Memoria del Exilio: "Roto. Fragmento de mi orfandad"

Me cuestiono si la tan cacareada “Patria”, por la que damos la subsistencia, no debiera llamarse - con justeza y en honor a la verdad - Matria.

Juan Carlos Cremata.
Juan Carlos Cremata Malberti. Foto © Juan Carlos Cremata.

Este artículo es de hace 3 años

Es, como cuando se quiebra, irremediablemente, el asa de tu taza.

Ésa, la de tomar el imprescindible, vital, café con leche en la mañana.

Ni el más perdurable adhesivo puede ya recomponerme.

Pues no existe remedio, probable, con qué remendar, cuando se rompe el alma.

Sin embargo, me sostiene y reaviva, el pensar que mi madre, quiso, quiere y querrá - para siempre - mi dicha, mi paz, mi bienestar y mi tranquilidad.

¡Por supuesto, que lamento su partida!

Casi, proporcionalmente igual, a como celebro la existencia, tan plena, que erigimos juntos.

A eso, se suma, el que - por prescripción facultativa - me está prohibido deprimirme. So riesgo, garantizado, de irme del aire, cantar el manisero o salirme del parque.

Así, qué, por lo tanto, no me queda otra opción, que renunciar, con firmeza, el ser avasallado por la nostalgia.

No puedo.

Lo siento

No me está permitido enfermarme de eso.

Ya cargo, bastante, con lo que arrastro y padezco.

Pero, sobre todo, enarbolo el ejemplar legado de mi mamá, en la resuelta voluntad de sobreponerme, con entereza, al dolor.

Y crecerme al pesar.

Encararlo, desafiante.

Sencilla y llanamente, haciendo uso de la más fresca, esperanzadora y resplandeciente, de todas mis sonrisas

Holgarse la suerte de vivir, a pesar - y en contraposición - al tormento.

Amén de la singular relación que he tenido con la muerte desde muy niño.

Y en la que, la historia familiar – o, el acaso voraz - me forjó.

Luego de haber vivido, casi treinta años, frente a una funeraria – la más chic del país - navego, aún, con la suerte, de que del deceso de mis afectos más cercanos sólo he recibido la aciaga noticia.

Es decir, no he tenido que lidiar con largos padecimientos y/o dolorosas, angustiantes, tristes y desgastantes convalecencias.

Puede parecer gracioso, pero, el primer y más vago recuerdo que tengo, en relación con la pelona, fue recibirla, cagando.

Átropos - para los griegos - y Morta - para los romanos - se me apareció, sentado, yo, en la taza del inodoro. Y pujando.

Por eso, quizás, es que la trato como lo que es: un mojón atorado.

A mis, creo, siete u ocho, años iniciales - oí la conversación, casi, en susurros, de mi madre, con mi abuela materna, quienes discutían, sobre, cómo informarme, acerca del fallecimiento, de mi abuelo paterno.

Titi Albertico.

El papá de mi papá.

El primero que se fue, en mi familia más cercana.

La más prístina de mis desdichas.

El que me gratificó con la voluntad, de crear, más con menos. Pero, sobre todo, como antídoto y guía. Continua y apasionadamente.

Aún conservo un álbum suyo, que me regaló, con versiones de cuentos infantiles. Una especie de collage, con recortes, de revistas coloreadas. Un libro único, diseñado y realizado, enteramente, por él. Joya de mi infancia. Junto a su hermosa colección, de cuentos de hadas franceses, ingleses y españoles.

Sin embargo, puedo evocar, que la terrible noticia, me sobrecogió, sin demasiado dramatismo.

No hubo lágrima alguna.

No entendía muy bien lo que estaba sucediendo. Todo era incierto.

Fue - es y seguirá siendo - un acontecimiento, atiborrado, por la más despiadada de las impotencias.

Pero de lo que sí puedo estar completamente seguro – aunque no lo rememore, con certeza - fue de que, para salir de ese baño, tuve, antes, por obligación, que limpiarme el fondillo.

¡Bien, a fondo!

Y salir - y seguir - adelante.

Finalmente, ellas nunca me informaron nada. Parece que no encontraron, ni el valor, ni las palabras. Aunque, nos negaron el velorio, como es lógico.

Mi abuelo, simplemente, se fue.

Y ya no lo vi, nunca más.

Me quedé con su ofrenda, la enorme fantasía de sus historias y su dulce recuerdo.

Más, el olor, ya ausente, a cariño desinteresado, desbordado, incondicional y perenne.

Que acompaña - invariablemente gris - cada lóbrego, trémulo y lastimoso infortunio.

Tita Isolina.

Fue la segunda, en dejarnos, poco tiempo después,

Mi abuela materna.

Aún la saboreo, en cada arroz con huevo frito, bistec y plátano fruta, que almuerzo.

Estábamos participando en un gran espectáculo, con coreografía de mi mamá y la participación de decenas de niños. ¡Lo de siempre, en una madre, que parecía una abeja reina, revoloteando por doquier!

