Juan Carlos Cremata, en Nueva York. | Foto © Juan Carlos Cremata
Juan Carlos Cremata, en Nueva York. | Foto © Juan Carlos Cremata

Memoria del Exilio: "Hablar solo"

Hace ya tiempo que vengo hablando sobre mí mismo, conmigo.

Y no son manías de viejo, porque desde mucho lo hago.

La primera vez que me recuerdo hablando solo fue a la salida del cine La Rampa en el Vedado. Proyectaban una película búlgara, titulada Los ángeles negros, sobre la clandestinidad en la lucha contra el fascismo en Bulgaria. Una linda historia de acción, de la que salí corriendo, como si me estuvieran persiguiendo. Me escondía en las esquinas y asomaba, a ratos, la cara en busca de espías.

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Fue un grupo de niños, sentados cerca de mi casa, quienes me lo hicieron notar. Detrás de sus risas, se escondió una efímera vergüenza que, poco a poco, se fue disipando, en la medida en que mis sesiones de monólogos interiores a capella, se fueron recrudeciendo. Cuando escribo teatro o cine, interpreto todos los personajes, al tiempo que les doy vida. Debe ser divertidísimo verme la cara haciendo tantas muecas. Pero yo, como es lógico, me escondo. Función privada y personal.

Así iba reflexionando cuando, de repente, sentí un ruido extraño.

Obba - mi moto – había dejado de funcionar, para seguir rodando y rodando, dejándose llevar por una insípida y parsimoniosa inercia. En medio de una avenida bastante concurrida que, por suerte no sufría de mucho tráfico, a esas horas. Me hice a un lado y frené. Mi Scooter, aunque encendía, no hacía absolutamente nada más por avanzar. ¿Tendrá hambre? – me dije - Yo le doy pienso a menudo. – pensé - ¿Será el final de mi caballo blanco de batalla? ¡Ay, Martí! ¿Qué será de mí? Yo de mecánica no sé ni el abecedario. Me cagué en mi estampa y hasta en la hora en que nací.

Tuve que arrastrar la motocicleta, a pie, una decena de cuadras. Bajo un sol infernal.

Menos mal que venía del gimnasio. Y de meterme en el sauna y el baño turco. Lo tomé todo entonces como una sesión extra y gratuita de ejercicios al aire libre. Y me acordé de las muchas, tantas veces, que tuve que hacer lo mismo en La Habana, con el Lada de mi madre, que yo manejaba. Y aún, creo, anda por ahí hecho trizas. Pero para eso no encontré nunca, ni positivismo, ni terapia alguna. No creo que exista cura para socialismo alguno.

Llegué a duras penas a mi casa. Empapado en sudor de gota gorda y con un hambre manifiesto. Podía devorarme, incluso, el alma.

En el buzón me esperaba, además, la devolución de mis papeles solicitando la renovación del permiso de trabajo. ¡Qué mala suerte, carajo! La carta dice que debo pagar un monto para reiniciarlo todo. Llamo a Inmigración preocupado. Primero me ponen a una chica y luego a un oficial, que me explica que debo abonar 495 dólares. Nadie me había dicho nada.

Todo es dinero.

Le contesto que eso no lo sabía, pero, además, que yo no cuento con esa cantidad, así como así, tan fácilmente. No quise detallarle sobre mis acciones en la Bolsa, los dos hoteles en Cancún y las joyas parisinas que atesoro en un banco de Suiza. Así que me aconseja que aplique on line por otro formulario. Para que se me exima el pago del fee requerido.

Todo es dinero.

Llamo entonces al doctor de Obba. Y me explica que tiene partida la correa y que hay que cambiarla. Y que todo eso, por supuesto, cuesta.

Todo es dinero.

Tuve que pagar el arreglo. La pieza había durado más de lo esperado, según me dijeron. Y la esposa del mecánico- muy buena amiga, la verdad - me regaló la cajuela posterior. La mía estaba hecha leña.

Todo es dinero.

Al buscar online la aplicación para los papeles de Inmigración, el mismo programa te obliga a que pagues una subscripción, para convertir el documento a PDF y así poder imprimirla o enviarla por email.

Todo es dinero.

Pagas la aplicación, pero… No tienes impresora. Por lo que hay que ir a Office Depot más cercano.

Todo es dinero.

¡En Cuba, ni eso!

Todo es dinero.

Regresas a la Oficina de Correos, para mandar otra vez el mismo paquete que ya habías enviado antes. Y como son papeles importantes, hay que pagar el envío más seguro. El de la tarifa más alta. El que llega a la hora de almuerzo, al otro día. Y que, ojalá, no agarre al funcionario que lo reciba, con hambre.

Todo es dinero.

Debo hacer los taxes y no sé cómo coño. Nunca aprenderé a hacer eso, creo. Toda la matemática que recibí en la escuela, sólo me sirve hoy para usar la calculadora o contar con los dedos.

Todo es dinero.

Hay que pagar la renta. Vivir aquí no es gratis.

Todo es dinero.

Pagar el teléfono. ¡Con el odio que le tengo!

Todo es dinero.

Mandarle a mi hija lo que araño cada mes.

Todo es dinero.

Trasladarse de un sitio a otro.

Todo es dinero.

Comer sanamente.

Todo es dinero.

Vestirse decentemente.

Todo es dinero.

Mantenerse limpio.

Todo es dinero.

Leer un buen libro, ir al teatro, al cine, al ballet o dispararse a la madre de los tomates.

Todo es dinero.

¡Prender la luz!

Todo es dinero.

Bañarse.

Todo es dinero.

Y en la Lotería se juegan 600 millones.

Todo es dinero.

¡No pido tanto!

Todo es dinero.

Hasta que se gasta.

Todo es dinero.

Fade a negro.

¿Y entonces?

Nada.

¡Hay que salir a buscarlo!

Me miro al espejo y le pregunto al reflejo:

- Y ahora, ¿con quién coño estás hablando?

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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