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La pelota es redonda, pero viene en caja cuadrada

Este artículo es de hace 3 años

El fútbol se ha hecho un hueco en el corazón de los cubanos más jóvenes por la espectacularidad de sus lances, la sencillez de sus exigencias para improvisar un partido de esquina o placer y por el deterioro constante de la práctica del beisbol en la isla, que se ha convertido en un exportador de talentos para las Grandes Ligas USA y otras profesionales del mundo.

Hace 20 años o más sería impensable que el fútbol robara espacio a la pelota, y aún debe dormir en las hemerotecas un titular antológico de la prensa cubana sobre un partido: Cuba dominó, pero Guatemala ganó…

El impacto de la crisis económica de los años 90 fue tremendo en el beisbol cubano, pero el gobierno no tuvo peor ocurrencia que afrontar un problema de índole material con una política de monólogo totalitario que aún perdura, pese a las voces que se alzaron a favor de cambiar las señas.

La pelota “esclava” había acabado derrotando a la pelota “revolucionaria” que –como la mayoría de los ámbitos de la isla- se partió en tres pedazos: inxiliados, autorizados a residir en el extranjero y exiliados. Pocas veces un país ha maltratado tanto a sus ciudadanos como el castrismo en su atrincheramiento tras la caída del Muro de Berlín y sus consecuencias.

Desde mucho antes del triunfo de la revolución, el intercambio entre peloteros de Cuba y USA se realizaba con normalidad; especialmente después que las injustas leyes norteamericanas fueran modificadas para permitir que los negros jugaran en Grandes Ligas.

Nadie entonces consideraba anexionistas o vende patrias a las figuras que jugaban en ambos países, aprovechando las ventajas del desfase de fechas entre temporadas y estableciendo un mecanismo ágil que permitía a la afición disfrutar del mejor beisbol del mundo.

Cuba se adueñó por méritos propios del béisbol amateur, pero esa cualidad también implicó la desventaja que sus peloteros de élites se medían con universitarios norteamericanos y buenos jugadores del área y del mundo; pero se privaban del sentido de vanguardia y eficacia técnica que preside la Liga Americana, por ejemplo.

El mazazo económico de los 90 afloró lo que muchos preveían en voz baja y la escasez de guantes, pelotas y demás implementos beisboleros en paralelo al deterioro de los campos de pelota interrumpió el lógico desarrollo de la pelota de base, cantera de las series nacionales y de los equipos Cuba e hizo voltear la vista hacia el vecino del norte.

Maradona –que forjó una amistad agradecida con Fidel Castro- intentó hacer algo por el fútbol cubano, pero no lo consiguió porque en aquellos años los niños cubanos seguían atados sentimentalmente a las bolas y los strikes y soñaban ser como el “Niño” Linares, Luis Giraldo Casanova, Contreras, Lazo y otras estrellas.

El desarrollo del turismo, la necesidad de colocar en hoteles y algunos restaurantes de La Habana y otros polos turísticos del país, grandes pantallas de televisión de alta definición para que los turistas vieran un derbi Barcelona-Real Madrid a la sombra de un mojito, abrieron una rendija inesperada para que el fútbol comenzara a formar parte del escape de muchos cubanos.

La nueva afición contaba, además, con una ventaja adicional, un partido de fútbol callejero puede hacerse con cuatro piedras, un balón y jugadores; pero un choque de pelota de manigua necesita al menos nueve guantes, un bate y una pelota; aunque también existen “el taco” y las “cuatro esquinas”, pero no tienen el sabor de un robo de bases o de cerrar el cuadro para jugar para doble play.

El raulato no desaprovechó la oportunidad y abrió la mano al fútbol televisado en las televisiones estatales y ha intentado normalizar la presencia de peloteros cubanos en Grandes Ligas, algunos de los cuales han visitado la isla para gozo de sus seguidores que los siguen parcialmente, pues el Partido Comunista aún es remiso a reconocer abiertamente los éxitos de cubanos en Grandes Ligas.

Los programas deportivos de los medios estatales cubanos suelen informar sobre el desempeño de cubanos en Grandes Ligas, pero siempre cuidando que el volumen informativo sea medido y, si retransmiten un partido, escogen casi siempre uno en que apenas jueguen cubanos, dejando todo ese espacio libre al “paquete” y otros mecanismos que la población emplea para burlar la atonía oficial.

Como buenos peloteros, muchos cubanos son estrategas en burlar las prohibiciones absurdas que el Buró Político suele establecer en detrimento de las gentes, como si a estas alturas, pudiera limitarse por razones ideológicas disfrutar de un jonrón de Yasiel Puig con las bases llenas.

El futbol, con sus camisetas y emociones ha llegado a la isla para quedarse, habrá que aguardar unos años para ver si ese new deal produce un equipo capaz de jugar con solvencia frente a potencias futbolísticas tradicionales como España, Inglaterra, Alemania, Francia u Holanda.

En cualquier caso, poco importa si el fútbol cubano llegará a cuajar o no en el ámbito mundial, la noticia es que el escenario deportivo cubano –como la isla misma- se va tornando más ecuménico o ecléctico frente al viejo discurso de sanciones y prohibiciones.

Cuba es una isla de apenas 110 mil 900 kilómetros cuadrados, pero con una geografía tan plural, que ahora mismo puede haber cubanos en medio mundo buscando el próximo calendario de los Yankees de Nueva York y –al mismo tiempo- cuestionándose qué hace Víctor Mesa en Industriales.

Los niños y jóvenes cubanos juegan con ventaja por su inmersión en el fútbol, el inglés y la cultura audiovisual de las nuevas tecnologías que les permite vibrar con un golazo de Messi o Cristiano; pero al mismo tiempo seguirán gozando esa emoción tan Caribe de una voz metálica anunciando: Armando Capiró, número 9, jardinero izquierdo.

El fútbol es electrizante pero reducido a la emoción del gol, el paradón de un portero felino ante un penalti avieso o el pase que pone la portería contraria en bandeja de taco y tiene la desventaja de la violencia irracional que aflora en algunos y la falta de generosidad con el contrario.

La pelota es una emoción rara, sutil, y tiene la virtud de ver a Aquino Abreu lanzando un juego de no hit no run, bajo una pertinaz lluvia habanera y sentir rugir al Latinoamericano y estallar en aplausos cuando logró el out 27, como si el pitcher fuera del barrio, y acababa de masacrarnos en nueve innings sin poder sacar la bola más allá del campo corto y suicidarnos con un flaycito a Lázaro Pérez.

Los strikes y las bolas producen, además, abundante literatura oral; que es otra cualidad cubana. Mi abuelo Armando, un asturiano del Cerro, contaba que Fermín Guerra se compraba dos filetes mignon el día que tocaba quechearle a Martín Dihigo. Nunca había contado la anécdota porque me sonaba a exageración caribeña y gusanería de barrio obsesionada con la carne de res, pero un día lo dije en una tertulia madrileña de cubanos y fue el acabose.

Uno de los asistentes, mirándome a los ojos, me dijo: "fíjate si tu abuelo no mentía que mi papá cogía la ruta 20 en los Cuatro Caminos para ir a ver los juegos en La Tropical y, cuando la guagua paraba en la papelera de Puentes Grandes, el chofer le decía: Mario, hoy pichea Dihigo, oye el eco de la mascota de Fermín y eso que namá está calentando el brazo…"

 

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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