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Las peleas de gallos en Cuba, ¿negocio o placer?




Las peleas de gallos se han convertido en un pasatiempo que está creciendo en Cuba a pesar de tratarse de una actividad prohibida en gran parte del mundo, incluido Estados Unidos.

En 2016 la provincia de Ciego de Ávila puso en marcha la primera arena oficial de gallos que tiene capacidad para albergar a 1.000 espectadores.


En este recinto los asientos para turistas extranjeros llegan hasta los 60 dólares para la primera fila, mientras que en los lugares clandestinos las localidades valen hasta ocho dólares, una cifra que contrasta con los 25 dólares del salario medio mensual de la isla.

Sin embargo la cifra jugosa, a ojos de los expertos, es la de los gallos ganadores que pueden llegar a tener un valor de hasta 1.000 dólares.

"Es un pasatiempo mío, y no porque soy un jugador, sino porque me gustan las peleas de gallos por sí mismos, no es por el juego o el dinero", aseguró el juez Jorge González a Reuters.

Las peleas representan solo una parte del negocio porque a su alrededor hay más elementos de hobby. La música ranchera retumba en los altavoces mientras que los vendedores venden cerdo asado y ron y algunos de los asistentes se entretienen con los juegos de cartas y dados.


"Hay niveles de apuestas sí, y las apuestas son a veces más grandes que otras basadas en la clase de peso del gallo", detalló el asistente Emilio Roque.

Los gallos giran con zancadas provocativas antes de volar sobre su oponente. Cuando uno de los dos está abajo, herido o muerto el juez proclama el vencedor. El que consigue ganar su ronda en el menor tiempo se proclama ganador general.

En Ciego de Ávila, en la actualidad hay un campo ilícito distinto para cada día de la semana, algunos escondidos entre el cepillo de marabú o en los campos de caña de azúcar, por senderos sin señales.


Una historia de prohibiciones tras la Revolución

Esta actividad ha estado marcada por las prohibiciones especialmente desde el período posterior a la revolución de 1959, cuando las peleas fueron prohibidas en una intensa campaña nacional contra el juego.

Pero los ciudadanos de la mayor de las Antillas consiguieron sortear las leyes escapándose, antes del amanecer, con sus gallos escondidos en sus chaquetas para organizar peleas en el campo.

El paso de los años terminó por rebajar la prohibición estatal y fue a partir de los años 80 cuando se abrieron las arenas oficiales.





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