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En medio de la grave crisis energética en la isla el diario oficialista Girón, de Matanzas, publicó este martes un artículo que intenta romantizar los constantes apagones en Cuba, en el que describe cómo, a pesar de la falta de electricidad, las calles de la provincia "se iluminan con el resurgir de juegos infantiles".
Según el texto, la crisis energética ha supuesto un "regreso" a las infancias perdidas, cuando los niños jugaban en las aceras, se escondían hasta el anochecer y corrían detrás de una pelota de trapo, en un universo sin pantallas ni dispositivos electrónicos.
A través de esta narrativa, el artículo sugiere que los apagones -que se prolongan 23 horas al día- han devuelto a la población un pedazo de lo que, supuestamente, siempre se ha extrañado: una vida más simple, conectada a la calle y a la comunidad.
Sin embargo, la realidad que viven miles de familias cubanas dista mucho de esta imagen idílica. La crisis energética, lejos de ser una fuente de nostalgia o de redescubrimiento de momentos de alegría, ha golpeado con dureza a las madres y padres de la isla, quienes enfrentan serias dificultades para cubrir las necesidades básicas de sus hijos.
La falta de electricidad ha complicado tareas esenciales como la preparación de alimentos, una preocupación diaria que se ha intensificado con la escasez de recursos y la imposibilidad de cocinar de manera adecuada.
Para las madres cubanas, los apagones no son una excusa para recordar viejos tiempos, sino una lucha constante para poder alimentar a sus hijos y garantizar su bienestar, especialmente porque hace algunas décadas el país emigró a la matriz energética para la cocción de alimentos.
Sin acceso a electrodomésticos para preparar alimentos, muchas deben recurrir a métodos precarios como la cocina de leña o carbón.
Actualmente miles de familias cubanas siguen esperando soluciones reales y sostenibles para una crisis que no solo afecta al presente, sino que pone en riesgo el futuro de las nuevas generaciones.
Las calles de Matanzas, en lugar de ser el símbolo de la alegría infantil, son también un recordatorio de las desigualdades y carencias que persisten en la isla; y la constatación de que el régimen intenta sostener una narrativa que minimiza el sufrimiento cotidiano de las familias cubanas en nombre de la supuesta nostalgia.
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