La democracia: realidad y promesa

La democracia ofrece, ante todo, la posibilidad de una convivencia civilizada entre personas y grupos con ideas y valores diferentes. Permite elegir a quienes nos gobiernan y cambiarlos cada cierto tiempo sin violencia.

Libertad: Cartel en La Habana Foto © CiberCuba

La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre… con excepción de todos los demás (Winston Churchill)

La democracia llena todos los días los noticieros, diarios y pláticas de café. Hablan de ella -de sus promesas y su crisis- los académicos, los políticos y los periodistas. Acabamos de celebrarla tras la tragicomedia del asalto al Capitolio y el traspaso de mando en Estados Unidos. Pero ¿entendemos de qué estamos hablando cuando hablamos de democracia? ¿Comprendemos nosotr@s, en esta era de vida confinada y Fake News, la importancia de defender esa joven y frágil conquista de la humanidad?

De acuerdo con su significado original, democracia proviene de las palabras griegas demos (pueblo) y cratos (poder). Las primeras referencias a la democracia aparecieron hace 2000 años en la antigua Grecia. Pero luego solo fue hasta hace poco más de doscientos años que se volvió a hablar de un gobierno del pueblo. De hecho, ni siquiera le llamaron democracia. 

En Latinoamérica, desde la Independencia, fuimos una región pionera en gobiernos mayormente civiles, con Constituciones y elecciones, con mandatarios y legisladores electos. Hemos sido más democráticos que otros países de la región y el mundo. Pero no siempre hemos respetado, disfrutado y defendido esas democracias. Ahí están, para recordarlo, Somoza y Castro, Pinochet y Maduro. Y una inmensa lista de exiliados, presos y muertos. 

Explicado de forma sencilla, la democracia es un modo de organizar el poder político en el que el pueblo no es sólo el objeto del gobierno sino también el sujeto que gobierna. Es el gobierno de muchos (nunca de todos, porque siempre hay personas excluidas por nacionalidad, estado mental o situación penal), el gobierno de las mayorías. Se distingue y se opone así clásicamente al gobierno de uno (tiranía) y al gobierno de pocos (oligarquía). 

La democracia ofrece, ante todo, la posibilidad de una convivencia civilizada entre personas y grupos con ideas y valores diferentes. Permite elegir a quienes nos gobiernan y cambiarlos cada cierto tiempo sin violencia. Hace posible que construyamos, entre tod@s, unas instituciones capaces de responder a las demandas e intereses de la sociedad. 

La democracia se funda en el principio de la soberanía popular: la idea de que el único soberano legítimo es el pueblo. Ese pueblo está compuesto por mayorías y minorías que nunca son permanentes. Solo los populistas y demagogos dicen representar a UN pueblo único, con una sola voz y color.

Pero el pueblo siempre es diverso. Ese pueblo diverso es el que defiende la democracia. El que se opone a una tiranía, fundada en el poder de la fuerza. También el que rechaza la oligarquía, basada en el predominio del dinero y el linaje. Y el que, a veces, cae seducido por la demagogia, una suerte de falsa democracia apoyada en la manipulación y la mentira. 

Si la entendemos bien, en toda su complejidad, vemos que la democracia no es una sola cosa. Es un régimen político, pues reúne un conjunto de instituciones y normas para hacer efectiva la soberanía popular. También es un proceso histórico y social -la democratización- que hacen cada día más vigentes esos derechos para más personas. Por último, pero no por ello menos importante, la democracia es -o debe ser- un modo de vida: una suerte de filosofía y convicción personal, que reúne valores e ideas sobre lo valioso de gobernarnos sin violencia y poder convivir juntos. 

Las democracias modernas son muy diferentes a las antiguas. En Grecia, era posible reunir en una plaza a todos los ciudadanos -siempre hombres- de una ciudad estado. En el mundo necesitamos hoy procedimientos y organizaciones para que decenas de millones de ciudadanos y ciudadanas puedan ejercer su soberanía popular. En las urnas y en las marchas, en los congresos y en los barrios, en los partidos y en las organizaciones sociales. 

Esa forma de democracia moderna, que ha sido llamada poliarquía, debe cumplir con las siguientes características: 

  1. La libertad de pensamiento y expresión
  2. El derecho a votar y ser votados
  3. El derecho a competir por el apoyo electoral
  4. La libertad de acceder a diversas fuentes de información
  5. El derecho a participar en elecciones periódicas libres, justas y competidas

La existencia de instituciones gubernamentales que dependan de las preferencias de la gente, electas a través del voto y abiertas a la participación, vigilancia y control de la ciudadanía

La soberanía popular tiene que materializarse a través de ciertos valores, mecanismos y principios. Estos, para una democracia moderna, remiten a las ideas de libertad, igualdad y fraternidad. La primera se manifiesta en plural, a través de una serie de libertades: de pensamiento, de expresión, de asociación, de reunión, de tránsito, de empleo, de religión, etc. La igualdad implica que todo ciudadano goza de iguales derechos y obligaciones. La fraternidad rechaza que las contradicciones entre grupos y personas sean absolutas e irreconciliables: cree que estas pueden y deben procesarse pacíficamente, a través de procedimientos, leyes e instituciones capaces de encontrar soluciones aceptables para todos. Si en nuestro quehacer como ciudadanos, no defendemos la libertad, no promovemos la igualdad y no practicamos la fraternidad, no estamos construyendo democracia. 

En nuestros países del siglo XXI -incluidos aquellos gobernados por populistas o tiranos de izquierda o derecha- somos una sociedad moderna, confirmadas por personas con diversos orígenes sociales, intereses económicos y puntos de vista políticos. Nos distinguen nuestras profesiones, el patrimonio, la educación, el origen étnico y regional, el género y las edades. Pero todos confirmamos un caleidoscopio donde podemos coexistir entre nuestras diferencias. Ese crisol, plural y rico como nuestra historia y cultural se llama democracia. 

Quienes piensan, desde el ismo que sea, que un grupo, un partido o una ideología encarna todos los valores positivos de la nación, no creen en la democracia. Ya no es posible llevar al progreso a una sociedad imponiendo una sola forma de pensar, por bientintencionada que sean las personas que en ella crean. Por eso tod@s tenemos que participar en las elecciones, luchar por tener un buen parlamento, militar conscientemente en algún partido, fortalecer la sociedad civil y participar políticamente en nuestras comunidades. 

Y, donde nada de eso existe o es prohibido, hacer lo que podamos para sacudirnos el lastre del autoritarismo. La suma de todo eso, como personas y como colectivo, es defender la democracia como esperanza de una vida más digna.

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Armando Chaguaceda

(La Habana, 1975) Politólogo e historiador Especializado en el estudio de los procesos de democratización y 'autocratización' en Latinoamérica y Rusia.

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