Embajada de Estados Unidos en La Habana Foto © BBC

Espías sordos y otros cuentos para no dormir

Este artículo es de hace 3 años

Otra vez bajan las aguas revueltas en las relaciones bilaterales Cuba–Estados Unidos, esta vez a causa de sordera, jaquecas y desvanecimiento de diplomáticos estadounidenses y uno de Canadá, según la Casa Blanca, y fuentes independientes.

La primera rareza de este raro caso es que Washington lo haya comunicado a la opinión pública más de un año después de ocurrido y luego de haber expulsado silenciosamente a dos diplomáticos cubanos acreditados en la capital norteamericana, como represalia.

El gobierno cubano ha dicho que se puso a investigar el “incidente” nada más saberlo por boca de los norteamericanos y que pidió colaboración a la administración Trump, incluido el intercambio de información entre ambas administraciones, como vienen haciendo en otros temas.

Nostálgicos de la Guerra Fría y enemigos de que haya buenas relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos están gozando la papeleta. Los primeros porque vuelven los juegos de espías, ahora con chips, y los segundos –que abundan en ambas orillas- porque apuestan a que dos vecinos jamás confraternicen, aunque los cubanos se mueran de hambre, conjuntivitis hemorrágica o dengue.

Cuba no debe tener interés alguno en perturbar sus relaciones con USA, más allá de la retórica de Baraguá y El Necio, porque su economía sigue enferma crónica, Venezuela es un polvorín manejado por un pirómano y porque el miedo que sintieron con Obama les llevó a cometer la torpeza de no acelerar las reformas imprescindibles que exige el new deal bilateral y evitaron que empresas norteamericanas se establecieran en la isla y dinamizaran la economía.

La errónea certeza de que Hillary derrotaría electoralmente a Trump, la gerontocracia que padece el tardocastrismo y la burocracia de timbiriches arraigada en la isla, llevaron a Raúl Castro al sinsentido de congelar cambios que habrían resultado más fáciles y más coherentes con Obama que con el actual gobierno norteamericano, que ha sido cuidadoso en sus vínculos con Cuba.

Por tanto, el primer interesado en no crear el menor incidente con los yumas es el tardocastrismo, por mucho que parte de la blogosfera y de los analistas cubanos insistan en engrandecer la leyenda de la seguridad cubana, que está bajo mínimos, desde que Raúl Castro arrasó el MININT en 1989 y se hizo con la única parcela de poder que se le había resistido hasta entonces.

Un ex combatiente del Departamento K del Ministerio del Interior sonreía anoche, mientras charlábamos sobre el incidente y apuntaba: los cubanos tendrían que tener un cañón sónico disparando las 24 horas contra esas casas, y esa tecnología solo la tienen los israelíes por mucho que la gente crea que está al alcance de todos y a la pasión del Consejo de Defensa Nacional por los juguetes tecnológicos.

Lo raro –comentaba el ex espía- es que la técnica empleada haya afectado solo a los tres diplomáticos y no a sus familias porque todas esas casas están “alambradas”, como se dice en el argot a la colocación de micrófonos y cámaras secretos para vigilar a los diplomáticos extranjeros porque en las embajadas ya no se puede hacer porque todas cuentan con habitaciones a prueba de espionaje radioelectrónico, así que hay que limitarse a lo que cuenten los empleados cubanos de esas legaciones extranjeras y a indicios.

A la charla se unieron poco después, otros dos ex espías cubanos que sazonaron la cháchara con sus recuerdos: por las fotos, esas casas están en Siboney y allí hay un centro de radioescuchas muy cerca de la casa en la que vivió el Comandante Juan Almeida Bosque, pero allí no se disponía de esa técnica tan agresiva.

Trump ha aprovechado el incidente para pasarle la cuenta a dos espías cubanos en Washington con cobertura diplomática, pero salvo que ya fueran inservibles para el FBI, ese no es el estilo americano. Ellos suelen detectar actividad enemiga y lo que hacen es echar el jamo, abrir el espacio y –pacientemente- esperan a que vayan cayendo los pececitos y los pejes gordos y, entonces, es que deciden operar, como hicieron con la Red Avispa, los esposos Meyer y Ana Belén Montes.

