Ramiro Valdés y el ritual del 26 de julio: el guardián de la dictadura celebra a los carceleros

Ramiro Valdés, fundador de la Seguridad del Estado cubana y arquitecto de décadas de represión, fue el orador oficial del 26 de julio. Un hombre que persiguió, encarceló y silenció cubanos durante más de medio siglo hablando de liberación. La paradoja lo dice todo.



Ramiro Valdés frente al Cuertel Moncada © Montaje CiberCuba / Sora
Ramiro Valdés frente al Cuertel Moncada Foto © Montaje CiberCuba / Sora

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Este artículo es de hace 11 años

Ramiro Valdés tiene 82 años y lleva más de cinco décadas siendo uno de los pilares del aparato represivo más longevo del hemisferio occidental. Que sea el orador oficial del 26 de julio no es un detalle menor: es la dictadura cubana enviándose a sí misma una carta de amor firmada con sangre ajena.

En su discurso, Valdés afirmó que la Revolución "liberó al pueblo de Cuba". La pregunta que nadie en ese acto se atrevió a formular —porque en Cuba hacerla en voz alta tiene consecuencias— es la siguiente: ¿liberó al pueblo, o lo tomó como rehén?

El hombre que habla de liberación fue fundador de la Seguridad del Estado cubana, la institución diseñada específicamente para vigilar, perseguir, encarcelar y silenciar a ese mismo pueblo. Bajo su tutela directa como ministro del Interior se institucionalizó el terror político en Cuba. Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), los campos de trabajo forzado donde se internó a religiosos, homosexuales y "desafectos", florecieron bajo la supervisión de su aparato. Hablar de liberación desde esa biografía exige una desvergüenza que solo produce la impunidad de más de cincuenta años sin rendición de cuentas.

El catálogo de logros que no existen

Valdés repitió los mantras habituales: graduados universitarios, maestros, trabajadores de la salud que "han brindado su generosa ayuda" dentro y fuera del país. Vale la pena desempacar esa frase.

Los médicos cubanos no "brindan ayuda generosa" en el exterior. Son enviados por el Estado en misiones que el propio régimen negocia como contratos de trabajo esclavo con gobiernos terceros. El Estado cubano se queda con entre el 75% y el 90% de sus salarios. Sus pasaportes son confiscados. Tienen prohibido traer a sus familias como mecanismo de control. Quienes desertan son separados de sus hijos durante años. Eso no se llama solidaridad internacional; se llama trata de personas con patrocinio estatal, una práctica que organismos internacionales llevan años documentando.

El sistema de salud que Valdés invoca como logro muestra grietas cada vez más evidentes. La escasez de medicamentos básicos, el deterioro de la infraestructura hospitalaria y el éxodo creciente de profesionales sanitarios contradicen el relato oficial. Los médicos que no han emigrado atienden con recursos insuficientes. La esperanza de vida que él mismo citó como logro es hoy una cifra amenazada por el colapso silencioso del sistema.

"El poder estaba en la embajada yanqui"

Esta frase, repetida desde 1959 con la fidelidad de un salmo, merece también su dosis de crítica. En 2014, el poder en Cuba está en manos de una cúpula militar y civil que controla el turismo, las importaciones, las telecomunicaciones y buena parte de la economía formal. El pueblo cubano no tiene acceso a ese poder. Los militares y sus allegados, sí.

La narrativa del imperialismo yanqui como causa única de todos los males cubanos lleva más de medio siglo siendo el escudo semántico con el que la dictadura desvía la responsabilidad de su propia gestión. El embargo estadounidense existe y tiene efectos reales, pero ningún embargo explica la ausencia de libertad de prensa, la persecución sistemática de opositores, o el hecho de que Cuba continúe siendo uno de los países con mayor emigración relativa del hemisferio.

El orador y su herencia

Ramiro Valdés celebra una revolución que él contribuyó decisivamente a convertir en dictadura. Lo hace desde la impunidad total, ante un público que no tiene alternativa de protestar, en un acto cuya cobertura mediática está monopolizada por el Estado. Es, en todos sus detalles, el retrato de un sistema que sigue vivo gracias a la coerción, no al consenso.

Que un hombre de 82 años, con esa biografía, siga siendo el rostro oficial de las celebraciones más importantes del régimen, dice más sobre el estado de Cuba que cualquier discurso que él pueda pronunciar.

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Redacción de CiberCuba

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