César López, poeta cubano Foto © Dimecuba

César vivió el fracaso de la historia, incluso cuando fue laureado

César López quizás fuera el más cordial de los poetas del 50, una generación que conoce ejemplos del culto a la amistad y a la cordialidad espontánea, pienso en Heberto Padilla y Manuel Díaz Martínez.

A diferencia de estos, César vivió el fracaso de la historia, incluso cuando fue laureado. Se instaló en una incómoda ambigüedad, y hasta allí fueron a buscarlo, a asediarlo con los premios Nacional de la Crítica (1998) y Nacional de Literatura (1999).

Y como ellos, conoció el relumbrón del entusiasmo, como canta en Silencio en voz de muerte (1963), un texto menor que evoca con intimidad lírica la sombra de su amigo Frank País.

Después, en 1967, Primer libro de la ciudad, inicia un proyecto novedoso que lo inserta en una nueva dicción, que se confirmaría en los sucesivos Segundo libro de la ciudad ((1971) y Tercer libro de la ciudad (1997), siempre en el fondo Santiago de Cuba, donde la narración lo conduce al rescate de la niñez, fragmentos de autobiografía y de mitos, la huella de una historia violenta, pero también hacia espacios de reflexiones, cada vez más intensas y personales a medida que se suceden las entregas.

Así hasta alcanzar la brillantez metafórica y lírica, donde no está ausente el guiño de la ironía Y de la rabia y la vergüenza. Así pudo escribir: “Así que muchas veces tanto en la ficción como en la realidad / tuvo el sonámbulo que entrar en la vigilia y decidir / y sentirse perdido, culpable, vergonzante / para después llorar y hasta ocultarse en el armario de los caramelos / o esperar que algún timbre, un grito, una mirada / lo delatase o simplemente descubriera sus múltiples posibilidades imposible”.

Doctor en medicina por la Universidad de Salamanca, hizo estudios de filosofía y letras, poeta y ensayista, traductor, colaboró como investigador en el Instituto de la Academia de Ciencias y fue miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. En España recibió los premios Ocnos (1971) y Sevilla (1977). Enviudó en fecha temprana y su hija es profesora en la universidad de Berna.

Me cuentan que su casa del Vedado, frente al suave lamer de las olas y la violencia del oleaje, varias veces asaltada por ladronzuelos para despojarlo de sus cuadros, a su alrededor, hasta hace poco, se convocaban jóvenes poetas atraídos por esa escritura suya, tan interiorizada, cada vez más alejada de las premuras inmediatas, y para disfrutar de la ligera mordacidad de su conversación, desbordada de anécdotas inclementes, memoria intacta.

Conservo la cordialidad de su amistad, consolidada en Madrid, donde tantas veces nos encontramos. Conservo sus libros, cordial y espontáneamente dedicados. Conservo su humor, su sonrisa y la leve ironía de sus oscuros ojos del que sabe, claro que sabía. Triste amigo.

Ahora que se ha ido, quiero recordarlo con estos versos, de su poemario Ceremonias y ceremoniales, (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1988)

LXIX*

The catcher in the rye

Quien queda o permanece es el payaso,

ese bufón que quiere pavonearse

y rescatar, o salvar, guiar acaso,

y no puede siquiera con la mueca que intenta,

no puede más, no llora ni grita,

simplemente no puede:

y la criatura, al borde de u supuesto principio

(¿al borde de un supuesto principio?),

se frota los ojos, escupe,

aburrida de la insistencia torpe,

prosigue su camino

(¿al borde de un supuesto principio?),

sin mirar al payaso, al cazador furtivo, al corazón

solitario. Sigue. ¡Quién inventó este frío laberinto!

¿Será cuestión de concebir de nuevo

el barranco, el peligro, el abismo? Sólo

resuenan las esquirlas Tonto,

no vuelvas a dormirte.

(¿Al borde de un supuesto principio?)

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Pío E. Serrano Castellanos

(San Luis, Oriente, 1941) Poeta y profesor universitario. Exiliado en Madrid desde 1974. Fundador de la editorial Verbum.

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