Pinocho. Foto © cortesía del autor

Memoria del Exilio: Miénteme una eternidad

¿Y qué más da? La vida es una mentira.

Un bolero similar debió escuchar - al menos, en la mente, ya que, en su época y lugar, ese género musical era, en lo absoluto, desconocido, como tal - el viejo chiflado y solitario Geppetto, mientras horadaba, esculpiéndose su más desatinada - empero esencial - falsedad.

Porque el primero que se faltó a la verdad, fue el decrépito anciano carpintero, cuando se talló, con ilusión, de un tronco, una marioneta, pretendiendo con ello crearse compañía, e, inventándose, al propio tiempo, un vástago, en sustitución del hijo que nunca alcanzó a tener. *

* De esa manera, por la edad, el senil artesano, más bien, pudo ser su abuelo

Una vez sembrada la primera ficción, ¿qué más da que el muñeco, luego, quiera convertirse en un niño de verdad? *

* Que no en un hombre. Y, mucho menos, “nuevo”.

Todo es posible. El tupe nos lo tragamos enterito. Nos jamamos “la guayaba” con papas.

Pinocho - en realidad PINOCCHIO, según lo bautizó su insólito creador Carlo Collodi - es el más prístino recuerdo, en derrame de fantasía, que atesoro, como un moro, de mis años iniciales. *

Debo haber tenido unos cinco - casi seis - añitos, cuando se me hizo, por primera vez, la luz, en una ya ajada sala de cine, profusamente oscura y se derramó, en la pantalla, la segunda película estrenada en la carrera de Walt Disney, a la que, por supuesto, embelesado sucumbí, ante su amelcochado encanto, cual hormiga haragana, dispuesta y voraz, frente una azucarera. *

* Arte, sí. Mas, igual, otra falacia, otra quimera.

No fue hasta mucho más tarde, casi, al fin de mi adolescencia, que descubrí el portento de la versión original italiana.

¡Santo remedio para el reajuste del gusto!

Por lo que, de la versión norteamericana, si bien conservo adoración por sus diseños - que, para ser justos son, también, creaciones del animador Albert Hunter y la influencia de Gustaff Tenggren, más que, del magnate, también insigne y egregio animador, empero, dueño de sus propios estudios - sostengo una relación de ciega idolatría con razonable rechazo. Amor y desapego. Cariño con lejanía. Te quiero, pero hasta ahí.

Pues, la historia original es, infinitamente, superior, años luz de creativa, e, inagotablemente, mucho, pero que mucho más fantasiosa.

Mas, su tesis connatural es el embrollo, el timo, la bola, el bulo, o la trola. *

* ¿No les estaré - en homenaje - “tomando el pelo”, a todos ustedes, con esta crónica?

A base de engaños, asimismo, se le aparta al protagonista del camino correcto. *

* Que duerme en el inconsciente colectivo, porque a nadie le gusta ir a la escuela y todos preferimos el retozo y el despelote en la isla de los juegos, o de los placeres. Otro fraude mayor.

Como se falsea, el propio aparente “padre”, cuando se construye una realidad distinta, entretanto sobrevive, deglutido, dentro de una ballena. *

* Que es, originalmente, un tiburón asmático. ¡Y hasta a Pinocho lo ahorcaron en la edición inaugural!

Y es que la invención es el universo de un niño. *

* Como de todo aquel que se resista - a pesar de los pesares y las exigencias obligatorias de “crecimiento” - a dejar de serlo, sentirlo y gozarlo.

O, lo que es lo mismo, la esencia de todo artista.

En ese sentido, confieso ser un gran mentiroso. Deliro, me extasío.

Cuando no es artística - o piadosa - toda mentira deviene en patraña y provoca un sinfín de daños.

Así mienten los gobiernos, trampean los políticos.

Si el arte es hacer valer a una mentira como creíble, la política entinta con falacia su credo.

