Memoria del Exilio: "Sabrina, mi piscina"

Esta noticia es de hace 2 años

Como una amiga me ha pedido que no me haga destacar con mis escritos, se me ha ocurrido acogerme a la táctica del sabio, preclaro y mordaz, cantautor y amigo, Pedro Luis Ferrer, cuando decidió, en una etapa de su vida, ante las restricciones censoras del gobierno cubano, dedicarse, sólo, a hablar mierda.

No me referiré - como él - a dialogar sobre el estado de mis heces fecales, no.

Ni al color, o al resultado, de mis baqueteados intestinos, no os preocupéis.

Pero, dispuestos a divagar…*

* Que es la palabra, más a mano, que me viene a la mente para nombrar el decir, sin parar, lo que es, para algunos, porquería.

¡Divaguemos!

Aquí les va, pues, mi composición del día:

Sabrina mi piscina - por lo regular - está siempre azulita. *

* Ver cortometraje que acompaña este texto.

Pero - a veces - se me pone - un poco - verde, la muy maldita.

Mira que estoy arriba de ella en todo momento.

De sol a sol, pero…

Es que diluvia mucho, no tiene techo y hay mucho, mucho, pero, mucho césped en derredor.

Sabrina, mi piscina tiene cuerpo de frijol.  

Pero no como aquel guisante que molestaba a la princesa, caprichosa y divina, debajo de los siete colchones, en el cuento de Hans Christian Andersen. *

* La lectura de toda su obra, debería formar parte de los planes de estudio en todo el mundo. Junto a Corazón, de Edmundo de Amicis, Pinocho, de Carlo Collodi, Tom Sawyer de Mark Twain, los cuentos de hadas y todas las novelas de Julio Verne y Alejandro Dumas, entre otros.

Sabrina, mi piscina, es un poema.

Su forma, es como la de una sonrisa que se ofrece al cielo, quien suele reflejarse - usándola, cual cristalino espejo - coquetamente, en ella.

Sabrina, mi piscina, es muy sencilla. Simple, pero divina.

Quiero aprovechar su evocación, para explicar, públicamente - aunque, en especial, a mi ilustre y divertido amigo, el maravilloso escritor: Carlos Ferrera Torres. *  - el porqué de mi colosal apego por las piscinas.

* Recomiendo a todos mis lectores dejarme a un lado, ipso facto, e, inmediatamente, correr a becarse en su página y/o su inaudito-esencial-cautivador, e irreverente blog: El cuartel de Sejano Pretoriano. Es el Rey del choteo, la socarronería y la erudición.

Todo se remonta a la época en que salí primer expediente de mi generación, siendo, aún, un espermatozoide.

Y, como ya hice saber, en otra de mis memorias, en un habitual curso introductorio que se agenció mi padre.

Luego, en el amable, dulce y bueno, maternal líquido amniótico en que floté por meses, la verdad, es que me sentí como un pez en el agua.

Mi parto debió haber sido submarino. *

* ¡Coge, Guillermo del Toro, que lo tuyo no es nuevo!

Pero, según mi madre me contó, en la época de mi alumbramiento, estaba de moda el uso de un gas anestésico.

Método al que ella, sin pensarlo dos veces, se acogió enseguida.

Y al despertar - después de la tremenda nota que había agarrado* - ya me tenía en el pecho y llorando.

* De ahí, probablemente, se remonte mi acelerado marti-delirio.

Desde entonces ya no supo más dormir.

Yo lloré tanto - de niño - que ya no me quedaron lágrimas para hacerlo de adulto.

Lloraba por cualquier cosa.

Lo mío, con el agua a granel, es histórico, sin miseria y no tiene desperdicio. *

* “Meao del Afrokán en pastilla”, me llamaba mi papá. Mi mamá prefería, en cambio, decir: “Ahí viene, el ciclón Flora”.

La primera vez que me llevaron al mar sentí mucho miedo.

Lloré fuerte, por supuesto. Categoría cinco en la escala de perreta.

Hasta que entré, casi arrastrado al océano - obligado, por supuesto, plus, pataleta antológica ya citada - y entonces, lloré de nuevo - después de calmarme, cuando estaba adentro - porque no quería salir. *

* Como la Melchora.

Lo mío era quejarme y llorar.

Quizás por eso me deleitaba con Margarita Balboa, su voz de trueno y sus trágicos avatares. *

* ¡Uf, cómo me gustaba sufrir, que bien la pasaba, dios mío!

En mi cuadra se quejaban a mis padres por los continuos escándalos de la sirena plañidera.

No era lo que jodía, sino lo seguido que lo hacía.

El parlante triste me llamaban.

