| Foto © (Imagen de Archivo) Cubadebate/ Ismael Francisco

Asamblea de moral comunista

Terminaba una maratónica reunión del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, presidida por el Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, Presidente de Cuba, presidente del Partido Comunista de Cuba y del Buró político del Partido, Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz (sepan disculpar si pasé por alto unos cuantos cargos más, pero es que se me empezaba a olvidar lo que quería escribir).

Antes de salir cada uno a la casa de su amante a bajarse su pomo de ron y lijar su pernil de jamón para disipar el agobio de seis horas de muela interminable, de una especie de Do sostenido del Comandante y la profunda, aunque secretísima depresión a que ello podía someter, la reunión exigía que todos votasen los puntos que se habían tocado durante los milenios que pareció durar el acto.

En el preciso instante en que el jenízaro de gesto adusto, al referir su mirada al público y solícito al agacharse ante la escudriñadora vigilancia de Guarapo, invitó a levantar las manos a quienes estuviesen de acuerdo con las propuestas del Comandante; un asistente de una de las filas del medio, que había pasado aquel sucedáneo de “la eternidad” aplaudiendo rabiosamente cada intervención divina, sintió una fuerte punzada que le recorrió desde el dedo pulgar e índice todo el brazo hasta la parte derecha del pecho, haciéndose particularmente insoportable el dolor en la base de la tetilla.

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El hombre hizo todo lo posible manteniendo el rictus impasible, como un maniquí de cera, por no torcer su gesto, no arruinar la fiesta de la pasión al Líder, al dios devorador del mal; hizo denodados esfuerzos por no emitir un quejido, ni siquiera un gruñido que pusiese sobre aviso a los asistentes vecinos de su asiento.

Solo si su esposa, sus hijos o su amante se encontrasen allí y le prestasen más atención a él que a Guarapo, habrían podido notar por la rigidez de las comisuras de sus labios, la palidez de su rostro y el agarrotamiento de sus dedos, que una parte suya reclamaba urgente auxilio al ánima de la discreción.

El jenízaro, asombrado ante la insistencia del asistente en no alzar su mano dando a entender un voto negativo con su actitud, cosa que no había ocurrido jamás en décadas de reuniones, tuvo un rapto de suprema solidaridad, mostró un gesto en el límite de la lealtad y tras un prolongado silencio casi absoluto, roto únicamente por un flato del asombrado hermano achinado del monarca barbudo, se dignó a repetir la invitación por segunda y última vez, haciendo énfasis en ello, a votar la propuesta que como una bendición bajaba en forma de lineamiento desde el trono Tropical.

El desconcertante y bravo asistente de la innovadora y pionera abstención, valeroso desacato de la sempiterna unanimidad revolucionaria, desoyó la invitación; ya presentaba signos de momificación, sus pantalones estaban mojados, las manos retorciéndose sobre las rodillas y su mirada perdida.

Entonces el jenízaro, ya abandonando todo vestigio de complicidad con el inconsciente desgraciado, se dirigió directamente a él ante el escrutinio en el gesto de Guarapo y de su achinado hermano de vientre flojo, diciéndole:

-Compañero, ¿está votando usted en contra de los lineamientos de nuestro Comandante en Jefe?

-Agh- fue lo único que alcanzó a responder el temerario militante antes de balancearse hacia adelante y terminar cayendo de forma pesada sobre el suelo del teatro Karl Marx.

Sus vecinos de asiento, conscientes de que tampoco era muy recomendable desvivirse por salvar a un presunto traidor pero también impresionados ante la posibilidad de que todo pudiese acabar allí, lo socorrieron y animaron a los otros asistentes llamar a una ambulancia.

Unos días más tarde, el militante del Comité Central recuperó su salud y fue considerado definitivamente fuera de peligro por el infarto que había sufrido aquella fatídica tarde.

Cuando creyó que sería dado de alta del hospital, recibió la visita de un superior comunicándole que lamentablemente en el mundo se había difundido la noticia de que por primera vez una medida del Comandante no había sido unánimemente respaldada por todo el Comité Central y, entonces, desde el Buró Político se decidió que demasiado contemplativa e indulgente era la Revolución con elementos que la traicionaban de aquella manera vil y abyecta, pero no podían arrogarse el derecho que soberanamente le pertenecía al pueblo en nombre de sus dirigentes, de perdonar semejante ultraje a los héroes, a los mártires de la revolución, al pueblo entero.

Por ende, se le envió a la Taiga rusa a cumplir veinte años de reclusión, empezando por construir el tren de Baikal Amur, siendo intercambiado por elemento ruso del PCUS que cortaría caña en la provincia de Oriente durante las horas de más sol por la misma cantidad de años, por haberse dormido en un acto de Leonid Ilich Brezhnev.

El cubano aguantó mucho frío pero a los pocos años llegaron la Perestoika y Glasnot y fue puesto en libertad, vagando durante unos años por la Siberia en estado de enajenación mental, ingiriendo hielo con excrementos y vodka, hasta que una investigación periodística recuperó su curiosa historia y se convirtió de repente en un hito, en un ejemplo de las más altas cotas del coraje disidente, alternando premios y menciones con personalidades del tamaño de Lech Walesa y Václav Havel en las principales convenciones internacionales de derechos humanos.

El ruso corrió una suerte menos afortunada, se cuenta que aún corta caña en algún área de castigo, pero que ni siquiera sus centinelas lo reconocen y saben diferenciarlo de los demás castigados autóctonos, ya achicharrado por el sol, sus ojos azules ennegrecidos por el hollín de la caña quemada, su idioma reducido como el de sus colegas a sonidos guturales.

Los domingos, único día de descanso, el ruso y el cubano, cada uno en su suerte, se cubren de agua salada excremento y ron.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

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