Luego de la función nos llevaron, sin ton, ni son, a dormir, a la casa de una vieja amiga.

¿Por qué?

Después de dos días – y ante un amague de huelga, por nuestra parte –la amable señora, nos contó la amarga novedad.

Y a mí, esa segunda vez, me dolió, todavía, mucho más. Es decir, después de la comunicación, fue cuantioso el llanto

Papi

Luego vino, el abominable atentado, al avión de Barbados, a descalabrar, - con la desaparición física de nuestro padre - los cimientos consanguíneos.

Fue una adolescencia, injustamente, herida. La inocencia, protegiéndose de zarpazos, con garras, comenzó a resquebrajarse.

Nunca nos recuperamos de su ausencia.

¡Mucho menos, mi mamá!

Pero nos amparó – amén del arte, el estudio y el trabajo cotidianos – la inolvidable vivencia, de ver a un pueblo entero, también, llorar, a mares, en aquel descomunal funeral masivo.

Crecimos, insistiendo, por el contrario, en la difusión de la alegría. En su efecto sanador.

Y en la ventura de no haber estado nunca en contacto con su cadáver.

Recordarlo, vivo, caminante, jodedor, alegre.

Titi Raúl.

Un poco más tarde, nos dejó, mi abuelo materno.

El primer - y el único - velorio al que acudimos.

Pero, como había fallecido de una arterioesclerosis avanzada, su cadáver se había depauperado tanto que era impresentable. A caja cerrada, lo despedimos.

Y, una vez más, fue sólo, penosa primicia, seguida por el eterno, luctuoso, desconsuelo.

Tata y Susy.

En medio de todo lo tenebroso, ignorado y sombrío, de lo acontecido con mi tía Sarita, y mi prima Susell, es de agradecer, el que, tampoco, hayamos tenido la posibilidad, ni voluntad, de realizarle un velatorio a sus cuerpos.

Entre todos, decidimos - sin ponernos de acuerdo - refugiarnos, en la rememoración de sus hermosas carreras como actrices. Tras sus inigualables, e irrepetibles, talentos.

Arnaldo

Mi mejor amigo. Mi mano derecha. El padre de mi hija.

Aún conversamos, en ánimas, pese a que su corazón dejó de latir mientras pitcheaba para el equipo de béisbol del alejado municipio campo-habanero de Nueva Paz.

No pude asistir a su entierro, pero respiro por la inagotable responsabilidad y el gozo inenarrable de cuidar por lo pasos de nuestra hija.

Tita Sara

Hace, sólo unos pocos años, se apagó, la más longeva en nuestras remembranzas.

Mi ángel guardián.

Mi abuela materna, quien, falleció con 96 años cumplidos, pero aburrida de seguir.

Y ahora…

Mami

Seguiré usando el presente en nuestras conversaciones porque siempre has estado conmigo, aunque no estemos juntos.

Bien que será inevitable que recurra a historias, consejos, o cosas tuyas, que llevo, dentro, muy dentro, conmigo.

No sé, por qué, algunos me hablan, ahora, de pérdida.

Yo contigo he ganado, al sentirme inundado, repleto, pletórico y relleno de tu amor materno.

Desde el día en que nací y hasta cuando ya no esté.

Todo el tiempo que dure, mi vivir, será testigo de cuanto te he idolatrado.

Tuve una vida, henchida, a tu lado. Y no experimento remordimiento, culpa, arrepentimiento o pena alguna.

Pues me respalda, el sentirme ser, el mejor de los hijos.

Tal y como eres tú, la mejor, de las madres; para mí.

Todo eso reconforta, me hace sentirme, un poco más, cada vez más, fuerte.

Reniego, entonces, de la estéril nostalgia.

Como rehuso a hundirme en las profundidades cenagosas de la cargante melancolía.

En todo caso, me sumerjo, sí, pero hasta el fondo de la piscina, en el lugar donde vivo.

Eso me hace sentirme protegido, cual suerte de viaje a la semilla o retorno al naciente líquido amniótico en el que fui incubado.

Y es ahí donde, me cuestiono, empero, si la, tan cacareada “Patria”, por la que damos la subsistencia, no debiera llamarse - con justeza y en honor a la verdad - Matria.

NOTA:

Last but not least - como cierran los ingleses - agradezco, infinitamente, todos los mensajes de apoyo, sustento o preocupación, recibidos, compartidos, sentidos y/o pensados.

No me siento huérfano total, arropado entre tanta buena vibra y cariños.

Una de mis mejores amigas, me alentaba, exclamando: ¡Fíjate, qué bueno ha de estar eso del más allá, en el otro lado, que nunca, jamás, nadie, ha regresado!  

A todos, gracias, gracias, gracias, gracias.

Muchas gracias.

La vida continúa, aunque el mundo, nos parezca, haberse acabado

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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