
Hace pocos días, Marco Rubio hizo una afirmación sobre Cuba que provocó reacciones encontradas. El secretario de Estado recordó una realidad elemental de su cargo: "I work for the United States of America" —trabajo para los Estados Unidos de América—, aunque inmediatamente añadió que Cuba le importa, que tiene una conexión personal con ella y que una Cuba estable y profundamente diferente responde también al interés nacional estadounidense.
Más importante aún fue su pronóstico: expresó su confianza en que, antes de concluir la Administración de Donald Trump, Cuba se encontrará encaminada de manera irreversible hacia un futuro muy diferente. Y advirtió que transformaciones de esa magnitud no ocurren de la noche a la mañana. Para explicarlo puso un ejemplo: Polonia.
Precisamente Polonia tiene mucho que enseñarnos.
El 30 de agosto de 1980, hace hoy 46 años, el régimen comunista polaco tuvo que sentarse a negociar con los trabajadores y firmar el histórico Acuerdo de Szczecin. Al día siguiente, 31 de agosto, llegaría el más conocido Acuerdo de Gdańsk. Después seguirían Jastrzębie-Zdrój y otros centros industriales. No fueron concesiones espontáneas de una dictadura repentinamente generosa. Fueron consecuencia de una extraordinaria movilización obrera que había conseguido algo mucho más importante que una protesta ocasional: organización, coordinación y solidaridad.
En Gdańsk, alrededor de 800 centros de trabajo llegaron a estar coordinados alrededor del Comité Interempresarial de Huelga. Los trabajadores formularon 21 demandas que ya no se limitaban al salario o al precio de los alimentos. Exigían verdaderos sindicatos independientes, derecho de huelga, libertades y garantías que chocaban frontalmente con el monopolio político del Partido Comunista.
Esa fue la gran transformación. El malestar social dejó de ser solamente reacción ante una dificultad cotidiana y se convirtió en conciencia cívica organizada.
De aquellos acontecimientos nació Solidarność —Solidaridad—. El 17 de septiembre de 1980 representantes de distintos centros huelguísticos constituyeron una organización nacional independiente. En poco tiempo reunió aproximadamente diez millones de miembros: trabajadores, campesinos, intelectuales, estudiantes y ciudadanos de muy diferentes sectores. Era algo nunca visto dentro del bloque comunista.
El régimen comprendió el peligro.
El 13 de diciembre de 1981, el general Wojciech Jaruzelski impuso la ley marcial. Suspendió libertades, prohibió huelgas y reuniones, militarizó centros de trabajo y llenó cárceles y centros de internamiento con dirigentes y activistas de Solidaridad.
Más de 10.000 personas vinculadas al movimiento fueron encarceladas durante aquel período. Hubo muertos. El 16 de diciembre de 1981, durante la represión de una huelga en la mina Wujek, las fuerzas del régimen abrieron fuego y mataron a nueve mineros. El Instituto de la Memoria Nacional de Polonia estima que alrededor de un centenar de personas perdieron la vida como consecuencia de la represión asociada a la ley marcial. Fue brutal represión superior a la de julio de 2021 en Cuba.
El objetivo era evidente: destruir Solidaridad. Pero no pudieron. La ilegalizaron, pero continuó funcionando clandestinamente. Confiscaron sus publicaciones y aparecieron imprentas clandestinas. Encarcelaron dirigentes y surgieron nuevos dirigentes. Persiguieron reuniones, y las reuniones continuaron. Despidieron trabajadores, amenazaron familias y obligaron a miles a marcharse del país.
Solidaridad sobrevivió porque había dejado de ser solamente un sindicato. Se había convertido en una cultura de resistencia cívica, sustentada en redes de ciudadanos, trabajadores, intelectuales, comunidades religiosas y millones de personas que habían comprendido que el problema no era simplemente el precio de un producto o una deficiencia económica determinada: era el sistema político que impedía a la sociedad decidir libremente su destino.
Algo que los cubanos en la Isla aún no comprenden, tampoco muchos en el Exilio. No se trata de los apagones y el hambre nada más, de tal grupo o tal proyecto. Se trata de unidad, coordinación, disciplina, sólida y lucha constante, no de un día o un fin de semana.
