| Foto © Diario Mayabeque

Rosafé Signet, dios del semen

“Sic transit gloria mundi”

En 1959, los cubanos teníamos 6 millones de cabezas de ganado; prácticamente una res por habitante según el censo de la época, y ocupábamos el quinto puesto en el ranking de la zona, detrás de Argentina, Uruguay, México y Brasil, que no era poco. La carne vacuna era relativamente fácil de comprar, y la leche era el más abundante y barato alimento del pueblo.

Hoy, con más de 11 millones de almas hambrientas, aún no se ha llegado a la cifra de 1959. Según apunta la Oficina Nacional de Estadísticas en su “Panorama Económico y Social de Cuba en 2014”, hasta ese año había 4.134.200 de cabezas en todo el país. Y el término “cabezas” las definía perfectamente, porque eran solo cabeza, los cuerpos eran puro hueso.

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En cinco decenios, Fidel se cargó dos millones de vacas con su ineficiente política agropecuaria. El efecto Castro en la ganadería nacional ha sido más virulento, que la epidemia bovina más letal que se haya sufrido en Cuba jamás. Así que, después de leerse el que era entonces su libro de cabecera, “La mecánica de los suelos” del francés André Voisin, a principios de los 70s, Castro ordenó la implementación de un plan agropecuario a nivel nacional para conseguir –entre otros superobjetivos– la inseminación masiva de todas las vacas cubanas sexualmente activas; el plan “Niña Bonita”. Todo ello, con el mejor semen de toro Holstein posible del planeta.

El efecto Castro en la ganadería nacional ha sido más virulento, que la epidemia bovina más letal que se haya sufrido en Cuba jamás

Inseminar se convirtió en la nueva obsesión de Fidel, y la búsqueda de un “inseminador”, casi una tarea de choque. Estaba empecinado en la idea de que el cruce de Holstein con Cebú y las “enormes” ventajas del híbrido F1 resultante, serían el descubrimiento genético del siglo. Y se propuso que el semen de toro corriera por Cuba como un río de esperma que hiciera florecer la marchita industria bovina nacional.

Para ello, lideró él mismo la búsqueda de los mejores y más caros toros Holstein del mundo, desplegando una red de ojeadores en los mejores certámenes bovinos de México, Holanda, Canadá y los Estados Unidos, para encontrar “El Semental”. Comenzó a importar toros Holstein que costaban una fortuna, y que sacaba subrepticiamente de USA a través de Canadá y México con documentación falsa. Llegaban a Cuba a bordo de dos barcos que entonces solo se destinaban a transportar “ese” ganado especial: el “Camagüey” y el “Luis Arcos Bergnes”.

Y en uno de esos viajes, a bordo del buque “Camagüey”, llegó a Cuba, Rosafé Signet.

ROSAFÉ, MON AMOUR

Era Rosafé un robusto semental canadiense de raza Holstein, llamado a convertirse en la nave insignia de los experimentos genéticos de Fidel. También en un triste símbolo del desastre reproductivo de nuestra ganadería, a los que aportó los peligros de la consanguinidad. Pero también con el tiempo, sería el padre de Ubre Blanca, nuestra vaca más lechera, ever. ¿Cómo negarse a conocer mejor a un animal tan contradictorio?

Nacido el 9 de abril de 1954, según su ficha genética, Rosafé había ganado numerosos concursos de belleza bovina en Canadá y Estados Unidos desde que era un ternero. Ya no era un toro joven cuando Fidel puso los ojos en él, pero costó la friolera de un millón y medio de dólares, aunque la cifra oficial para los medios de prensa cubanos, fue de 27.000 dólares. No había que ostentar, porque los negocios iban bien, y había que dar ejemplo de frugalidad y ahorro.

Fidel se había forrado esos últimos años, vendiéndoles a los países de la Europa socialista, toneladas de “torula”, un preciado derivado de la caña de azúcar utilizado como alimento especial para el ganado. Así que tenía dinero y se fue de compras. Y enseguida confesó su último capricho taurino en un discurso de la ANAP:

“Tenemos uno de los mejores toros actualmente. El año pasado produjo 22.000 dosis para inseminar, 22.000 pastillas de semen congelado. Eso quiere decir que se pueden inseminar más de 20.000 vacas con la producción de un solo toro. Desde luego, este toro también se puso en aire acondicionado”, dijo tranquilamente, mientras los cubanos nos asábamos de calor en nuestras casas.

Efectivamente, fue un amor a primera vista entre el comandante invicto y el semental prodigioso. Fidel confesaría más tarde que vio una película en la que Rosafé desplegaba su sin par musculatura montando a una vaca, y que quedó extasiado con las delicadas curvas de su cornamenta y su altiva mirada de centauro viril.

