¿Es esto lo que queríamos cuando salimos de Cuba?

Me duele lo que, como cubanos, nos separa.

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Dos cubanos pasean por la calle. Foto © CiberCuba

Este artículo es de hace 4 años

Hace unos años una madre cubana desesperada me pidió que le ayudara a encontrar a su hija en España. Como si fuera fácil hallar a alguien que no quiere aparecer en un país de más de medio millón de kilómetros cuadrados y más de 46 millones de habitantes. La busqué y no di con ella. Dios sabe que la busqué.

Otra madre me pidió que encontrara a su hijo en Estados Unidos. Ella estaba convencida de que estaba preso porque llevaba casi diez años sin dar señales de vida y en Cuba era harina de otro costal. Lo busqué hasta en la página de la Interpol. Di con una ex novia suya y me confirmó lo que sospechaba. Llevaba una vida solitaria en el culo del mundo. Se había recogido al buen vivir. Estaba bien y no quería saber nada de Cuba. Lo dejé en paz. Un par de años después él solito resucitó y volvió a contactar con los suyos. Como si no hubiera pasado nada. Le hizo falta una década de silencio para perdonar y reconciliarse.

Todo lo que ella gana en España lo envía a su familia de Cuba. Casi no tiene vida en Europa porque del otro lado la parentela engorda por año. En septiembre le pidieron dinero para sobornar a la directora de una Primaria para que no enviara a un sobrino a una escuela especial. Todos los meses hay un cumpleaños, que si la casa de la otra, que si el techo que tumbó el huracán Irma, que si hay que comprarle un trabajo a aquel. Más de veinte personas chupando de un solo bolsillo. Ella sacó de Cuba a una de sus hermanas y a los dos meses ésta regresó a la Isla. “No aguanto esto”, dijo. También invitó a su madre y antes de los tres meses la mujer viró. Echaba de menos. Pasaba todo el día triste, con tremendo frío, llamando por teléfono a su casa.

Sólo los más fuertes aguantamos la emigración. Es dura. Cada uno la sufre a su manera. No estoy descubriendo nada nuevo. Lo es especialmente en estos días de Navidad en los que echamos tanto de menos a los que ya no están o a los que no tenemos cerca. Tanto que ni nos damos cuenta de que los que siguen a nuestro lado necesitan esa sonrisa que les negamos y tener la fiesta en paz. Cuesta trabajo, pero hay que aplacar a ese gorrión rebelde. No nos quejamos. Era esto lo que queríamos cuando salimos de Cuba ¿no?

Leo con tristeza muchos comentarios de cubanos enfadados con la vida. Puede que alguno de ellos lleve tiempo sin hablar con su familia. Cualquier cosa les lleva a culpar al régimen, a las mesas pegajosas del Coppelia, a los pioneros, a los chivatones y a los comecandela. Tienen todo el derecho del mundo a vomitar su bilis. Es legítimo, pero tanto odio sólo les hace daño a ellos mismos. Yo no voy a dejar de regresar a la Isla sólo para que no me vomiten su dolor encima.

La mayoría son hombres. No olvidan que en Cuba no hay vida para los ‘mareaos’ y admito que nacer hombre y cubano es uno de los retos más grandes del mundo. Por eso entiendo que les cueste tanto perdonar. Odian que alguien pueda disfrutar regresando a un país donde ellos lo pasaron tan mal; a una Isla que ahora les condena al desarraigo. Insultan, ofenden, escupen faltas de ortografía. Disparan las letras v y s donde no van como quien coge un tirachinas y apunta a lo que más odia. Necesitan matar al bicho que les recome por dentro. Necesitan un culpable.

Hay de todo, pero entre las mujeres percibo más sosiego. Más bendiciones. Más “ya pasó, tranquilo”. Porque nosotras sabemos pasar página, olvidar, dar la espalda. De lo contrario no podríamos criar a nuestros hijos. Ser madres nos hace distintas. Y no sólo. Las que quieren y no pueden terminan siendo buenas hijas y las mejores tías y hermanas. Hay de todo, como en botica. Ésta es sólo una percepción personal.

