Memoria del Exilio: "Mamá cumple diez años"

"Tan sintomática es su aparición, como gratificante, al soportal de mi 57 cumpleaños, ¿no te parece?"


Este artículo es de hace 2 años

Entre las más recientes conmociones recibidas por estos días, quizás la que más me ha sorprendido - e ilumina todavía - es esta foto tuya que acompaña, hoy, a lo que escribo.

Nunca reparé en ella. No sé si, alguna vez, me la enseñaste.

Y ahora, apareció, así, de repente.

Reclamando un protagonismo en el ánima - aún más trémula, triste y sola - después de tu partida.

Tan sintomática es su aparición, como gratificante, al soportal de mi 57 cumpleaños, ¿no te parece?

¿O es un guiño que me haces desde lejos, cabrona?

Hubiese sido el primero de mis cumple sin tu - siempre la primera en hacerlo - bendita felicitación.

De no haberse desvelado - entre tus papeles archivados - esta instantánea de la que jamás supimos.

Y ahora, te repito - quiero creer tanto, como se me antoja - me mandas a modo de caricia, o entrañable señal.

La vida es un parpadeo, ya lo sé, se va, en apenas, un soplo.

¿Qué deseos pediste - con los ojos cerrados - ante esas diez velitas?

Estoy seguro de que ni te acuerdas.

Tus manos*, tan seguras, entonces, como pequeñas, sobre la mesa. Concentrada, esperando, en vano, un milagro; sin advertir que lo atesorabas dentro, muy dentro de ti.

* Tantas veces asidas.

¿Cuántos ensueños se guarecían acallados bajo tus ya eternos párpados serenos?

¿En qué nebulosa perdida volabas, sin siquiera sospechar todo lo que se sobrevendría detrás?

Un mar - en avalancha - de interrogaciones me sobrecogió al verte, cuando aún no te conocía.

Cuando, ni siquiera, intuías, acallada, mi simiente.

Y el más cándido apego, de gracia, matinal engalanaba esos grandes lazos, conteniendo tus bucles.

Tras esa piel, luminosa - tan clara como el mismísimo merengue de la tarta - que luego se multiplicó en bondad - más que en caricias - para irradiar generaciones de inocencias con tu empecinado magisterio.

Un universo de ilusiones parece vislumbrarse al borde de tus pestañas.

Cuánto pesar por pasar.

Cuánto dolor por venir.

Cuánta sonrisa te hará falta para encarar cada zarpazo despiadado de infortunio.

Una pequeña torta y una rosa* fueron tus únicos, simples, modestos, regalos. **

* ¿Hacia dónde volaron sus pétalos - ya marchitos - revestidos de tiempo?

** ¿Hace falta algo más, a esos años, para comerse al mundo?

¡Cuántos nos entregarías después!

¡Cuánta risa!

¡Cuánta esperanza!

¡Cuánta imaginación!

¡Cuánta enseñanza!

¡Cuánto cariño!

¡Cuánto amor maternal! * que, de seguro, por esos años, entregabas, con intuición, a algún juguete**!

* Incluso para con muchos que no eran tus hijos.

** Aunque, tampoco, nunca supe de la existencia de ninguno.

¿Qué inspiración te abrigaba, niña callada, que, luego, serías mi madre?

Si se pudiera retroceder en el tiempo, viajaría a felicitarte, justo, en ese momento.

Como has venido, tú, desafiando expiraciones, a decirme hogaño: no hay daño, sigo aquí, contigo, a tu lado.

Este domingo será infausto. Como los son todos - para mí - especialmente, al atardecer.

Pero éste será particularmente adverso. *

* Estaré sólo, pues mi amigo americano trabaja durante nueve días en Bahamas.

Extrañaré así tu llamada, con la dulce “sorpresa” de congratularme, deseándome más y mejor vida.

¡Todo va a salir bien, tú verás! - nunca te cansarás de decirme al oído. *

* Y me lo repito, mucho más, ahora, que sigo sin papeles y casi se me agota la confianza en el futuro.

Como al sentir el particular mal olor, que despliega - más allá de los continuos cuidados - mi ala derecha, oírte comentarme, bien bajito: ¡Tienes una pestecita!

Aunque la frase: Ay, Dios mío, ¡dame paciencia para no estrellarlos!, quedó como clásica, entre los tres hijos que acarreaste, padeciste, disfrutaste y con un tremendo orgullo, defiendes, cuidas y proteges, desde donde quiera te hayas ido.

Este dieciocho de noviembre seguiremos juntos, como los cincuenta y seis años que atravesamos así, esgrimiendo lo mejor de nuestro optimismo.

A pesar de los pesares. **

* Ya la llegada de la residencia norteamericana no tendrá la misma certidumbre.

Pero, aunque ya no pueda oírte riendo y cantándome felicidades, prenderé mi velita - una sola, no hay que exagerar con tantas*

* Me he agenciado con los food  stamps un, todavía más, diminuto, redondito, cheessecake y  le plantaré encima el siete sobrante del agasajo reciente de mi amigo, al que le llevo, de diferencia, diez años y cuatro días. 

También cerraré los ojos.

Te escucharé en silencio. *

* Prometo no llorar. Ya sabes que no debo, ni puedo, so riesgo de “irme del parque” o “cantar el manisero”

Será mi deseo volver a verte.

Ya, casi, lo intento, mami.

¿Me ayudas - como puedas - también, a soplar?

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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