Imagen de la serie difamatoria contra Yoani Sánchez, "Agente 00Y" Foto © Screenshot

Cubadebate y sus lágrimas de cocodrilo

"Acoso mediático", "maquinaria del terror", "plataforma del miedo", dicen ahora, haciéndose las víctimas.

Equiparan un sms con una bomba en un concierto, y etiquetan de "mercenario" a cualquiera que les lleve la contraria.

Ponen de tarea la queja a las borreguiles organizaciones de artistas oficialistas, y llueven los comunicados defendiendo "la dignidad de un artista cubano" al que le tocó padecer un "escrache digital".

Resulta de un insoportable nivel de hipocresía que los mismos ideólogos que llevan décadas ejerciendo el "asesinato de la reputación" contra cualquier voz crítica en Cuba, los mismos que han satanizado a disidentes, los mismos que han azuzado las turbas (virtuales y reales) contra blogueros y activistas independientes, vengan ahora a dárselas de plañideras preocupadas por el odio en las redes sociales.

Vamos a refrescarles la memoria a estos rehenes del doble rasero.

Desde 1959, la "maquinaria infamante del discurso oficial", como la ha llamado Rafael Rojas, mostró una irresistible propensión al linchamiento mediático. Ahí están las campañas contra la Microfacción, el juicio a Marquitos Rodríguez, el "caso Padilla", el repudio a Mike Porcel, y tantos otros episodios de borradura civil padecidos por los intelectuales y artistas que se atrevieron a ir contra la corriente.

Reinaldo Arenas, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, entre otros muchos, fueron convertidos en no-personas y vivieron aterrados durante años, observados de cerca por la Seguridad del Estado, incapaces de defenderse.

En otros casos, el fusilamiento de la reputación condujo directamente al paredón o al exilio.

Pero además, desde fechas muy tempranas la Revolución dio cuerpo jurídico a su vocación difamatoria. Un artículo calumnioso podía ser una advertencia, pero más a menudo era el preludio de una sentencia judicial. Esa ha sido la característica distintiva del régimen cubano, desde la Ley 88 de 1999 y la Reforma Constitucional del 2002 hasta el Decreto Ley 370.

Han sido años y años negándole la identidad y cualquier legitimidad, ya no sólo a la oposición interna, sino también a los pocos actores que empezaron a usar las nuevas tecnologías para decir algo al margen de los medios oficiales.

El ejemplo lo dio el propio Fidel Castro, Difamador en Jefe, que participó de la rabiosa campaña de acoso desatada contra la bloguera y periodista independiente Yoani Sánchez, y cualquiera que la apoyase.

La propia Yoani --a la que dedicaron hasta una serie de muñequitos pujonsísimos donde la llamaban "Agente 00Y-- recordaba recientemente el currículum de estos que ahora enseñan una piel demasiado fina. "Olvidan, convenientemente, que fueron ellos lo que incubaron y dieron vida al imparable monstruo cubano del fusilamiento de la reputación a través de internet. Una criatura que ahora ha terminado por clavarles los dientes en su propia yugular"

La bibliografía de esa tendencia difamatoria del gobierno cubano es nutrida. Va desde los medios oficiales usados a mansalva, hasta la red de blogs oficialistas (Iroel Sánchez, Manuel Henrique Lagarde, "Yohandry Fontana", Rosa Miriam Elizalde...) que funcionó como Batalla de Ideas virtual, y que hoy han desaparecido o están de capa caída ante el ascenso irresistible de Facebook y Twitter. Recordemos también que durante años, el portal oficialista La Jiribilla publicó dossiers y docenas de ataques personales contra escritores e intelectuales opositores.

Hace apenas unos días, uno de esos blogueros-funcionarios se permitía despreciar a Arenas y a Celia Cruz, invocando una "justicia" que nunca ha alcanzado al bando represor.

Pero el problema de fondo es que para toda esta gentuza mediática "la dignidad de la cultura" sólo cuenta si se trata de la cultura "revolucionaria y antiimperialista". Son esencialmente antidemocráticos, es decir, llevan el escrache incorporado. Porque la infamia necesita siempre del maniqueísmo, y es más fácil criticar al que habla que debatir con lo que dice.

Todos estos "opinioneros" del régimen están radicalmente incapacitados para aceptar la creciente evidencia de que han perdido el monopolio de la opinión. Y lo que queda, entonces, son esas lágrimas de cocodrilo.

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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Ernesto Hernández Busto

Periodista y ensayista cubano. Fundador del sitio Penúltimos Días.

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