Vivimos lo que ha sido catalogado por el sociólogo Zygmunt Bauman “el colapso de la confianza”, en tanto “las certezas han sido abolidas”.

Pero eso, ya antes, lo había resumido, en pocas palabras, el genio sato, o diablillo alegre de Juan Formell, con aquello de “se acabó el querer

Nadie quiere a nadie.

Es difícil - cada vez más - creer.

Ver para leer.

Este año se preparan nuevas interpretaciones, a las muchas, variadas, versiones que se han realizado, sobre la afamada novela infantil. *

* Porque no es un relato corto, sino pródigo en capítulos y estrambóticas situaciones.

El director Matteo Garrone - el mismo de GOMORRA y la más que alucinante película DOGMAN - en Italia, lo prepara junto al oscarizado actor Roberto Benigni. *

* Que encarnará, esta vez, a Gepetto. Pues ya había hecho de Pinocho, en otro filme, anteriormente.

Por otro lado, Guillermo del Toro, sacará muy pronto, en Netflix, una propuesta que, según anuncia, no será para toda la familia y espera que funcione como fábula política. *

* ¡Interesante, habría que verla!

Y Disney - inmerso en el negocio de secuelas de animaciones convertidas en películas con actores en vivo - está al lanzar un remake del clásico, buscando, como siempre, reventar taquillas. *

* Lo cual no le elimina el sabor final a plástico.

O sea, que tendremos más Pinochos, muchos y para rato. *

* Esperemos que esa ilusión compense, un poco, la mendacidad diaria circundante.

Por mi parte, la única obra de arte que me traje de Cuba y que cargo conmigo, desde el inicio de este éxodo interminable, es una pequeña pieza, regalada por mi primo, Guillermo Ramírez Malberti - a quién extraño, especialmente, en tanto fue el director de arte de toda mi obra teatral y cinematográfica, es decir, trabajábamos juntos - y fue diseñada, en esos días de despidos, por él.

La tituló CAÍDA LIBRE.

Es la imagen cenital de Pinocho - más cercana a la versión de Collodi - montado sobre una paloma, con las alas desplegadas sobre un mar encabritado.

La manera en que está dibujada esa atesorada imagen, la convierte, fácilmente a la vista, en una suerte de bandera cubana.

Lo más original, es que es una de las pocas obras de arte que conozco, que puede verse, lo mismo de cabeza, que de pie.

Lo que él tituló como “caída” - depende como se mire - puede ser ascensión. *

* Acompañaré su foto entre los comentarios de esta publicación.   

Obra de arte Caída Libre o Ascensión. Foto: Cortesía del autor. 

Y es que lo mismo pico muy alto, que caigo bien bajito.

Así, es tal el embeleso que me causa ese sugerente personaje que, he resuelto y me gozo, desde hace mucho, el capricho de bautizar, con su nombre, a mi miembro viril. *

* Que es el más varonil de todos los segmentos de mi organismo.

En palabras más llanas y menos rebuscadas, yo a mi pinga la llamo Pinocho. *

* No realizo esta presentación, con su correspondiente identificación visual, por razones obvias de censura en las redes y timidez congénita del apéndice mencionado. Ni tampoco es tan minúsculo como el que aparece en la foto que acompaña a esta crónica y que recién me regalaron por mi quincuagésimo octavo aniversario.

Mientras más le mientes, más se crece. *

* En un tiempo, remuneré a pingueros con billetes falsos. ¡Total! También eran fingidos sus servicios.

¡Y eso sí es vida!

Mas, si das a mi vivir, la dicha con tu amor fingido…

¿Que por qué cuento esto?

No sé.

Me sale de la cabeza.

De ambas.

La que razona y la que se pierde dominando al resto de todos mis sentidos.

¡Me sale de ahí!

Así que…

Miénteme mássssssssssssss.

Que me hace tu maldad felizzzzzzzzzzzzzz.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.