Fidel Castro y Donald Trump dividen a los cubanos. Foto © Cubadebate/Cibercuba/White House.

Divididos por Castro, divididos por Trump

Este artículo es de hace 2 años

¿Tendremos alguna predisposición genética los cubanos para eso de la división y la bronca coterránea? Sería un estudio justo. Hay materia para el análisis. No es normal ser tan susceptibles a las guerritas intestinas. Algo tenemos como pueblo que nos impide largos períodos de concordia, de paz, de civismo racional.

Nuestro estado natural parece ser la pelea perpetua. Contra otros o contra nosotros, no importa. El enemigo es lo de menos. Lo importante es estar fajaos. Cuando el apellido Castro apareció en el horizonte cubano, el país dejó de ser uno, al menos uno normal con sus tendencias y sus ideologías múltiples. No lo ha vuelto a ser más. Castro logró que el archipiélago caribeño se dividiera en los que estaban con él y los que estaban contra él.

Ya sabemos la suerte de los que decidimos no estar con él: los más afortunados, el acoso político, el descrédito, el exilio. Los menos afortunados, las mazmorras y la muerte. La línea divisoria estuvo bien marcada desde el día uno.

El problema es que el gen del ataque divisorio no se quedó allá en la islita tropical. Cruzar el estrecho de la Florida no nos purificó. No nos hizo entender que lo que estaba pasando nuestro país natal no podíamos replicarlo en ningún otro lugar.

Y llegamos, los cubanos, a un Miami que fundamos casi de cero, y lo inyectamos de vida y comparsa y alegría y nostalgia, y le pusimos rascacielos encimas y botes a los costados, y aroma a cafecito cortado y a croqueta de jamón. Pero por desgracia, le inoculamos también el germen de la división.

Primero, entre los históricos y los recién llegados. Ahí hubo cisma desde siempre. Aquellos no les perdonaban a estos -vaya usted a saber bajo qué lógica- el simple hecho de nacer bajo el castrismo. Estos, no les perdonan a aquellos haber “puesto” a Fidel Castro en el poder y salir huyendo después. La brecha entre los estos y los aquellos se fue agravando con el paso del tiempo, pero estuvo ahí, husmeante, contenida. Silenciosa.

Y llegamos, los cubanos, a un Miami que fundamos casi de cero, y lo inyectamos de vida y comparsa y alegría y nostalgia, y le pusimos rascacielos encimas y botes a los costados, y aroma a cafecito cortado y a croqueta de jamón. Pero por desgracia, le inoculamos también el germen de la división.

Y entonces apareció Donald Trump.

Los cubanos se dividen hoy entre adoradores y enemigos de Trump. Y a su vez, claro está, son enemigos entre ellos. No hay puntos medios. La llegada del magnate a la Casa Blanca ha representado la última bomba divisoria en una comunidad exiliada que antes de encontrar el camino para vencer al enemigo común -el castrismo, ¿o no?- ha decidido matarse a sí misma soldados de su propio ejército.

Entre los cubanos de 2018 no hay posturas comedidas ni centristas: los moderados callan como si fuera de vergüenza no sumarse a uno u otro carro de fuego. Están los pretorianos de Trump y los fiscales de Trump. Los paños tibios no son cosa de este pueblo chiquito, pero peleón.

Antes de eliminar de una puñetera vez y para siempre los dos frentes de guerra nacional entre comunistas y gusanos, entre oficialistas e independientes, entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, nos ha nacido otro tumor que quién sabe si alguna vez dejará de supurar: trumpistas y obamistas. Suelen llamarse, entre ellos, comunistas unos y fascistas otros.

Así está el patio: invita a optimismo puro. La banda sonora de nuestros cubanos tiempos, tiene que ser de Chocolate MC. Por derecho propio.

Este artículo es de hace 2 años

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Ernesto Morales

Periodista de CiberCuba

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