El pueblo fantasma más dulce de Cuba (+Fotos)

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La historia casi increíble de un pueblo “fantasma” en Santa Cruz del Norte, a unos 45 kilómetros de La Habana, me fascinó a tal punto que pensé que no me quedaba otra opción que verlo con mis propios ojos y de ser posible, sacarle la mayor cantidad de fotos.

Muchos asentamientos poblacionales en Cuba –urbanos o rurales- son tocados por un halo de misticismo sobrenatural, esto se debe al abandono total que padecen por parte de las autoridades públicas. Tanto el lugar como sus habitantes se congelan en el tiempo y van cayendo en una especie de reclusión voluntaria que los hace aún más seductores al ojo forastero.

Para llegar al pueblo, la opción más fácil -aunque no la más rápida- era cruzar la Bahía de La Habana en la lanchita y bajarme en Casablanca. Con los pies en tierra firme, debía dirigirme a la estación del tren eléctrico y sacar un pasaje para Hershey, así se llamaba.

Cuando subí al tren tuve el presentimiento de haber retrocedido 50 años. La maquinaria no parecía muy moderna o segura, pero al ver a tantas personas acomodadas con sus maletines, jabas, manos de plátano, niños chiquitos y gallinas, supuse que no había de qué preocuparse.

Tren a Hershey/ Foto: Cortesía del autor

El trayecto duraba casi dos horas o más, en dependencia de las paradas que hacía el tren. Aproveché el tiempo y me dispuse a entablar una conversación con un viejito que escogió sentarse a mi lado.

¿Tú vas a “Jersi”, muchacha? Pero si ahí no hay na'. Entonces le expliqué que me habían contado la historia de un gran central del cual sólo quedaban ruinas, en donde se refinaba el azúcar para hacer el chocolate más delicioso del mundo.

El viejo soltó una carcajada y recordó al “Míster” con una sincera expresión de admiración en el rostro. Milton Hershey, así se llamaba el dueño del central…y de todo el poblado, recalcó. Mr. Hershey se apareció y armó una ciudad de un día pa' otro. Le dio trabajo a todo el mundo, mandó a construir casas, bodegas, un parque para los niños, una farmacia…este mismo tren, por ejemplo.

Efectivamente, aquel célebre magnate norteamericano arribó a Cuba en 1916. El azúcar de remolacha que utilizaba en sus centrales provenía de Europa, y con el inicio de la I Guerra Mundial, las importaciones de este producto comenzaron a decrecer. Así que decidió trasladarse al “paraíso tropical” más cercano.

Mr. Hershey comenzó a adquirir plantaciones de caña y refinerías para mantener en pie su fábrica de Pennsylvania, en la cual también había erigido un pequeño “model town” o pueblo modelo que sirvió de referencia para construir el de la isla.

Pensando en la comodidad de sus trabajadores (lo cual se correspondía directamente con la productividad), el terrateniente estadounidense de más de 60.000 hectáreas, ordenó la construcción de viviendas, centros médicos y educativos, lugares de esparcimiento y de culto, y hasta un ferrocarril para el traslado de materiales y personas hasta el puerto.

De esa forma, el pueblo comenzó a respirar aires de progreso autosustentado, de comunidad cosmopolita dedicada enteramente al azúcar. Quedaron edificados un colegio público gratuito, una clínica, un cine, un club social deportivo que incluía un campo de golf y otro de baseball. La comunidad además, contaba con su propia planta de energía, alcantarillado y agua potable.

Yo había leído todo sobre aquella miniciudad, pero quería ver en qué estado se encontraba actualmente y qué tanto había quedado del legado de Mr. Hershey. La realidad fue tan fascinante como triste.

Al bajarme del tren sólo alcancé ver los típicos edificios prefabricados impulsados por las reformas revolucionarias. Después de adentrarme unos cuantos metros descubrí, como pepitas de oro entre la hojarasca, un clásico suburbio residencial de los años 50 en Estados Unidos. Hileras de casas hechas de piedra, todas iguales, con ventanas verticales, techo de tejas, chimeneas y columpios en los portales. Los jardines, se encontraban meticulosamente podados y adornados con marpacíficos. Era un país dentro de otro.

No obstante, el paraíso del chocolate Hershey, se desvanecía a medida que me sumergía más en él. La mayoría de los establecimientos de la época se encontraban en el estado más crítico y el famoso central se alzaba como una suerte de hallazgo arqueológico. El corazón del pueblo estaba totalmente abandonado. En las calles vacías unas pocas personas matan el tiempo bajo la sombra de los árboles mientras cuidan a sus caballos. Lo que fue un parque infantil de diversiones, despunta ahora como un puñado amorfo de hierros oxidados entre una espesa vegetación.

Las ruinas de unos barracones abandonados (también hechos con piedra) albergan, pese a las condiciones, familias enteras que se ven obligadas a compartir las mismas letrinas y el paupérrimo espacio conquistado por la humedad.

En una de las paredes resaltan unas letras casi desvanecidas por completo: “Los hombres mueren, el partido es inmortal”.

Milton Hershey vendió su ingenio en 1946. El central fue nacionalizado después del 59 y continuó operando sólo hasta el año 2002, cuando comenzaron a caer los precios del azúcar y a desaparecer los principales mercados internacionales de Cuba.

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