Lo recuerdo muy bien. De niño, los ciclones en Cuba eran un alivio contra el clima del resto del año. Además de la alegría inconmensurable que traían desde días antes, cuando podíamos reunirnos y perder el tiempo todos en casa: familiares, amigos, vecinos y hasta los desconocidos de paso por el barrio.

No había internet. Los satélites sólo se acordaban de Cuba para espiarla, como el peón que éramos en el ajedrez atroz de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS (¿se acuerdan de aquellas siglas que por entonces iban a ser eternas, la URSS?).


Tampoco había luz (es decir, electricidad). Y eso significaba que por fin estábamos libres de la propaganda oficial, que por fin la Revolución y su retórica quedaban allá lejos, allá afuera: en ninguna parte. Por lo menos hasta que viniera y se fuera el ojo pacífico del guerrerista huracán.

Y eso significaba, también, que nos pasábamos las 24 y las 48 y las 72 horas despiertos, gozando la ventolera, respirando el aroma de la lluvia horizontal, viendo las alcantarillas desbordarse con la mierda comunitaria a la que todos aportábamos, amarrando las matas de mango y de aguacate como si de un dominó al aire libre se tratara (mientras jugábamos dominó de verdad, por supuesto, y parchís, y damas, y cartas, y veo-veo-qué-ves, y cualquier otro invento que se pusiera de moda). Comiendo a deshoras. Corriendo a deshoras. En un tiempo de tornado trastornado pero muy tierno, donde podíamos abrazarnos sin pena a cualquiera de nuestros padres (porque en los años 70s y 80s aún no había muerto el primero de nuestros padres), y donde reíamos despreocupadamente de la tragedia que se nos venía encima, porque, claro, la vida era tan nueva que, de hecho, aún no se había muerto ni nunca se nos iba a morir nadie.


Nuestra inocencia nos hacía casi ángeles. Niños completos, seres humanos completos. Vivíamos en la dictadura más completa del planeta y, sin embargo, no nos faltaba nada. Éramos los que éramos. En la miseria, pero no en la mentira. La felicidad tiene ese don: nos hace reales, verdaderos, presentes, buenos. En ese sentido, crecer ha sido el peor crimen que pudiéramos haber cometido contra nosotros mismos.

Los ciclones le dieron a nuestra infancia un color increíble salido del corazón. Y por eso en el corazón está todavía ese tinte, ahora que todo luce más adulto y adusto. Y mucho más adulterado.

Cuando la Defensa Civil irrumpía en el barrio con sus tanquetas y anfibios, la fiesta se hacía ya un carnaval. Había que escaparse de la casa. Había que saltar sobre aquellos vehículos de verde olivo, que para nosotros no significaba el color vil del odio, sino todo lo contrario: era como si fuéramos indios de miniatura, contentos de ser descubiertos y salvados por los militares (muchos de los cuales eran nuestros propios tíos y padres).


Cuando el ciclón se alejaba de Cuba sin decirnos ni adiós, era una decepción trágica, desconsolada. Una traición a nuestra esperanza de aventuras e historias para contar en la escuela después que todo pasara. Era como si el ciclón nos estuviera rechazando, sin nosotros haberle hecho nada. O, peor, como si nos dejara plantados a la puerta de un espectáculo que no sabíamos si alguna vez volvería con tanta furia como lo imaginábamos.

Ah, pero cuando un huracán nos golpeaba y bien golpeados, entonces era maravilloso ver cómo mi casa de tablas centenarias se pendulaba bajo las ráfagas, como un barquito de velas en un océano de horror y novelas leídas o películas memorizadas, mientras mi abuela prendía velas e inciensos y lanzaba sus oraciones con una expresión espantada. Mi pobre abuela Braulia, por parte de madre, que ya no tiene velas, ni inciensos. Ni cara.

Los días siguientes eran los de la recuperación (¿recuerdan esa palabra, recuperación?). Poco a poco volvía la luz, electrificando los parches de una Habana remozada en sus ruinas, recién bañada y sin peste a guerra, silenciosa y sensual. Una Habana vana donde había que por fuerza enamorarse (yo desde los 8 o 9 años ya me enamoraba de por vida varias veces a la semana), y donde todos y cada uno de sus habitantes habíamos sobrevivido a Frederick, a Allen, y a quién sabe a cuántos amigos de aire arremolinado y lluvia que nos golpeaba en las mejillas, acaso como imitación de una nieve imaginada. Que caía no del cielo, sino del futuro.


Hoy es Irma. El futuro se nos fue para casa del carajo. La Revolución Cubana es cadáver. Fidel Castro está por primera vez muerto, y no correrá al Instituto de Meteorología a guiar, con sus dedos déspotas y demenciales, al huracán de turno que le disputaba el gobierno de nuestro país (mejor dicho: su país), entre los pronósticos del siempre medio apenado Licenciado Rubiera (¿recuerdan esa palabra, Rubiera?)

Hoy es Irma y da la impresión de que en Cuba no queda nadie, de que el huracán en su venganza recorrerá un páramo desierto, desertado. Hoy es Irma y sus bajas presiones y altas velocidades arrasarán la casa de nadie. Porque la tristeza de los cubanos a estas alturas ya no es medible en ninguna cantidad de hectopascales.


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