Un ron y un puro | Foto © Pixabay creative commons

El placer en boca de un puro Habano

Las memorias eróticas de un buen gourmet cubano suelen comenzar en los sabores dulces de nuestras frutas. Rememoras una mordida de guayaba, mango, melón y aún sin tocarlas, sabes que el jugo desborda la boca. Luego pasas al amargo café y terminas sin quererlo en un ingenuo lametón de labios.

Pero hay un sabor auténtico cubano que no se vale de frutas ni bebidas. Es un producto casi prohibido, vedado, ya sea por su precio, por su efecto nocivo a la salud, o por el resquemor a probar y engancharte; el tabaco cubano.

El tabaco cubano entre pasión y perjuicio

El tabaco no es un alimento, es un placer, un vicio, un malgasto de dinero, una vanidad humana. Todo eso es cuando lo volvemos diario, cotidiano, enfermizo. Sin embargo, cuando se llega a un “puro cubano” ocasionalmente y por placer, el hecho se redimensiona, se vuelve cultural, social e inofensivamente erótico.

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Recuerdo las mujeres de mi familia fumando tabaco al final de las fiestas. Con todos los estómagos saciados, los comensales pasaban al portal con pequeños vasos en las manos. Aquí un ron, allá un café, del otro lado un Rocío de Gallo. Todos los presentes humeando, filosofando, hablando de política y lo mal que va el país. Las piernas cruzadas, relucientes. Y las manos sujetando con parsimoniosa lujuria un Habano.

Habanos en su caja / CiberCuba Cocina

La primera vez ha de ser siempre por placer

El primer tabaco que fumé en mi vida fue a escondidas. A quién podía engañar, si aquel olor llegó a casa antes de que yo entrara. No hubo peleas de padres, solo una cara de desconcierto total: “¿Tú fumaste?”. La primera vez no fue agradable. No tuvo para mí ninguna gracia fumar entre amigas solo para saber qué era aquello y presumir de ser grandes. Me resultó incluso un tanto molesto. Simplemente no había a quién seducir, no estaba el alma plena y sobre todo no tenía la edad de meditar.

Se necesitaron muchas noches de bares, unos pocos cigarrillos y un buen amor en Viñales para que me reencontrara con el tabaco. Amanecí con el sol bañando el valle y el Habano acompasado con Guayabita nos acompañó toda la noche. Cuando uno fuma, toda la Isla se diluye en el aliento. En el humo escapa la historia de gente humilde que trabaja la tierra. En el paladar queda el sudor del hombre, la yerba marchita, la oscuridad de la vega y la voz del lector que recita mientras una mujer tuerce y retuerce las hojas secas.

Fumar un Habano es un reencuentro con uno mismo. Es habitar el yo por largos minutos y redescubrir múltiples interpretaciones del mundo. No es un acto para todos, porque no todos estamos dispuestos a dejarnos devorar por el placer.

 

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