Pasaron años. Y aquí adquieren especial sentido las palabras recientes de Rubio: los grandes cambios históricos necesitan procesos. En febrero de 1989, casi nueve años después de las huelgas de agosto de 1980, el régimen comunista tuvo finalmente que negociar con aquella oposición que había tratado de destruir. Comenzaron las conversaciones de la Mesa Redonda. El 4 de abril se alcanzaron acuerdos que permitieron elecciones parcialmente libres para el Sejm (Parlamento) y completamente competitivas para el nuevo Senado.
El 4 de junio de 1989, los candidatos respaldados por Solidaridad obtuvieron una victoria extraordinaria. Estaban bien organizados. El régimen comunista polaco había perdido políticamente.
Pocos meses después comenzaría una transformación democrática que tendría repercusiones en toda Europa Oriental. El movimiento iniciado entre obreros, astilleros, fábricas y huelgas había contribuido decisivamente a derribar uno de los sistemas comunistas más importantes del continente.
La enseñanza histórica resulta particularmente sugestiva cuando se observa Cuba.
Los apagones pueden provocar protestas. El hambre puede producir manifestaciones. La falta de medicinas puede dar lugar a descontento. Un hospital sin condiciones, el salario que no alcanza, una vivienda en ruinas pueden llevar a un grupo de personas desesperadas a salir a la calle. Pero una explosión de indignación y un movimiento cívico estructurado son fenómenos diferentes.
La experiencia polaca demuestra que la fuerza transformadora apareció cuando numerosas reivindicaciones particulares comenzaron a converger en una demanda común de derechos, representación y libertad; cuando trabajadores de una fábrica comprendieron que su problema estaba relacionado con el de los trabajadores de otra; cuando obreros, campesinos, estudiantes e intelectuales comenzaron a reconocerse como partes de una misma sociedad. Szczecin y Gdańsk enseñan también que una victoria inicial no significa que el camino esté terminado.
Después de agosto de 1980 vinieron Jaruzelski, la ley marcial, las cárceles, los muertos, la clandestinidad, la propaganda y largos años de incertidumbre. Muchísimos polacos pudieron pensar entonces que todo estaba perdido.
No lo estaba. Solidaridad había conseguido algo que la represión no podía borrar fácilmente: una sociedad consciente de su propia capacidad para organizarse.
Cuba ha cambiado profundamente durante las últimas décadas. El miedo ya no produce el silencio absoluto de otros tiempos; las protestas públicas han aparecido en numerosos lugares y existe una sociedad civil que, pese a enormes dificultades, continúa reclamando derechos. Pero la historia polaca recuerda que ninguna transformación profunda debe medirse exclusivamente por lo ocurrido ayer, por lo que sucede hoy o por lo que pueda ocurrir mañana.
Los procesos históricos se construyen acumulando conciencia, experiencia, vínculos sociales, perseverancia y capacidad organizativa.
Por eso resulta tan apropiado recordar Polonia este 30 de agosto.
Aquellos trabajadores no sabían con certeza que nueve años después comenzarían a desmontar el régimen comunista. No podían conocer el resultado final cuando entraban en huelga, cuando imprimían clandestinamente un periódico o cuando eran perseguidos por la policía política. Pero siguieron adelante.
Y finalmente llegó la victoria de 1989. Polonia demostró que incluso un sistema respaldado por un poderoso aparato represivo y por la Unión Soviética podía terminar cediendo cuando una sociedad desarrollaba suficiente conciencia cívica, solidaridad y perseverancia.
Esa probablemente sea la parte más importante de la comparación mencionada por Marco Rubio. La historia rara vez cambia de ahora para ahorita. Pero cambia.
Y cuando una sociedad aprende a convertir el descontento disperso en solidaridad, la desesperación en conciencia y el miedo en perseverancia y acción organizada, incluso aquello que durante décadas pareció inamovible puede comenzar a derrumbarse.
Y esto no significa que tengamos que luchar por 9 años más como pasó en Polonia desde 1980 a 1989. No. Los cubanos tenemos mucho recorrido andado: tenemos el Proyecto Varela, la Primavera Negra de 2003, el 11 de Julio de 2021 y otros muchos hitos en la lucha por la libertad.
Tenemos el apoyo de Estados Unidos, de Donald Trump y Marco Rubio y otras ventajas que no tenían los polacos en la década del 80 del siglo pasado. Pero debemos superar las limitaciones que sólo son responsabilidad nuestra y de nadie más, esas que impiden que nos convirtamos, con todo lo que tenemos a nuestro favor, en un movimiento tan grande y efectivo, o más, que Solidaridad en Polonia.
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