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De niño, yo vivía en un planeta perfecto. Era, por supuesto, la Cuba comunista de los años 70s. Aquel pobre país sovietizado, con decenas de miles de prisioneros políticos de por vida y ya con un millón de cubanos condenados a un exilio sin retorno. Sin embargo, gracias al milagro del amor en familia, en aquella Cuba canalla yo siempre fui un niño muy libre y aún más feliz.

De manera que, en muchos sentidos, yo nunca fui un producto del castrismo, sino un cubano que habitaba más allá de nuestro presente precario. Y así, en medio de los años 70s del socialismo insular, yo a veces pertenecía a un futuro donde Fidel no era ni siquiera un recuerdo, y otras veces yo habitaba en un pasado perfecto donde la Revolución castrista no tenía ni el menor chance de triunfar.


En resumen, de niño yo era una especie de alien, un ocupante zombi caído en Cuba desde cualquier otra parte, con una mirada capaz de desconocerlo todo, con una curiosidad corrosiva y al mismo tiempo tan ingenua como la de un angelito. Me sabía, de hecho, inmortal, como todos lo eran a mi alrededor.

Mientras la nación real se desangraba entre el odio de Estado y la ideología de izquierda, a mis ocho o nueve años yo era capaz de enamorarme para toda la vida de una niña cubana de mi misma edad. Mientras la Revolución real reprimía e imponía su propaganda perversa, a mis ocho o nueve años en mi barrio yo soñaba feliz con la luz sin límites de un planeta imposible llamado Libertad. Yo fui absolutamente un ser humano, aunque ahora me sea imposible demostrarlo.


Cuando crecí, si es que crecí, cuando por fin pude ser un adolescente en la Cuba de los ostentosos ochenta, siempre tuve la siguiente sensación al recorrer la única ciudad del universo que forma parte de mi espiritualidad, La Habana: es la sensación de que la ciudad estaba llena de síntomas, de señales dejadas por otros cubanos desaparecidos, de marcas anteriores a la dictadura para que los cubanos de la dictadura las pudiéramos algún día interpretar.

Por ejemplo, las enormes naves calladas que habían sido industrias solventes cuando el capitalismo. Por ejemplo, los monumentos a reyes remotos y presidentes de pronto anónimos. Por ejemplo, los edificios con un nombre propio remanente en sus fachadas: un nombre propio que no pertenecía a ninguno de sus actuales vecinos y que nadie en el barrio parecía reconocer. Por ejemplo, los vistosos anuncios comerciales que aún se leían bajo la pésima pintura de las nuevas instituciones revolucionarias. Por ejemplo, las esquinas donde proliferaban las ruinas de quincallas, fondas, ferreterías, kioscos y demás negocitos que hacía décadas no funcionaban o, peor, habían sido convertidos en Oficodas, Registros Militares, y Zonas de los Comités de Defensa de la Revolución. Y, por ejemplo, aquellos cuentos increíbles, contados con los ojitos llenos de un brillo brutal, con que las personas mayores evocaban antes de morir a otra época muerta, a otro espacio ahora estéril, a otra Cuba ya cadáver que yacía enterrada justo bajo nuestros pies, como una Pompeya perdida por la fuerza fascistoide de la Fidelidad.

Después crecí todavía más. Dejé de ser adolescente y dejé también de ser joven. Pero con la debacle de los años noventa las señales del naufragio siguieron allí, a la vista invisible de todos los habaneros, al alcance indolente de todos los cubanos sin Cuba, y no sólo los de mi generación. Como si ya nos hubiéramos ido antes de irnos. Como si no nos importara nada de nada. O como si nos importara, sí, pero como si nos importara un carajo aquella Habana no sólo hundida como la Atlántida, sino abandonada en nuestra desmemoria de ciudadanos sin ciudad.


Y después, por supuesto, como todo cubano con una Cuba cadalso en el corazón, yo también me fui. Nos fuimos, tú y yo. Con los años cero se nos hizo intolerable asistir al espectáculo de tanta y tanta depauperación, no necesariamente material sino descojonación de las almas. Perdimos el país del primer amor, del primer miedo, de la primera muerte, del primer miedo a la muerte y de la primera muerte del amor. Primero, dejamos de ser compatriotas. Después, dejamos de ser incluso contemporáneos. Nos fuimos no de Cuba, sino de nosotros mismos, en una carrera a ciegas en aras de una falacia foránea llamada “la felicidad está en otra parte”.

Como en el poema La ciudad de Constantino Cavafis, la vida que en Cuba perdimos los cubanos la hemos destruido en toda la Tierra. No hallamos a la postre ninguna otra tierra ni ningún otro mar. La libertad que debió de ir siempre apretada dentro de nuestro pecho, se nos evaporó. Devinimos fantasmas. Sombras nada más, entre tu vida en la mentira y la mentira de mi vida. Los desaparecidos cubanos ahora ya no son los otros, sino nosotros. Pertenecemos a un pasado que no terminará de pasar y, por eso mismo, tampoco nunca pasó.

Menos que aliens, menos que zombis, menos que ocupas: los cubanos vagamos como ceros humanos a la intemperie, esperando a la desesperada esa fecha fósil con que una lápida intraducible pondrá fin en el extranjero a nuestro errante error.


Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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