Llevo apenas cuatro años de exilio. Salí de Cuba en el 2013 pensando en volver enseguida, pero me demoré. Me he demorado y sigo demorándome en ejecutar esa idea innata de los cubanos que es volver a la Isla donde nacimos y donde, acaso en una vida anterior, cada cual a su manera fue muy pobre pero muy feliz.

La mayor parte del tiempo la he pasado en los Estados Unidos. Dentro de pocos meses podré ser ya ciudadano de este descomunal y desconcertante país. Aunque nunca he pensado en serio en volver a Cuba, tampoco nunca he pensado en serio en no regresar. De algún modo, es como si aún no me hubiera ido. Por lo que la cuestión de un retorno me resulta ahora doblemente remota. Quien no tiene futuro, vive como entre dos pasados.


Aunque nunca he pensado en serio en volver a Cuba, tampoco nunca he pensado en serio en no regresar

Un asunto mucho más acuciante sería averiguar dónde estoy ahora y aquí: definir por fin las coordenadas geográficas de mi exilio y los paisajes mentales con que debo sustituir, o al menos imitar, la carencia crónica de patria (esa palabra que suena como una patada).


Lo mismo que a ti, a veces todo me parece concreto e híper-real a mi alrededor. Y otras veces todo adquiere entonces la consistencia de un sueño. En ambos casos, nuestra mirada de exiliados es más aguda y ajena que la mirada del cubano que no se exilió. Le llevamos esa ventaja, esa ventana. Porque quien se va, se asoma al mundo como iluminado por los latigazos de lágrimas que no dejan de sorprenderte por más que llores en secreto o en sociedad. Quien se va, se ennoblece gracias a la presencia permanente del dolor, ese síntoma de la sabiduría.

Quien se va, se asoma al mundo como iluminado por los latigazos de lágrimas que no dejan de sorprenderte por más que llores en secreto o en sociedad

Quisiera comprender la pena y el privilegio de las generaciones previas de exiliados cubanos. Quisiera haber vivido más tiempo con Cuba clavada en el corazón, como ellos hicieron hasta que se fueron muriendo en solitario. Pero esa experiencia extrema es intransferible, una cruz personal que antes ya han cargado millones, un misterio que no alcanzó a derramarse sobre mi materialista (y muchas veces mierdera) generación.


Lo más que puedo hacer ahora es abrir los brazos, y apurar las palabras y los párrafos sobre el papel. Usar con misericordia mi rabia radical. Ejercer en libertad mi derecho a un asombro atroz. Tratar de creerme de una vez que de verdad todos estamos aquí. Y, de paso, preguntarnos con resignación hasta cuándo y para qué hemos llegado todos aquí.

¿Somos estadounidenses los cubanos con ciudadanía norteamericana? ¿Alguna vez seremos espíritus libres, al margen de esa ilusión mitad infame y mitad ingenua que se llama la cubanidad? ¿Queremos soltar lastre o sin esa tara que es una tierra propia nos asfixiamos por falta de gravedad? ¿No habremos vivido todo este tiempo en Cuba, en otras Cubas cómplices desde donde hemos desfigurado a nuestra Cuba original? Y, a la postre, ¿existen los Estados Unidos o todo no ha sido más que un truco sintáctico, una pésima traducción, un cambio de máscaras delicado y brutal para morirnos en cualquier otra parte menos en Cuba, tan lejos como sea posible de donde nuestra pobre vida feliz empezó, para así no insultar la memoria de nuestra eternidad con un regajero de cosmopolitas cadáveres?

Antes de llegar al exilio, ya estábamos exquisitamente exiliados


Da igual. Toda respuesta es una manera de rumiar el rencor. Los cubanos estamos solos. El socialismo cubano nos desocializó, nos hizo sonámbulos más que solitarios. Antes de llegar al exilio, ya estábamos exquisitamente exiliados. Por eso para nosotros los Estados Unidos son espuma y esperanza, pero también esputo y extremaunción.

Los cubanos vivimos vidas sin biografía. Nunca sabremos nada de nosotros mismos. La patria nos pesa como un par de plomos en cada párpado. Cuba dejó de ser cadalso para ser un cansancio cósmico, inconmensurable. Un calambre que ninguno de los Estados Unidos podría ni remotamente curar. Un tétano tan íntimo como el totalitarismo que cada uno de los cubanos lleva tatuado en su corazón.


Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.


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