Bolivianos festejaban ayer la dimisión de Evo Morales | Foto © CiberCuba
Bolivianos festejaban ayer la dimisión de Evo Morales | Foto © CiberCuba

La propaganda cubana confunde golpe de pueblo con golpe militar


Publicado el Lunes, 11 Noviembre, 2019 - 12:32 (GMT-4)


Lo que ha pasado es tan simple que no admite mucha manipulación. Por más que el aparato propagandístico cubano se empeñe en generar un malestar impostado, que el mundo entero contempla perplejo, como quien dice: “¿Y estos papanatas creen que nos pueden engañar?”

Bolivia dijo basta, y lo hizo con una paciencia tibetana que el cocalero Evo se encargó de hartar. De agotar hasta en su última reserva. Porque el país le dejó trampear una y otra vez, hasta que la magnitud de la trampa fue imposible de aceptar.

La cronología es simple: Evo empezó haciendo trampas para burlar un artículo constitucional que no le habría permitido ser presidente hasta ayer. Estaba en su tercer mandato. La Constitución boliviana permitía solo dos.

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¿Qué hizo el pillo cocalero? Se las arregló para convencer de que su primer mandato (2006-2009) no entraba dentro del Estado Plurinacional en que se convirtió Bolivia oficialmente en 2009, y dijo: “Empezamos a contar a partir de ahora”.

En la práctica, aunque llevaba gobernando desde 2006, Evo impuso que se considerara su presidencia a partir de 2009, y de ahí que lograra un segundo mandato en 2014 hasta ayer, que en realidad era el tercero.

Pero no le era suficiente. Las mieles del poder son demasiado seductoras. Incluso para un presidente con respaldo mayoritario y políticas económicas tan acertadas que le valieron elogios del FMI y redujeron significativamente los índices de pobreza en el país. La pasión totalitaria fue su perdición.

En 2016 preguntó al pueblo si aprobarían una nueva postulación presidencial. Le dijeron que no. El referendo que perdió fue la primera señal clara de que no debía tensar tanto la cuerda. Evo, al que solo la propaganda cubana está presentando como víctima de un Golpe de Estado, sacó su indígena lengua a la voluntad popular.

Con otra triquimaña, esta vez del Tribunal Supremo, logró su cuarta candidatura. El pueblo tiró de paciencia. Luego, en unos comicios donde misteriosamente hubo un “apagón” en el conteo que duró casi 24 horas, Morales se colocó la banda presidencial a sí mismo, a sabiendas de que en una segunda vuelta sus posibilidades de vencer se reducirían drásticamente. Las encuestas no le eran favorables si se llegaba al balotaje.

La codicia y el cálculo de que el pueblo aguantaría lo que a él se le antojara, esa mezcla fue su perdición.

Primero se le reviró el mismo pueblo, que contabilizaba hasta ayer 19 días de protestas furibundas. Después, la policía. Una tras otra las unidades policiales del país se negaron a reprimir a manifestantes que pensaban como ellos mismos: “Esto es demasiado”. En la antesala, un informe de la OEA demoledor como una bola de asedio. Y por último el ejército, que le solicitaba amablemente abandonar la silla presidencial.

Había abusado de la confianza, se había empachado de poder.

Pero otra historia muy diferente se cuenta desde Cuba. Y es una versión surrealista porque tiene lagunas, tropiezos, se equivocan, omiten a veces, hablan de más después. Los narradores oficiales de la versión castrista la han tenido un poco difícil esta vez, y se les nota.

Porque una vez Granma grita, ay, que le han dado un golpe militar a Evo, pero minutos más tarde se ven forzados a publicar el anuncio de renuncia del presidente indígena, con todas sus palabras: “Estoy renunciando. Estoy enviando mi carta de renuncia a la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia”.

Y renuncia y golpe son conceptos encontrados. Antagónicos entre sí. Nunca que un presidente ha sido destituido por la fuerza, mediante un golpe militar, ha anunciado su renuncia pacíficamente y explicando que lo hacía para abogar por la paz nacional. O terminaba muerto, o exiliado, o efectuaba su dimisión rodeado de militares con acuciantes armas largas en su contra.

Pero el poder cubano se ha intoxicado de tanta perpetuidad que no concibe algo tan normal como la alternancia de gobierno. Esa práctica tan saludable y tan inherente a las democracias. La caducidad de la presidencia y de su gabinete ministerial garantiza un respeto institucional que, como acaban de demostrar las instituciones bolivianas, si funcionan bien no permiten la eternidad de ningún caudillo.

Por eso Cuba ha echado a rodar el bulo del Golpe de Estado.

“Se consuma el golpe: Evo renuncia”, se leía este domingo en Cubadebate. El equivalente a escribir: “Confirmada la muerte: la víctima sale del hospital caminando”. Un contrasentido simpatiquísimo.

Evo no renunció porque ningún general le apuntara a la cabeza. Evo renunció porque el pueblo se viró en su contra, la policía se viró en su contra, y el ejército se viró en su contra. Y tanto policías como militares se le reviraron de manera frontal porque hicieron lo que no han hecho otros en tantas dictaduras: negarse a reprimir al mismo pueblo al que están obligados a proteger.

Que la policía cubana no entienda de eso, que el ejército cubano no entienda que su verdadero caudillo es el pueblo, no los mandamases que los entrenan para disparar contra ese mismo pueblo cuando haga falta, es otra cosa.

Pero en Bolivia no hubo golpe militar alguno. Golpe a la verdad están dando desde ayer, a puro teclado, los soldados del periodismo cubano que antes que informar, obedecen. Una lástima que nosotros mismos, desde fuera, les amarguemos el festín tergiversador con explicaciones simples como esta.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

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