Una corneta que emitía un montón de gritos, bañado en otro burujón de lágrimas

Fueron tantas la reclamaciones, que a los seis años me becaron en una escuela de natación. *

* A ver si me ahogaba, pienso, ahora, yo. Ya no existe. Estaba justo a la entrada, en la rotonda de Guanabo.

Ahí, aprendí a llorar - a ocultas de mis amiguitos* - todo lo que extrañaba de mi libertad y mi casa.

* Para que no me creyeran “flojito”. ¡Total!

A las seis de la mañana nos levantaban - desde esa temprana edad, virgen santa - con un parlante emitiendo a un coro, cantando, revolucionariamente: “De pie, América Latina, adelante, adelante, adelante” y todo lo que venía detrás. *

* Ya tú sabes, el adoctrinamiento en vena, por la libreta, pujante, constante, penetrante y sonante.

Y luego de una tanda-tonga de ejercicios matutinos, nos obligaban a nadar, por lo menos, treinta piscinas.

Si te atrasabas, el que venía detrás, tenía derecho a ahogarte.

Después de las clases ordinarias, el almuerzo y una siesta, tocaba de nuevo zambullirse y dar brazadas, brazadas, brazadas y pateadas, hasta nunca acabar.

Y al final del entrenamiento, el único rato de diversión era saltar libremente, o hacer clavados, por espacio de media hora, ¿dónde?: ¡en la piscina!

Era el único momento en el que se nos autorizaba a volver a ser niños. Allí se acabaron las eternas mieles de mi infancia liberada.

Teniendo la playa al lado de la escuela, nunca, jamás, la visitamos.

Sin embargo, los fines de semana, mis padres nos recogían en la Ciudad Deportiva y casi siempre íbamos directico a un hotel*

* Antes que se convirtieran en territorio vedado para los cubanos. ¡Shhhh, calla, mijito, ¿quién se acuerda de eso?, ya de eso no se habla!

Y a nosotros, lo que más nos gustaba, era ir a divertirnos, sin trabas, patrones, metas, miedos o estatutos, ¿adónde?: ¡a la piscina!

Durante cinco años repitiendo la misma rutina, el nadar se me transmutó - casi - en un reflejo condicionado.

Yo, llegué a soñar que volaba nadando. *

* ¡Estoy hablando en serio!

Y puedo jurar que una vez lo hice. *

* O lo imaginé, con tal fuerza, que llegué a creérmelo para el resto de toda la vida.

Es por eso por lo que para mí -en realidad - ni el arroyo de la sierra, ni el mar, no, que va.

Del ponto sólo me gusta el sonido de sus olas, verlo, hablarle - un poco, asesú-Yemayá-Yemayá-asesú - tenerlo cerca y ya está. *

* Sin mucha confianza, hasta ahí ¡En la orillita y donde me veas!

Con el perdón de Martí, son las piscinas las que a mí me enferman. 

Quiero decir, que, de algún modo, me curan. *

* ¡Si es que tengo todavía arreglo!

Cuando salí de esa beca - sólo tuve quinto y sexto grado, suelto, en la calle- traté de mantener el ritmo, pero, desmayé eso, en un santiamén, porque era cada vez más difícil conseguirlo.

Las piscinas cubanas comenzaban a agonizar*

* Nunca un sinónimo fue más justo, al poderse decir también “irse a otro barrio”. Pues, pasaron, en efecto, a ser lujo sólo de casas para turistas, diplomáticos, dirigentes y altos funcionarios. ¡Niño, ¿tú vas a seguir?, ¿dime hasta cuándo?!

A la playa, definitivamente, nunca le cogí cariño. *

* Que me disculpe quien dé la vida por ella.

Porque me molesta, tremendamente, la arena pegada al cuerpo.

Los Camilitos * - seis años más de becario- fueron, en ese sentido, tiempos bien secos. Digamos mejor: fue la sequedad en bandeja. Aunque no de amigos. Porque esos fluyeron, ramificaron y hoy son vitales frutos.

* Escuela Vocacional Militar Camilo Cienfuegos.

Casi toda mi vida becado, creo ser un fruto fidedigno* de esa revolución cubana, en la que no escogí nacer.

* ¿No será más correcto llamar fide-maligno?

Soy su “hombre nuevo”. *

* ¡Puaf, doy risa, me meo! Ninguna de las dos cosas me pega.

Y me siento más viejo que Matusalén.

No fue hasta la Universidad - cuando estudiaba Historia en la Colina - que, para poder, nuevamente, nadar, tuve que meterme en el equipo de polo de mi facultad. *

* ¡Di tú! ¡Polo acuático, yo!

