Juan Carlos Cremata Malberti | Foto © Cortesía del autor
Juan Carlos Cremata Malberti | Foto © Cortesía del autor

Memoria del Exilio: Allanarse, bogar, fluir


Publicado el Lunes, 11 Noviembre, 2019 - 13:14 (GMT-4)


Casi a punto de cumplir cincuenta y ocho años, me llega una cita de Inmigración, para una entrevista, acerca de mi estado migratorio.

Dicen, que de ahí a la concesión de la residencia, es, ya casi, un paso.

Yo no sé si a usted le sucede, pero, a veces, a mí me parece estar viviendo una vida prestada; es decir, una vida que no es mía, que no me pertenece.

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Y no hablo de mi actual rutina, sino de, casi, toda la existencia cargada hasta ahora, hasta este momento en que la redacto. *

*Que es, para usted, este instante en que me lee.

Por más que busco, registro y rebusco, en mis anales, no encuentro momento alguno en que haya podido decir: “aquí está, al fin, soy - plenamente - yo”. *

*Los fugaces instantes que brindan cada orgasmo y las conmociones internas frente al saber inédito, o la vivencia estética, no cuentan. Más allá de que las persiga - o, casi, acose - asiduamente.  Y es que uno, desafortunadamente, no está “en eso” todo el día.

Todo lo anterior, se me atropelló en la mente, en fracciones de segundos, cuando la oficial de inmigración me lanzó, a la cara, la pregunta que enfrentamos todos los que huimos de ese implacable y falaz sistema.

- ¿Fue usted comunista? -

Una tras otra, se atropellaron desparramadas vivencias, cual penas duchas, entendidas, lo que es decir, expertas en nadar.

Desde los seis años, atentaron contra mi inocencia, en una beca, a la que nunca elegí acudir, donde el despertar de cada día era a las seis de la mañana, con el alarido de unos parlantes que cantaban, repetidamente, “De pie, América Latina, adelante, adelante, adelante…”. El adoctrinamiento se me metió en las venas e invadió, sin misericordia alguna, mi incipiente inocencia.

Luego, fueron años de un taimado aleccionamiento en el que nos suprimieron cualquier otra opción de subsistencia. El futuro pertenecía - según ellos - por entero, a la porquería esa que entienden como sistema social.

Para avanzar había que ser parte de esa farsa, camuflajearse, estudiar el comportamiento de las lagartijas, cambiando de color, según el peligro, o la situación.

No hay peor ciego que al que no dejan ver.

Sólo conociendo la falacia diaria en que subsiste esa suciedad, es que puede llegarse a su total y entendido desprecio.

El resto es propaganda, cuentos de caminos, embustes, bolas, manipulaciones y mucha, mucha, mucha desinformación sobre la realidad, la verdad - que jamás es una sola - y la historia.

En otras palabras, gracias al comunismo, es que soy ahora un anticomunista furibundo y convencido.

Nada como sentir el mal, en carne propia, para repelerlo.

Le expliqué - y entendió - que hacerse parte de “aquella cosa” es como enmascararse, asumir un disfraz, involucrarse con el discurso exterior, tratando de cuidar tu alma y tus entrañas.

Y como estudié teatro y cine, sé actuar y dirigir actores.

Alegué que nunca creí una palabra de lo que promueven y publicitan.

Sus lemas y consignas se desbaratan a la vista y sin mucho esfuerzo.

Pero, que tuve que surfear, entre esas aguerridas y empinadas olas, para alcanzar algo de mis más sublimes empeños.

Nada más que hay que ver en lo que ha terminado todo ese “sueño”.

Una auténtica pesadilla.

Fue muy amable la oficial.

Muchos otros - estoy totalmente convencido - le han dado una respuesta parecida.

Me mandó a repetir el examen médico, pues, el de hace más de dos años ya estaba vencido. *

*Ando en eso.

Debo enviárselo, de nuevo, por correo, una vez lo haya rehecho.

Sólo, al despedirnos, fue que me percaté en la placa identificativa, que descansaba sobre un grande archivo oscuro, a su lado.

No pude evitar el asombro y el comentario.

Junto a su nombre - de raíz hindú, aunque ella, en su repuñetera vida ha, siquiera, pisado la India - estaba ese aborrecible apellido, causante pesante, de todos nuestros males: Castro.

Me persigné como quién vislumbra al diablo.

Irrumpió una risa boba. Ella, creo, me entendió.

Difícil será que me comprenda.

¡Coño, que no hay escape, viejo, qué ladilleo!  ¡Hasta en la sopa apareces!

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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