Centro Fidel Castro, en la calle A Foto © CiberCuba

Centro Fidel Castro Ruz: una visita guiada

Lo primero que asombra al visitante del Centro "Fidel Castro Ruz" es la cuidadosa reconstrucción histórica. En materia de tecnología, no se han escatimado recursos. En una de las salas principales, una maqueta holográfica recrea el truco de Castro en la Sierra Maestra, cuando a principios de 1957 fue entrevistado por el corresponsal del New York Times, Herbert Matthews.

Quedaban sólo 17 guerrilleros en la Sierra Maestra, pero fueron obligados a desfilar en círculo una y otra vez, con escopetas de madera, para que el ingenuo periodista creyera que el revolucionario contaba con una gran fuerza armada en las montañas.

Esa es, por así decirlo, la "mentira primordial" que marcará la relación del líder cubano con la prensa en las décadas posteriores, y se agradece que los curadores de la muestra la hayan puesto al comienzo, justo antes del cartel que ocupa toda una pared y donde se lee: “Nosotros tenemos un país libre. No tenemos censura y el pueblo puede reunirse libremente. Nunca vamos a usar la fuerza y el día que el pueblo no me quiera, me iré.” La frase lleva también la fecha al pie: 9 de enero de 1959.

El contraste entre ese cartel y las fotos de los llamados sucesos del Mariel en 1980 y la Primavera Negra es sin duda, muy impactante.

Varios de los salones más notables del centro están dedicados al tema "Fidel Castro y la alimentación imaginaria del cubano". Ahí no falta nada: está desde aquella profecía del 23 de agosto de 1966, “En 1970 habrá tanta leche que se podrá llenar la bahía de La Habana", hasta la obsesión por los Diez Millones de toneladas de azúcar, sin descuidar los delirios cafetalero, porcino y vacuno. La reconstrucción de Ubre Blanca (ahora dentro de una especie de pecera llena de formol, como en la obra del artista británico Damien Hirst) y las caldosas con gato del Periodo Especial (espero que no hayan usados gatos reales, porque los animalistas pondrán el grito en el cielo) es un poco chocante, aunque muchos de esos relatos hayan circulado ampliamente.

Personalmente, me tocó el performance del cerdo sin cuerdas vocales, mientras al fondo suena el discurso de Fidel del 2002, donde la cría de puercos en los edificios multifamiliares de la capital se describe como “una vergüenza” y “símbolo de malos hábitos, indisciplina e irresponsabilidades”. "Realmente, tenía que decirles que vayan pensando —se les puede dar un tiempo—, analicen el problema en concreto para ver qué hacen, si se buscan algún amigo por algún lugar que los críe y encontrar una solución”, dice en Comandante en tono vibrante.

Muy sutil también el guiño que conecta las dos caricaturas de Prohías, cuyo centenario, por cierto, se celebró la semana pasada: aquella que representa a Castro como una sirena cantando una canción para atraer a los marineros a su muerte, y la que colocaron justo al final de la sala "alimentaria": el famoso esqueleto frustrado, con el subtítulo “Caballeros, es muy difícil  comer con una hoz y un martillo”.

La sección más completa, sin duda, es la dedicada a la relación de Castro con la cultura homosexual en Cuba. Hay que celebrar que se hayan desclasificado los famosos archivos del Consejo de Estado, con los videos "desaparecidos" del Congreso Cultural de La Habana y las UMAPs. Están también, por supuesto, los fragmentos de discursos sobre las "actitudes elvispreslianas" y la confesión, también a pared completa, durante su entrevista con el diario mexicano La Jornada del 31 de agosto del 2010: “Soy el responsable de la persecución a homosexuales que hubo en Cuba". Pero el toque especial de este salón es sonoro, está en el loop de audio, con la reacción de Fidel ante aquella broma telefónica del 2003: "¿En qué caí, mariconsón?"

No todo, sin embargo, es perfecto en este lugar dedicado a recordar el legado del Fundador. Hubiera estado bien haber dedicado algún espacio a la expresión, digamos genética de ese legado: sus hijos. Una sala donde se comentaran las revelaciones familiares de su hija Alina o el suicidio de su primogénito, Fidel Castro Díaz-Balart. Pero tal vez estemos pidiendo demasiado; aunque muchas cosas han cambiado, podría ser demasiado pronto para algo así.

A quienes se rasgan las vestiduras asegurando que la lujosa casona del Vedado es un gasto innecesario en estos momentos de crisis y hambruna nacional, tendríamos que recordarle la utilidad esencial que tiene para una nación el ejercicio de la memoria histórica. Porque sólo desde esa sinceridad con el pasado es posible un nuevo comienzo.

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Ernesto Hernández Busto

Periodista y ensayista cubano. Fundador del sitio Penúltimos Días.

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