Rosafé tenía el empaque de un charoláis, la fiereza de un miura, y la recia planta de un búfalo celtíbero. Dicen que al contemplarlo por primera vez, Fidel aludió a los búfalos de las pinturas rupestres de las Cuevas de Altamira, inmortalizados allí por sus también celtíberos ancestros. Y Castro, que también era un macho prolífico, decidió que aquel toro sería el padre de sus terneros cubanos.

Rosafé estaba instalado en las afueras de La Habana, en un establo climatizado rodeado de tres hectáreas de pastos, con música indirecta, alimentación especial y una tropa de soldados, vaqueros y veterinarios encargados de velar por su salud y bienestar. Algunas noches, durante el benévolo invierno caribeño, la escolta lo dejaba trotar y pastar libremente por el campo, para que estirara los músculos y refrescara su exhausto instrumento de trabajo.

Fidel, lector por entonces ávido de cuanto libro sobre inseminación caía en sus manos, ordenó que la persona encargada de masturbar a Rosafé siempre fuera la misma, y que se le instruyera detalladamente sobre este proceso. Esto era; cómo había que coger el pene de Rosafé con ambas manos, cuánta presión se debía ejercer sobre el prepucio, qué intensidad aplicar sobre él, la cadencia y ritmo del “frotamiento” y saber detectar el momento justo en que debía dejar de tocarse el miembro viril del toro para que fluyera su valioso esperma y no se produjera un “touch and back”. En esos términos lo explicó él mismo en un congreso de la ANAP.

Así se estableció una relación casi de amor entre Rosafé Signet y Fabricio Gómez Campillo, un campesino de Artemisa que desde entonces se encargó de proporcionarle al toro el placer necesario, para que la noble bestia lo retribuyera con un poco de su preciado fluido seminal.

Gómez Campillo se encargaba además de su alimentación y bienestar, y Fidel lo trasladó junto a toda su familia, desde su natal Artemisa, a las inmediaciones de la finca del Centro Nacional de Biogenética donde vivía Rosafé. El Comandante era de la idea de que una relación cercana y constante del toro con su cuidador, favorecía un estado de relax y tranquilidad que aumentaba la calidad del esperma. En otras palabras, Fabricio era el encargado de calentar y después aliviar a Rosafé.

Los descendientes de Rosafé se cruzaron entre ellos indiscriminadamente y hasta la saciedad durante años, consiguiendo mermar sensiblemente la calidad genética del ganado cubano y la ya reducida cifra de terneros nacionales.

Rosafé murió oficialmente de un paro cardiaco que le sobrevino en medio de una fuerte fatiga muscular. Tardaron tres días en decírselo al Comandante. Lo hicieron finalmente a través de su hermano Ramón Castro, que le dulcificó la noticia todo lo que pudo. Se cuenta que Fidel lloró la muerte del noble animal, como si hubiera sido la propia Lina Ruz.

Un abogado canadiense llamado Carey Linde se ha gastado $100.000 en su estatua de bronce de Rosafé Signet para donarla a Cuba. Linde develó la estatua del toro Holstein recordando con palabras emotivas que fue el "padre" del ganado vacuno de la Isla.

Su reproducción en bronce era obligada, ya que su hija “Ubre Blanca”, vaca lechera campeona, ya tenía su propia estatua. ¿Cómo no iba a tenerla su padre, obrador del milagro?

Al pie de la estatua del toro mítico hay una tarja en la que se lee: "El gran campeón Holstein que Canadá vendió a Cuba en 1961, se considera un símbolo de la duradera amistad entre Cuba y Canadá, así como de la política exterior canadiense y del compromiso de la revolución cubana de garantizar las necesidades básicas alimentarias de los niños cubanos".

Hay leyendas urbanas cuentan que Rosafé Signet fue sometido a tantas masturbaciones, que murió eyaculando. Dicen también que al enterarse, Fidel arremetió con furia contra el equipo de especialistas que estaba a cargo de su cuidado, y el jefe de los veterinarios fue relevado de su cargo y enviado de castigo a ejercer su profesión en una lejana pedanía oriental. Sea realidad o leyenda, Rosafé ya está en el panteón de las vacas patrias, junto a Rufina la heroína de la era espacial, y a su propia hija, Ubre Blanca.

En Cuba todavía hoy nacen hijos de Rosafé Signet, gracias al semen congelado que se conserva de él. He leído que quedan cerca de 200 ámpulas de su valioso jugo espermático, en los congeladores del Centro Nacional de Biogenética.

Rosafé is alive. Sic transit gloria mundi.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

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