Las parrandas de Remedios y el juego de las mafias locales

El accidente en Remedios le ha dado la vuelta al mundo, ya no estamos en el año 1995, cuando otra explosión mató varias personas e hirió a muchas.

Parrandas de Remedios Foto © Sergio Carreira / Flickr

Este artículo es de hace 3 años

De repente, en medio de las parrandas de Remedios, puedes perder la vida. Un señor hace unos años quedó fulminado por un palenque, a otro lo descabezó el disparo de morteros. El fuego amigo, ese gentil artificio, deviene en muerte, heridas, llanto. Hay toda una maquinaria en cada pueblo donde se celebran parrandas, ya sea la ciudad remediana o las aledañas Camajuaní, Vueltas o Zulueta. Todo se trata de un gran negocio con el que se moja mucha gente: la directiva de cada barrio en primer lugar y esos que les permiten dicha mercadería, léase los gobernantes, los políticos locales del Partido y las autoridades de Cultura.

Este año, a las diez de la noche, 22 personas en Remedios resultaron gravemente lesionadas por un fuego de pésima calidad, lanzado por el barrio San Salvador. Las directivas cuentan con 12 meses para hacer las parrandas, pero cuando llega el 24 de diciembre, tienen poco que mostrar, todo lo transformaron en mercadería: los voladores que exhiben son los peores, los más baratos. Ni hablar del área artística, donde predominan clichés, la simpleza, el facilismo “para salir del paso”. Este enriquecimiento de los directivos de los barrios genera luchas intestinas por el poder, donde quien se quedó fuera es capaz de hacer literalmente cualquier sabotaje para entrar.

Sobran las hipótesis sobre qué sucedió con las parrandas de Remedios, faltan las explicaciones. No es la primera vez. Estas fiestas, una de las mayores de Cuba, a la cual acuden cientos de miles de personas de todo el mundo, se venden en paquetes turísticos, que suponen millones de dólares al Estado. Mas el empobrecimiento de su antiguo esplendor resulta evidente. Ya Liborio no disfruta nada, puesto que sabe de qué se trata, simple negocio, nadie se esconde para hacérselo ver a un pueblo impotente, que sufre además de los descuidos y la peligrosidad de quienes apenas hacen una fiesta mediocre.

Las mafias que constituyen las directivas de los barrios se han repartido las zonas de influencia, manejan recursos, tienen contactos, las parrandas son su coto de caza. Todo aquel que intente venir a enturbiarles el juego, deberá sufrir la crueldad brutal de esos mafiosos. Los millones de pesos compran la impunidad, destruyen las leyes, se burlan del débil Estado de Derecho. Poderoso caballero es Don Dinero. En este escenario, la cultura nada importa, mucho menos el pueblo, ni los sueños de las grandes mayorías. Con estas ideas se juega, se las manipula en los medios de prensa, en las reuniones políticas, en los discursos... Pobre Liborio, que ni parrandero puede ser.

El accidente en Remedios le ha dado la vuelta al mundo, ya no estamos en el año 1995, cuando otra explosión mató varias personas e hirió a muchas. La rapidez de la información, su poder, el debate que genera Internet como una plataforma de libertad, todo eso convierte a Cuba en un blanco de avideces, de desengaños, de empoderamientos. Liborio toma la pluma y ataca al rígido almanaque que describiera Willy Chirino en “Nuestro día ya viene llegando”. La prensa oficial apenas balbucea una nota, pero la verdad mediática no le pertenece, el dios de la palabra se mudó de bando.

El fuego amigo de las Parrandas de Remedios, ese mal fuego, es otro fruto del desgobierno y los mafiosos que los rodean en la cacería. Todos tiburones de la misma manada, que hoy se roban un millón de pesos en Cuba y mañana están en Miami, derrochando en la Calle 8 o en el Versalles. Toca quitarles las máscaras, decirles lo que son, que el mundo sepa. Han cercenado una tradición de casi 200 años de antigüedad, que es más grande y más valiosa que el gobierno mismo y todas sus instituciones. Las consecuencias van para la cultura cubana, ya maltrecha en medio del gran mercado totalitario encarnado en la humillada isla de las utopías.

El presidente del barrio El Carmen de Remedios, un tractorista, pudo construirse una lujosa casa en el mismo centro de la ciudad. Disfruta de una vida holgada, sin grandes presiones, sin haber estudiado ningún oficio o profesión. Aun así, el burgués ha sacado a toda su familia para Miami. Nadie puede denunciar abiertamente a este hombre, un real mafioso, pues se le considera capaz de todo. No obstante, llenó la plaza y la nave de trabajo del barrio con banderas del Movimiento 26 de Julio. Un médico cubano trabaja 40 años y no puede ni siquiera comprarse un par de zapatos, mientras que a un sujeto de esta laya se le permiten excentricidades. Lo peor, dentro del mar de tiburones, ni es el único, ni el que más poder ostenta.

Liborio tiene sólo su verdad, con la verdad tendrá que rescatar la cultura, las parrandas, la identidad, los derechos civiles, la nación.

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