Juan Carlos Cremata Malberti Foto © Juan Carlos Cremata

Unas de cal y otras tantas de arena

Este artículo es de hace 3 años

Un amigo cercano me regala un pequeño microwave.

Otro, una colección de la revista Life, dedicada enteramente al cine.

Sin ser aún mi cumpleaños.

No entiendo.

El detalle es que lo hacen al mismo tiempo, a la misma hora y casi, en el mismo instante.

Uno en Miami y el otro en Ohio.

¡La suerte es tan loca!

Primer acto

Trato de sacar dinero del banco.

Pero la máquina me espeta que tengo la tarjeta invalidada.

Voy adentro y pido hablar con un especialista.

Me mandan algo mejor, una especialidad: un mulato grande, con barba rala y pies, más-que-requetebién plantados.

¡Con una clase de maletero!

¡De lujo!

El dado se complica.

El mastodonte ciclópeo - color café con leche oscuro - descubre tres transacciones, que no reconozco haber hecho.

Lo curioso es que el trío canta la misma cifra: 3.95.

(?)

Uhm, esto huele a podrido.  Como en el reino de Dinamarca.

 ¡Aléjate Hamlet!

El último proviene de una peluquería.

- ¿Es suyo? - me pregunta el refrescador de pantalla amulatado.

Recojo la baba y ataco.

O disparo, que es el término correcto.

Porque todo cubano debe saber tirar.

¡Y tirar bien!

- ¿Crees que yo tenga algo para hacer en una peluquería, como no sea barrer el pelo de todos los clientes, junto a todo el que se me ha caído? - le cuestiono extasiado y sateando.

- ¡Pintarte las uñas! - contesta, zafia, Antonio Maceo, empleado por Wells Fargo.

Le enseño mis manos y le descargo la ráfaga final.

- No me las como pero, casi me las arranco. A menudo. Y hasta dejármelas bien cortas. ¡Como las venas! Además, el médico me recetó eliminar a toda costa de mi dieta, la acetona...

Se dirime el affaire con la entrega de una tarjeta provisional.

La nueva me ha de llegar pronto por correo.

Más que caída de ojos, le he regalado toda mi atención al titánico mulatón.

Proponiéndole, quizá con la vista, hacer un Pacto en el Zanjón.

¡En Technicolor y Panavisión!

Pero...

Me salió desabrida la función.

Mutis por el foro.

Acto segundo

Debo dar por terminado a lo publicado bajo el título Cambiar la hora - en mi página de Facebook - antes de comenzar mis colaboraciones con CiberCuba.

Pues el mismo domingo volví a la tienda Swatch sobre la que escribí anteriormente.

Y quiso - la casualidad, que me persigue - que en el mismo lugar y al lado mío, también me encontrara - pagando él - con el periodista de la televisión latina Pedro Sevcec.

Quién me ha invitado a su programa, más de una vez.

Risas, como siempre, abrazos.

Y luego de admirar las bondades de la marca suiza, le bajé ahí mismo y frente al cajero - un señor mayor, que parecía más bien el gerente - mi metralleta de insatisfacción, por el trato recibido con anterioridad en ese mismo lugar.

Cuando aquel hombre me escuchó decir aquello, no sabía dónde meterse.  

Y al agregar yo que le habia escrito también una queja a la matriz de esa firma en Europa, me ofreció hasta un regalo extra. 

Sonreí. Por dentro y por fuera.

- Yo no vine buscando eso, mi tío. Yo quiero, sobre todo, recuperar la credibilidad que ustedes pusieron en duda. No sé si existe gente que se dedique a cambiar continuamente sus relojes, mientras estos estén en garantía. Pero yo no tengo tiempo para dedicarme a eso. Quédese con su presente, que yo vine a buscar lo mío. Es lo que me pertenece. Y por lo que ya pagué hace meses. 

¿Quién nos remunera, a cambio, o devuelve el tiempo perdido? 

- Aquí no regreso más - le aseguré a mi amigo periodista - ¡Ni aunque me obliguen!

Me dieron un reloj nuevo y arrivederci.

La salida de escena esta vez fue un poco más aparatosa.

Epílogo y fuga

A partir de ahora, entra en vigor el horario de Bartolo Tercero, blanco, impoluto, inmaculado y exacto.

Eso espero.

Como sus predecesores.

Aunque haya nacido con una hora de atraso.

Ya veremos hasta cuándo se mantiene.

Su tatarabuelo - que era negro - me duró casi 20 años. 

Su abuelo estuvo en pie por 15 más.

Su padre, bueno, me salió malito. Y lo tuve conmigo sólo unos pocos meses.

A ver cómo me das la hora, ahora, tú, Saturno helvético.

Saca la cara y señálame los minutos que me quedan para obtener de una vez y por todas mi añorada Residencia.

Ésa que me permitirá sentir que avanzo más pujante.

La que sueño me conceda, asimismo, abrazar a mi hija y a mi madre de nuevo.

La que me hará depositar, por fin, los pies finalmente sobre esta tierra.

Que hoy se estremece, discrimina, divide, elimina, vacila y resta.

Cuando, en realidad, es una nación hecha de sumas.

Un amigo, con el que entramos juntos, por Tampa el mismo día, e incluso, él presentó sus papeles mucho más tarde que yo, ya hace un rato que la recibió.

Por eso cada experiencia es diferente.

Y no se han de tomar conclusiones generalizadoras.

Ésta es mi vivencia. Cada caso es distinto.

Debe ser que la Oficoda de aquí - más al sur - funciona de otra manera, más lenta.

Alguien, descabelladamente, me propone que le entable una demanda a Inmigraciòn.

¿A quièn se le ocurre?

¿En qué cabeza cabe?

Este país no tiene ninguna obligación para conmigo, me ha dado asilo, ayuda monetaria y alimenticia, protección médica y una acendrada esperanza de vida diferente.

¿Cómo y con qué cara voy a exigirle?

Una cosa es quejarse y protestar contra ciertos tratos y servicios, pero...

¡Lo bueno es lo bueno y no lo demasiado!

Por otro lado, ¿será que las nuevas - que en verdad, son las viejas de siempre - relaciones entre nuestros países, han retardado todo el proceso migratorio por esta zona?

Los gobiernos se fajan de nuevo con historias de camino.

Entre grillos, chicharras, reggaeton y alaridos anda el cuento .

Como si fuéramos niños, tenemos que tragarnos relatos mal inventados, al parecer salidos de la más rocambolesca y picúa de las ciencias-ficciones.

Argumentos llevados y traídos por los pelos.

De ambos lados.

Dramaturgia incoherente, de contingente.

Catarsis repulsiva, convulsiva, compulsiva y repelente. 

- "Para comedias, Benavente" - dicen, en La muerte de un burócrata, de Tomás Gutiérrez Alea.

Una película que jamás se pondrá vieja.                                                                                                   

Estoy convencido de que somos muchos más, los afectados por el "ruido" de los actuales acontecimientos.

Porque somos los demás, como siempre, los que seguiremos pagando los platos rotos.

Los comensales sólo se limpian las manos.

Y como Poncio Pilatos ensucian con ello, al mismo tiempo, sus conciencias.

Pero eso les importa un bledo.

Es algo que no saben ni para qué sirve ni cómo usar.

Y otra vez la película comienza al revés.

Las matanzas se suceden. Unas tras otras.

Se esparce una macabra competencia por causar más muertes.

Quién mate la mayor cantidad de gente, gana.

Lo mismo con lo mismo.

El mundo, al parecer, no avanza.

¡Cojooooooooo, la botella!

Este artículo es de hace 3 años

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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