Murió el 9 de agosto de 1976, un lunes de post-revolución, hace hoy ya 41 años (la eternidad siempre comienza un lunes, como diría el poeta Eliseo Diego ). Murió en la única ciudad del planeta que él conoció, La Habana, en uno de esos hospitales obligatoriamente gratuitos de la Revolución Cubana. Murió, más que abandonado, negado por sus mejores amigos, si es que los tuvo al final. Y murió, por supuesto, censurado hasta la mismísima médula (y hasta los cojones) por el Estado cubano.

Su nombre era José María Andrés Fernando, pero su madre y sus vecinos le decían delicadamente “Joseíto”. Sus apellidos, “Lezama” y “Lima”, ahora provocan homenajes a nivel local e internacional, e incluso premios en metálico, aunque tanto en Cuba como en el extranjero él sigue siendo el cubano más desconocido del mundo, el más anticubano.

Da igual que su obra sea leída o ignorada: su obra es un universo aparte que provoca toda clase de estúpidos equívocos literarios, en el mejor de los casos, así como su lectura engendra miserables manipulaciones políticas en los peores casos (que son, por supuesto, la mayoría, desde el cruel Ministerio de Cultura cubano hasta la cómplice academia norteamericana).

José Lezama Lima fue de todo, menos un escritor cubano. De hecho, José Lezama Lima fue de todo, menos un cubano. Es posible incluso que haya sido de todo, menos un escritor. Era un monstruo de letras respiradas. Una trampa atragantada de imágenes.

Lezama Lima, si es que escribía, no escribía nunca en castellano. Y mucho menos en el argot insulso de esa infame Isla donde él nació y murió. Lezama Lima escribía, si es que escribía, en una lengua imaginaria que emanaba exclusivamente de sus entrañas: de su cuerpo con forma de estante atestado de libros, de sus manos huérfanas de militar que blande la pluma pero no la espada, de sus inverosímiles volutas de tabaco de barrio, de su sillón meciéndose aristocráticamente en medio de un socialismo lumpen-proletario, y de su espiritualidad irrepetible que, sin embargo, a ninguno de sus amantes maricones le interesó.

Porque, en su cumplemuertes 41 ya no tiene ningún sentido callarlo: Joseíto pagaba por ser singado por otros cubanos anónimos, como lo hacía su archienemigo Virgilio Piñera, según ambos se convertían en dos viejos pánicos patéticos que, a la postre, se reconciliaron antes de morir en sus respectivos páramos de soledad.

La obra de José Lezama Lima está escrita, pues, en un idioma íntimo e intimidante llamado, también, José Lezama Lima. Su escritura es técnicamente intraducible. Se trata de una palabra en clave no para los iniciados (es imposible que exista algún lector de Lezama Lima antes de leer a Lezama Lima), sino para lo que se puedan iniciar: para las minorías, para la élite que escapó al rebaño de la palabra patria provinciana, para los libres de alma aunque, como fue su caso, no hayan logrado liberarse del cuerpo.

En este sentido, su obra es un talismán para hacer talco a toda represión. En este sentido, por desgracia, su autor fue sólo un reprimido más: reprimido por el Estado totalitario cubano de los años 70s y reprimido por su propia pacatería biográfica. Al respecto, Joseíto padeció un monstruoso Complejo de Edipo terminal durante más de medio siglo, ocultando por amor-miedo a su progenitora todo lo que en realidad era él. Sólo por este caso clínico de una vida subvivida en la mentira, las madres cubanas deberían saber morir jóvenes o, al menos, abandonar a su suerte al producto de sus partos.

A los jóvenes escritores cubanos de hoy, por suerte, ya no les interesa leer nada de nada de José Lezama Lima. Lezama Lima es hoy un escritor no de un siglo, sino de una era pasada, paleohistórica. A los jóvenes escritores cubanos de hoy, por suerte, ya no les interesa leer nada de nada. Son mucho más sinceros (la mediocridad siempre lo es) y mucho más cubanos (la cobardía siempre lo es) que el pobre genio magnífico de Joseíto el de la calle Trocadero, a un costado del Prado de Centro Habana.

Según pasen los lunes y los 9 de agosto y las eternidades de los cubanos cadáveres de una Cuba cadalso, la cubanidad negativa de José María Andrés Fernando Lezama Lima se hará más y más impactante. Pasó entre nosotros como un cometa de hielo innombrable: una bola de sebo helada por el horror, contraparadisiaca. En su insufrible Isla de los insultos y las inquinas, Lezama Lima supo ser Fausto y ser Mefistófeles a la vez. No tuvo contrapartes en nuestra finca de la fidelidad fascistoide. No fue para nada nuestro contemporáneo. Por eso nadie fue menos cubano que él. O, de lo contrario, nadie excepto él fue un cubano.

Yo, que hoy lo leo y lo ignoro a la par, extraño su extrañeza in extremis, su naturalidad contranatura, su condición humana en plena dictadura de los alfabetizados. Hoy, 9 de agosto, aunque no sea un lunes eterno sino un miércoles atravesado a mitad de mis semanas de exilio, yo pienso en aquel Joseíto de prosa excéntrica como pienso en la prosa perversa de aquel Orlandito que yo mismo fui.

El socialismo sigue siendo el mismo a nuestro alrededor. La soledad sigue siendo la misma a nuestro alrededor. La desolación es, pues, el suelo que nos consuela a nuestro alrededor: el desierto es una especie de cubanidad negativa que nos afirma no sólo a nosotros dos, sino también a todos los cubanos que nunca llegaremos a serlo en medio de esa cubanidad a la cañona que sigue siendo el castrismo.

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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