Al principio me dio un poco de miedo aquella piscina, tan inmensa, a un costado del estadio universitario.

Pero yo prefería eso, a cualquier otro deporte menos húmedo*, así que le cogí el gusto al entrenamiento.

* Con sudor, o peste a sicote y grajo.

Nadaba a mis anchas, mientras le huía, lo más que podía, a la pelota.

Y casi siempre me ponía a vacilar - con el rabito del ojo que es el que, en definitiva, siempre te delata - a los mangones polistas que se peleaban a mi lado por una minúscula pelota. *

* ¡Sobre todo en la taquillas del baño a la hora de cambiarse de ropa!

Conmigo, mi equipo en los juegos deportivos Caribe, alcanzó, siempre y sin discusión de ninguna clase, el último lugar en todos los campeonatos.

Pero yo era feliz nadando como Esther Williams, rodeado de muchos machos, todos húmedos que libraban, entre ellos, una batalla naval.

Por mi lado pasaban veloces Moby Dick y el acorazado Potëmkin.

Pero yo era Flipper, saltando, braceando, chapoteando, para nada, integrado al juego y cuidando, en todo momento, que no me pasaran la bola.

Cada vez que he pasado, otra vez, por esa alberca - que es hoy un hueco grande, yermo y vacío, - me da tanta lástima, que la rellenaría, de nuevo con todo el lagrimar vertido con anterioridad en mi vida.

Cuando decidí cambiar de carrera - para empezar Teatrología-Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte - tuve la suerte de convalidar algunas asignaturas y entre ellas, la de Educación Física.

Solo pude nadar, una o dos veces en la antigua piscina del Havana Country Club, devenido en centro escolar de altos estudios. *

* Nunca pude imaginar lo que debió haber sido aquel hermoso lugar, antes de enero de 1959 por lo destruido y adulterado que ya estaba.  Creo que ahora, incluso, está peor.

En la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, fui un perenne asiduo a nadar en su piscina, que es cuasi olímpica. *

* No es muy común que los cineastas naden, aunque sí que festejen, pachangueen y recholateen en sus alrededores.

El tiempo pasó y pasó y la ocupación diaria, o los viajes, las filmaciones, las temporadas con puestas en escena, fueron menguando las posibilidades de, siquiera, boyar rodeado de agua por todas partes.

En algunas ocasiones en los hoteles de paso por festivales calmaron mi acuosa ansiedad.

En la terraza frontal - y en la posterior - de mi más antigua y querida casa*, solíamos llenar, alguna que otra, piscina inflable. Pero, ni hablar de nadar, donde sólo cabíamos, básicamente, arrodillados.

* Puede usted remitirse a crónicas anteriores.

Los más veteranos de mis lectores - que siguen estas vivencias - recordarán asimismo a Zenaida. * con quien tuve un affaire, hace ya más de dos años.

* Mi primera ocupación laboral en los Estados Unidos.

Pero, ella fue una compañera de trabajo.

Verdad es que protagonizó, además, mi primera producción norteamericana. *

* Junto Alberto - el jacuzzi - con quien hicimos la primera porno.

Mas, nuestra relación fue, estrictamente, profesional.

Me es ajena, aunque forme parte de mi obra y de mi vida.

En lo más hondo de Sabrina es bien distinto. No hay depresiones, represiones, retribuciones, o angustias que se resistan

Sabrina no tiene horario, ni fecha en el calendario.

Cuando me hundo, en su añil profundo, pierdo la completa noción del mundo.

Y pienso en azul.

Y eso me ilumina.

Por eso, Sabrina, mi piscina, me fascina.

Cuando llueve se moja. Como todo lo demás.

Mas, Sabrina, mi piscina, es particular.

Porque me enseñó, con su ejemplo diario, el socialismo “revolucionario”  que lo que es de todos, nadie lo cuida.

Por eso yo no creo en lo que ellos denominan “propiedad social”.

Prefiero el respeto, el civismo y la responsabilidad común. *

* Resultados, sólo, de una verdadera educación ciudadana y menos partidaria.

Pero de eso, carece el noventa y nueve, coma, nueve de los gobernantes del planeta. *

* ¡Y cuidado y me quede corto!  

Mejor que me calle.

¡Gulp! *

* (sonido de inmersión)

Índigo, cobalto, garzo, zarco, azulado, azulino, azulete, azulón, azur.

Agur.

Adiós.

Chao.

Abur.

Esta noticia es de hace 2 años
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Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.

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Juan Carlos Cremata Malberti

Director de cine y guionista cubano. Se graduó en 1986 de Teatrología y Dramaturgia, en el Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana, posteriormente cursó estudios en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños graduándose en 1990.