Cuba, por temperamento latino que es diferente al sajón, y por sus limitaciones económicas y técnicas en materia de seguridad suele actuar de manera inversa a los americanos y, en cuanto confirman los indicios de actividad enemiga, suelen irle arriba a los espías con dos modus operandi: colaboras con nosotros o te expulsamos y pasamos a tu gobierno aquella información sensible sobre ti, que hemos tenido que empezar a acopiar desde que nos percatamos que estabas realizando actividades incompatibles con tu estatus.

Más de un extranjero acreditado en Cuba como diplomático, técnico, empresario o empleado ha colaborado con la Contrainteligencia cubana, convirtiéndose en doble agente.

Quizá nunca sabremos la verdad o parte de ella de este raro caso; pero salvo que el tardocastrismo esté delirando, Cuba necesita sosiego con USA, ahora más que nunca.

Una pena que parte de las propias víctimas del castrismo se empeñen un día sí y el otro también en engrandecer la leyenda de una Seguridad del Estado que ha sido efectiva en la conservación del poder en manos de los Castro; pero que fue incapaz de prever El Mariel, el coste político interno de las expediciones africanas y de los viajes de la rebautizada Comunidad Cubana en el Exterior o el Maleconazo de 1994 y el triste éxodo de los balseros.

Como si no bastara con la sordera y las leyendas apasionadas; ahora surge la tesis de que podría tratarse de una acción de un tercer país, descontento con la nueva sintonía entre el Palacio de la Revolución y la Casa Blanca. De confirmarse tal desaguisado, sería la peor noticia para el tardocastrismo porque un tercero ha introducido en su territorio un juguete ofensivo y lo han usado a placer contra tímpanos norteamericanos.

De confirmarse esta rara tesis, habría que cesar a Alejando Castro Espín y sus colaboradores del Centro de Defensa Nacional y al Ministro del Interior, Almirante Gandarilla, quizá el más rusófilos de los jefes cubanos, y a toda la estructura de mando de la Contrainteligencia y la Aduana General de la República porque han faltado a su obligación principal de velar por la seguridad de Cuba.

La Habana debe haber manejado mal esta historia porque no ha podido solucionarla, pese al silencio del principal afectado durante más de un año y que debe haber colaborado en el esclarecimiento de los hechos, tal y como sugiere la Nota Oficial del gobierno cubano.

Quizá ello pueda explicar el descabezamiento del Departamento América del Norte del MINREX, enviando a la eficaz y discreta Josefina Vidal a Ottawa y al correoso Tavito Machín a Madrid, como embajadores; pero no sería suficiente porque ellos no tenían poder de decisión alguno en los asuntos de seguridad nacional.

Los viejos espías cubanos deben estar de fiesta con el raro incidente, aunque disimulen su alegría, si se confirmase que fue la Contrainteligencia, malo; si se confirmase que fue un tercer país usando suelo cubano, peor aún; aunque Washington siga sin publicar las historias clínicas de sus diplomáticos enfermos.

Toda aquella estructura del MININT destrozado con la invasión del MINFAR han vivido todos estos años de amargura, y ni siquiera han podido mostrar públicamente su alegría con los sucesivos fracasos de la seguridad cubana, ya quizá solo les quede el consuelo de que José Ramón Machado Ventura, el peor enemigo del MININT en aquellos años de gloria y pasión, se muera antes que ellos.

Y en ningún caso se trata de subestimar a órgano operativo alguno, pero tampoco hay que sobrestimar a una estructura represiva, basada en el miedo que han hecho sentir a muchos cubanos, sobre todo ahora, en que el miedo ha cambiado de casa y anida en el Palacio de la Revolución.

Este artículo es de hace 3 años

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Carlos Cabrera Perez

Periodista de CiberCuba. Ha trabajado en Granma Internacional, Prensa Latina, Corresponsalías agencias IPS y EFE en La Habana. Director Tierras del Duero y Sierra Madrileña en España.

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