Yo, como muchos de ustedes, a veces siento que no lo he hecho del todo bien. Que en ocasiones pude hacer más y no lo hice porque no lo vi necesario, porque tenía otras obligaciones o prioridades, porque miraba para otro lado, porque la vida es como es y no como uno quiere que sea. Pero juro que lo he intentado y que he tratado de hacerlo lo mejor que he podido. Con mis aciertos y mis errores, que son muchísimos.

Siento un dolor terrible cuando veo todo lo que, como cubanos, nos separa. He superado la angustia de entender que no he llegado a donde quería ir porque ni siquiera pude elegir el camino. Las cosas vinieron dadas y yo seguí por el trillo, cargada como los burros. Estoy en un punto al que nunca soñé llegar, porque nacer cubana te limita los sueños. Pero me alegro muchísimo de que otros, cubanos como yo, lo hayan conseguido. Brindo por ellos.

Hace poco me escribió un compatriota ofendido con un artículo que escribí. Ni siquiera un texto especial: uno más. Me amenazó con llamar al Ayuntamiento del pueblo donde vivo (gobernado por el Partido Socialista) y denunciarme por “subversiva”. ¿De verdad cree que alguien en España maneja ese término absurdo? Nos educaron en Cuba a golpe de chantaje y salimos de allí, pero seguimos anclados al pasado. Nos cuesta sacudirnos la tierra ‘colorá’, quitarnos el uniforme de las Milicias de Tropas Territoriales y el brazalete de los CDR y guardarlo en el baúl de los malos recuerdos. Queremos venganza, como si ver la sangre correr nos fuera a devolver el tiempo y todo lo perdido.

Necesitamos apalear al que no es como nosotros. Al que no piensa como yo, al diferente. Porque entendemos que los comunistas han tenido tiempo suficiente de gritar en la Plaza de la Revolución lo que piensan, mientras el resto callaba o fingía que aplaudía. Estar fuera de Cuba no le da potestad a los otrora humillados para imponer su pensamiento único. Entre una esquina y la otra estamos en el medio los que queremos seguir viendo a nuestras familias y confiamos en reconstruir nuestra identidad desde la concordia. No queremos olvidar. Queremos ser cubanos y coger la bandera como la cogió Yuliesky Gurriel al ganar la Serie Mundial, orgulloso de representar a un país que no han podido arrebatarnos a los últimos emigrados. Nosotros, los del centro, hemos ganado un partido. La guerra no está acabada. Ni mucho menos, pero les hemos demostrado a fuerza de regresar a Cuba que pertenecemos a una generación que ha puesto a la Isla por encima de todo. Hemos jugado a su juego y el azar ha hecho el resto.

No voy a pedir perdón por querer una Cuba sin extremistas. Ni de un lado ni del otro. A mí me resbalan muchas cosas. No me duelen. Puedo disculparme por ello, pero no voy a fustigarme. Puede que no sea sensata. Si lo fuera, no estaría hoy, Día de los Inocentes, escribiendo estas líneas que sólo me traerán disgustos.

Lamento muchísimo la vida que le ha tocado vivir a los reprendidos, encarcelados, exiliados, a los que no han podido ir al entierro de sus seres queridos, a los que sufren, a quienes su forma de pensar les ha llevado por un camino diferente al mío. Podría haber dado mi vida para que eso no hubiese ocurrido, pero no lo hice. Me quedé mi vida para mí, pero sufro en silencio por todos y por sus familias.

Se acaba un 2017 difícil y viene el 2018 en camino. La cosa está dura en todas partes. Este año quiero pedir un milagro a los Reyes Magos. Sólo tengo un deseo. El mismo de siempre: quiero paz entre los cubanos. Pido paz para los de fuera y los de dentro. Pido paz para los que no piensan como yo y defienden lo contrario. Mataría por ellos. Y aspiro a que algún día ellos también maten por mí. Sólo así tendría sentido que doblaran las campanas.

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Tania Costa

(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)

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(La Habana, 1973) vive en España. Ha dirigido el periódico español El Faro de Melilla y FaroTV Melilla. Fue jefa de la edición murciana de 20 minutos y asesora de Comunicación de la Vicepresidencia del Gobierno de Murcia (España)