado de las técnicas y “mañas” de la profesión y ha ido creando su estilo peculiar, su mirada única, esa que se reconoce al primer contacto.

No quiero aburrir a nadie con los datos curriculares de Radamés, pero sí puedo afirmarles que su obra es conocida y reconocida, que ha participado en infinidad de exposiciones personales y colectivas, que algunos de sus cuadros figuran hoy en colecciones privadas de diversas latitudes y algo que no tiene menos importancia o trascendencia: ha donado generosamente varias de sus creaciones, contribuyendo a la recaudación y a la promoción de causas justas y nobles.

Quienes sientan curiosidad por comprobar cuanto han leído hasta aquí, pueden buscar en Facebook la página Potrony’s Art y quien viva o visite el estado de la Florida, puede darse un saltico hasta la Galería Fine Art, en el 3428 SW 8 St, Miami 33145, donde se exhiben y comercializan permanentemente muchas de las obras de Radamés.

Y como soñar no cuesta, ¡hagámoslo en grande!

Después de vivir casi tan austeramente como un monje, espero - si es cierto que existen regresos existenciales – que en mi próxima vida me toque disponer de una enorme fortuna que me facilite, como a Cayo Mecenas, aquel  protector y patrocinador de las artes en la Roma augustiana del siglo I a.C., cubrir las necesidades de escritores y artistas, de modo que puedan dedicarse, sin preocupaciones mundanas, a crear y legar belleza. Por supuesto, semejante desahogo financiero me permitiría también honrar las paredes de mi casa con óleos de esos pintores que tanto placer estético me brindan. Ahí no faltarían algunos impresionistas y, por supuesto, tendrían prioridad obras de Tomás Sánchez, Alberto Pujol, Sergio Lastres, Pastor Pérez y Radamés Potrony, capaces todos de despertarme emociones y conmoverme con su talento y maestría indudables.

Este artículo es de hace 3 años

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Armando León Viera

Escritor, periodista y traductor, nacido en La Habana el 21 de junio de 1962, trabajó como presentador y comentarista en la radio y la televisión cubanas. Inició en 2014 un periplo europeo que lo ha llevado a Holanda, Suecia, Francia y España, donde reside, en Palma de Mallorca, Islas Baleares.

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Armando León Viera

Escritor, periodista y traductor, nacido en La Habana el 21 de junio de 1962, trabajó como presentador y comentarista en la radio y la televisión cubanas. Inició en 2014 un periplo europeo que lo ha llevado a Holanda, Suecia, Francia y España, donde reside, en Palma de Mallorca, Islas Baleares.